La lectura de este artÃculo que reproduzco fue como la llamada que me hizo concienciar de la situación desesperada en la que se encontraba Castilla y me hizo ver la necesidad de un castellanismo que cultural y politicamente defendiera a este pueblo. Es un texto polémico y fue publicado en el diario "El PaÃs" el 3 de diciembre de 1980. Su autor es Jesús Torbado. ¿Que os parece?
El airado viento de los páramos mesetarios le enrojecÃa las orejas y fijaba bajo su varicilla dos sucios velones que le alumbraban al santo de los frÃos y de la desolación. Un agujereado tapabocas granate se anudaba alrededor de su cuello, por encima de la pelliza de plástico ajado que la habÃa mandado un primo suyo establecido en la capital. El niño GarcÃa Pérez Etcétera vigilaba el confuso rebaño que su padre le habÃa dado en mando: dos docenas de ovejas, siete cabras, una vaca, dos mulos y un asno. Una pareja de lebreles le hacÃa compañÃa aquella mañana helada de la estepa. El niño GarcÃa Pérez Etcétera no tenÃa nada mejor que hacer.
Del pueblo se habÃan ido el cura, el médico y el maestro. El maestro habÃa sido el último. Los señores de Madrid habÃan dicho que no quedaba dinero para costear su salario en la escuela rural y lo habÃan mandado a poner escuela veinte kilómetros más lejos. Los señores de Madrid habÃan entregado 2.000 millones de pesetas para las ikastolas del Norte y otros muchos para las escolas del Este, asà que no disponÃan ya de las 800.000 pesetas anuales que el maestro cobraba. Pero el camino hasta la nueva escuela era arenoso y áspero y se tardaba mucho en llegar. Los señores de Madrid habÃan unido con autopistas todas las capitales de provincia del Norte y del Este y no tenÃan ya dinero para echar grava sobre aquel polvoriento-lodoso camino. Como la camioneta tardaba tanto en llevar a los trece niños del pueblo hasta la nueva escuela, el padre del niño GarcÃa Pérez prefirió que cuidase el ganado en lugar de tener todo el dÃa al chiquillo por esos malos caminos de Dios. Ahora, la vieja escuela iba tomando forma de todos los pajares semiderruÃdos del pueblo: llenos de gatos en celo, palomas en los desvanes, lagartijas aletargadas y arañas dormidas dentro de sus capullos.
Del médico sólo los más antiguos se acordaban. Cuando el niño GarcÃa Pérez Etcétera se ponÃa malo, le daban leche caliente con vino y mielo, y eso lo curaba todo, salvo los sabañones invernales, que no tenÃan cura, y las diarreas del verano a las que ya estaba acostumbrado. Médicos quedaban por ahÃ, desde luego, pero se dedicaban a contar los pelos que los niños del Norte tenÃan en las falanges de los dedos de los pies, a fiscalizar sus pecas, a medir sus cráneos y narices: estaban demasiado ocupados como para cuidar las pulmonÃas del niño GarcÃa Pérez y de sus compañeros.
Y como el muchazo no iba a tener jamás una esuela a donde ir, toda su vida ignorarÃa algunos esenciadÃsimos detalles de sà mismo, especialmente las claves de su código genético. A él y a su padre y a su abuelo no le importaban demasiado, pero la sociedad en que vivÃan padecerÃa una terrible e inevitable carencia; la patria en que habÃa nacido se tambalearÃa ante la flojedad de aquellos cimientos humanos del zagal que pisoteaba los terrones de la meseta.
Porque era una delicada e importante cuestión. Den entre los cientos de GarcÃa, Pérez, RodrÃguez, Sánchez, MartÃnez y Suárez de su nombre, un estudio cientÃfico de aquel niño hubiera podido deducir notabilÃsimas conclusiones. Hubiera adivinado, por ejemplo, que uno de sus antepasados fue el emperador Teodosio el Grande, que dejó preñada a una sus sesposas cuando salió de Coca (Segovia) para gobernar el Imperio romano; que otro de ellos habÃa luchado con Hernán Cortés en la conquista de México; que otro habÃa sido conde de Castilla; que una de sus abuelas tuvo trato carnal con Abd al-Rahman III; y otra con el filósofo y médico judÃo Moses ben Maimón; que otro ancestro suyo habÃa sido tÃo de un tal Miguel de Cervantes, aquel a quien sapientÃsimos hombres habÃan borrado de una calle de Lejona para sustituir su opaco nombre por el del eximio poeta Ormaechea Orive; que otro habÃa sido capitán de los tercios de Flandes y otro obispo de Esmirna, y uno más palafranero de Isabel II la Casta.
Por lo demás, si el niño GarcÃa Pérez Etcétera se hubiera sentado ante un culo de botella y lo hubiese utilizado como espejo, habrÃa descubierto que poseÃa en su rostro 9618 pecas, lo cual hubiera podido cambiar el mundo si el maestro no se hubiese largado de su vera por orden superior, pues era el mismo que poseyeron Gobineau y Rosenberg; que brotaban 95 pelos sobre cada uno de sus falanges (muchos de ellos chamuscados en la hoguera que tenÃa prendida), el mismo número que Hitler lucÃa; que las medidas de su nariz coincidÃan milimétricamente con las del más conocido jefe del Ku-Kux-Klan, un tal coronel W.J Simmons; que la implantación de su (nonato) vello público formaba el mismo dibujo que en vida tuvieron Jim Crow y el general Forrest, y, en fin, que la posición de las circunvoluciones cerebrales era idéntica a la que los arqueólogos hallaron en el cráneo de Nerón, y, feliz coincidencia, a las que aún hoy en dÃa eran frecuentes en Africa del Sur y otras famosas regiones de la Tierra.
¿Y qué decir del color de sus ojos y de su sensibilidad gustativa? Los ojos eran de color pardo cuando contemplaba el ocaso y grises al mirar las primeras luces de la mañana. Ni el niño GarcÃa Pérez se hubiera repuesto de esta sorpresa étnico-antropológica , si la hubiese alcanzado. Por otro lado, le gustaban las sopas de ajo, los garbanzos, las pataas viudas, las sardinas fritas, el tocino y las manzanas verdes. Era tan bueno es esto que incluso fabricaba chicle con un puñado de trigo recogido en las eras o en los campos. Cualquiera de estos detalles hubiera permitido a un concejal medianamente cultivado o a un alcalde con el segundo curso de EGB aprobado escribir una enciclopedia acerca de la superioridad de aquel pastorcillo perdido bajo el invernal frÃo de la meseta. Y si un buen genealogista hubiera echado leña al fuego del informe genético, teniendo en cuenta todos aquellos apellidos ilustres en el macuto vital del niño, a nadie le hubiese sorprendido que vinieran a llevárselo para nombrarlo director de la universidad de Harvard, u obispo de Roma, o rey de España mismamente. Pero como hacÃa frÃo, estaba empezando a nevar, loas cabras se desmandaban, uno de los mulos se habÃa perdido y el cura, el médico, el maestro y su madre estaban lejos, el niño GarcÃa Pérez Etcétera se puso a llorar en medio del campo, a la sombra de una zarza agostada, y lloraba como un perro, como un perro castellano."
Nota aclaratoria.- Pocoantes de la publicación de este artÃculo la oposición de izquierdas y progresista en Euskadi, habÃa cuestionado una campaña del gobierno penuvista entre los escolares en la cul se aplicaban criterios antropométricos para determinas las caracterÃsticas faciales y corporales de los escolares, asà como se analizaba la genealogÃa de los alumnos, valorando el número de apellidos vascos.
Sacado del libro "Diez castellanos y Castilla" de Angeles Morueco y Juan-Pablo Mañueco. Editorial Riodelaire. (Creo que está ya agotado)

