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Autor Tema: Vida y obra de Julio Senador Gómez, intelectual regeneracionista  (Leído 5482 veces)
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Maelstrom
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« : Octubre 24, 2010, 21:36:47 »




Julio Senador Gómez nació en Cervillego de la Cruz, un pueblo vallisoletano de la Tierra de Medina, a las 10 de la mañana del 26 de septiembre de 1872. Su padre se llamaba Sergio Gómez Moyano, un labrador acomodado de los que dirigían la hacienda familiar sin dedicarse directamente a las faenas del campo. Sabía Latín, por lo que es probable que hubiese estudiado en algún seminario. En un primer matrimonio había estado casado con Juana Rosa Maestro Cantalapiedra, con quien no tuvo descendencia. Dos años después de la muerte de ésta, contrajo segundas nupcias con una hermana de la fallecida, unión de la que nacería el pequeño Julio Senador.
Aunque sus mejores tiempos hubieran sido otros, la Tierra de Medina era todavía una comarca relativamente próspera. Poseía suelos apropiados no sólo para el cereal, sino también para el vino, que justamente por aquellos años conocía una coyuntura extraordinaria, consecuencia de la epidemia de filoxera que afectaba al viñedo francés. Se beneficiaba la comarca de su privilegiado emplazamiento, pues por ella pasaban el ferrocarril Madrid-Irún y las carreteras de Madrid a Galicia y de Valladolid a Salamanca. Los miércoles y domingos, se celebraban en la capital del partido unos mercados que (sobre todo en lo que se refiere a los cereales) alcanzaban aún volúmenes de negocio notables. Cervillego de la Cruz, el pueblo de los Gómez-Maestro, está situado en la parte Sur de la comarca, casi en el límite entre las provincias de Valladolid y Ávila. Era un pueblo de llanura abierto a los cuatro vientos, que desde mediados del siglo XVII y hasta la Revolución Liberal había pertenecido al Marqués de Fuente el Sol. Como en otras tantas pequeñas localidades de Castilla, del escaso número de edificaciones sólo destacaba la iglesia parroquial, consagrada aquí a San Juan Bautista. Cervillego contaba con algunos bienes de propios, prados en los que se criaba algo de ganado lanar y caballar, y de los que se extraían los fondos para cubrir el presupuesto municipal.
Los progenitores de Senador vivían en una casa de dos plantas emplazada en la calle Fuente el Sol (nº 5) de Cervillego. La familia disfrutaba de una situación económica más que desahogada. Su patrimonio alcanzaba la respetable cifra de 105.718 reales, de los que habría que descontar deudas por un montante de 20.338 reales, correspondientes a los plazos todavía no vencidos de la serie de bienes que los Gómez-Maestro habían comprado cuando la Desamortización. Además de las tierras y de su propia vivienda (13.660 reales) poseían otra finca urbana (2.000 r.), algo de ganados (8.600 r., un lagar (3.000 r.), una bodega (1.400 r.), los útiles domésticos (8.614 r.), así como diversas cantidades de cereales, legumbres, algarrobas, patatas, vino, mosto y vinagre.
A los tres años de edad, Julio Senador se vio atacado por una poliomelitis que produjo atrofia y deformación en una pierna. Sus padres recurrieron a todos los medios a su alcance para lograr la curación del niño. Al parecer, un médico-curandero intentó sanar al pequeño con friegas de aceite alcanforado y cuentos maravillosos. Al no obtener resultados, decidieron pedir ayuda a facultativos de Valladolid, Madrid y Vascongadas, a donde acudieron en plena Guerra Carlista...Pero todo fue inútil, y el mal del pequeño Juilio Senador no experimentó mejora alguna. Aparte de mermar el patrimonio familiar (del que hubo que vender un buen número de majuelos) la persistencia de la enfermedad debió sumir al matrimonio en la amargura. Con el paso de los años, Julio Senador acabaría usando muletas y bastones, llegando a tener una cierta habilidad en sus movimientos, pero aquella minusvalía no le abandonó nunca y se convirtió en un grave impedimento.
Cuando nuestro biografiado terminó los estudios primarios en la Escuela de Cervillego, sus padres decidieron enviarle a Valladolid para cursar el Bachillerato. Y así fue: un buen día de septiembre de 1883, Julio Senador ingresaba en el Colegio de Santo Tomás, dirigido por un pariente de su madre. Aquel internado era uno de los cinco centros privados incorporados al Instituto vallisoletano: los alumnos recibían clase en sus respectivos Colegios y se examinaban luego en el Instituto. El expediente de Senador demuestra que fue un alumno aplicado, sobresaliendo en todas las asignaturas (obtuvo un total de nueve sobresalientes y cinco notables en las catorce materias de las que constaba aquel Bachillerato). Sus padres acabaron trasladándose a Valladolid y sacaron a Senador del internado un poco antes de que realizara el primer ejercicio del examen de grado con el que se terminaba el Bachillerato. Obtuvo un aprobado y días después realizó el segundo ejercicio, que fue calificado con un sobresaliente.
En aquellos años, Valladolid pasaba por un momento de relativa agitación, como consecuencia de la crisis agraria finisecular. Nudo de comunicaciones y transportes, núcleo comercial (triguero) y centro de servicios en general, favorecido por su condición de cabecera de las administraciones universitaria, militar (Capitanía General), judicial (Audiencia Territorial) y eclesiástica (Arzobispado); la ciudad de Valladolid no había dejado de crecer a lo largo de la centuria decimonónica, y en el censo de 1887 superaba ya los 62.000 habitantes. Aunque a mediados de siglo hubo proyectos de industrialización, éstos no habían terminado de materializarse. Con todo, en 1890 la ciudad pagaba la nada despreciable cantidad de 4.700.000 pesetas de contribución industrial, y era la única de Castilla-León en la que el sector secundario no era insignificante. En los años dorados de principios de la Restauración, bajo la alcaldía de Miguel Íscar, se había producido una importante renovación urbanística: se realizaron ensanches, fueron cubiertos los dos brazos principales del río Esgueva, aumentaron los espacios de ocio y las zonas verdes; y en aquella época se construyeron importantes edificios como el Seminario, el Hospital, la nueva estación de ferrocarril, el Círculo de Recreo, el Colegio de San José o la Facultad de Medicina. En 1887 (cuando Julio Senador se hallaba aún en el internado) se estrenó la iluminación eléctrica, que iba a permitir una pequeña revolución en el transporte urbano (aparecen los tranvías) y también en el ambiente, cada vez más lleno de los ruidos de una ciudad moderna. En lo referente al ocio, Valladolid multiplicaba la oferta del resto de ciudades regionales: cuatro teatros ( de la Comedia, Lope de Vega, Zorrilla, Calderón), Museo, Escuela de Bellas Artes y Oficios, Ateneo y una prensa muy rica y variada, que alcanzaba proyección regional en algunos casos (El Norte de Castilla, por ejemplo). Un numeroso grupo de estudiantes procedentes de las ocho provincias integrantes del distrito universitario llenaban pensiones y hostales, creando un ambiente que sólo parcialmente se daba también en Salamanca. Jóvenes de clase media y alta paseaban por la Plaza Mayor y las calles adyacentes, acudiendo al café, al teatro, al baile o a meriendas por El Pinar o las Eras.



Obtenido ya el título de Bachillerato, Julio Senador inició la carrera de Derecho en la Universidad pucelana en el curso 1888-89. Siete años después, en la convocatoria de septiembre de 1895, aprobó de una tacada las cinco asignaturas que le faltaban para terminar la carrera. Aún tendría que esperar dos más para superar el examen de grado y convertirse en licenciado. Era aquella una Universidad pequeña, hasta el punto de que prácticamente se reducía a las Facultades de Medicina y Derecho y sólo tenía un millar y medio de alumnos. A pesar de que el distrito incluía también a las tres provincias vascas y a Burgos, Palencia y Santander; tenía un inequívoco carácter provinciano tanto por lo que se refiere a la procedencia de sus alumnos como a la de sus profesores: miembros de las familias acomodadas de la ciudad.
Poco después, Julio Senador se trasladó a Palencia, donde su hermana había obtenido plaza de maestra. Pertenecía nuestro hombre al grupo de jóvenes de clases medias que aspiraban a una vida más refinada, pasando las mañanas junto a futuros médicos, abogados, boticarios e ingenieros. En 1895 estalló la insurrección independentista cubana, y es probable que Senador participase en alguno de los diversos actos de recogida de donativos para el Ejército, o que formase entre quienes despedían a los soldados entre consignas patrióticas. No conocemos gran cosa de su comportamiento durante aquel conflicto, pero sí sabemos lo que afectó a su trayectoria vital el "Desastre del 98". Años después, recordaría así esta época:

"A mí quien me hizo persona racional fue la derrota del 98. ¿De modo que no éramos invencibles? ¿De modo que aquí no había nada de nada? Fue un desplome. Tuve que rehacer mi escaso patrimonio mental. Empecé resueltamente y seguí con la paciencia del castor. Estaba solo. Es otra característica de la vida castellana. ¡Todos aquí estábamos sólos! Estudié seriamente. Llegué a ver claro como no había visto nunca y entonces...¡Qué estupor! ¿Pero aquello era una vida? ¿Pero esto era una nación?".


Y es que Senador era un muchacho inmaduro, con la carrera universitaria recién acabada y cargado de ingenuidad e ilusiones. Al igual que tantos otros, había absorvido desde la niñez una visión exaltada del pasado de España, que las élites decimonónicas habían convertido en pilar de una muy débil estrategia nacionalizadora. La inesperada derrota de 1898 llegó después de haberse subrayado hasta el infinito los motivos de orgullo por haber nacido español, después de varias décadas de soflamas patrióticas sobre la invencible raza española. Para jóvenes como Julio Senador, España era la que ahora sufría una humillación y demostraba una atroz incompetencia, precisamente en el momento en que franceses e ingleses demostraban su fuerza en tierras africanas o asiáticas. En sus años de madurez, Julio Senador deslizará en sus obras observaciones y comentarios sobre la pérdida de las últimas colonias españolas, calificada por él como "la más atroz infamia que registra la historia nacional". Cargará sobre los inútiles politicastros toda la responsabilidad de aquella desgracia.
En 1903, Julio Senador aprobó las Oposiciones de Notarías, y en el concurso de vacantes se le otorgó la plaza de Santa María del Páramo. Tomó posesión de la notaría de este municipio leonés el 10 de julio de aquel año, según consta en la Dirección General de los Registros y del Notariado. La estancia en Santa María del Páramo no fue muy agradable:

"[...] comienzo a ejercer en una aldea donde mi oficio no se necesita para nada. Allí no había nada que vender ni que comprar por falta de dinero. Pasa el año de la novatada. Al cabo de doce meses he puesto mi firma en veintiséis documentos insignificantes. He venido a ganar aproximadamente ¡dos reales diarios! Si por otro lado no hubiese dispuesto de un mísero puñado de pesetas, me habría muerto de hambre".

En realidad no fue un año entero: apenas estuvo allí unos meses. Se trasladó a la notaría de Quintanilla de Abajo (actual Quintanilla de Onésimo), pueblo situado en el distrito de Peñafiel. Sus pésimas condiciones laborales varían muy poco. El notario Senador no tenía mucho que hacer en "un lugar de 405 vecinos que debían al comercio local por paños, telas, calzados y comestibles, 160.000 pesetas".
Quintanilla está a orillas del Duero. Una tarde veraniega, Julio Senador se sienta junto al río. Y desde allí contempla la miseria y la ruina de Castilla, una tierra condenada a la emigración:

"Yo he vivido algunos años en la estepa vallisoletana; desierto amenazador de suelo blanquecino y envenenado por la sal como la pampa de Bolivia: conjunto de arenales muertos donde antes hubo densos montes y hoy sólo se destaca a largos trechos algún rodal de pinos retorcidos, sórdida mancha de soledad y de pobreza que empieza junto a Benavente y sigue hasta Roa, junto a Burgos, ocupando 4.000 kilómetros cuadrados.
Vivía yo cerca de Peñafiel, donde el río camino entre ásperos desmontes que él mismo ha ido labrando.
Desde arriba sólo se divisa la horizontalidad del páramo infinito tapizado de minúsculos yerbajos que perfuman la atmósfera con un aroma insinuante.
Sólo por los derrumbaderos de ambas orillas se encuentra algún residuo de vegetación frondosa y hacia allí es necesario dirigir el paso, por recreo y por instinto, en los ardientes días del verano.
Allí suspira el viento entre las hojas con sorda melodía; se percibe el tableteo de un molino; pían los gorriones, bordonean los tábanos y crujen las cigarras.
En este sosiego enervante cualquier rumor es un arrullo que adormece.
Pronto se siente uno sumido en vaga soñolencia y el pensamiento empieza a evaporarse entre tanto que el oído permanece todavía despierto y espía los murmullos de la sombra escuchando con afán. Así fue como una vez oí yo cantar al Duero.
Cantaba bebiendo al pasar las limpias aguas de una fuentecilla que escondía la humildad de su regalo entre matas de gamarra y madreselva.
Cantaba lastimero y quejumbroso. ¡Quizás aquella tarde cantaba sólo para mí!
Tú como yo (decía el río) habrás venido en busca de trabajo. Por desgracia ni tú ni yo lo encontraremos.
¡Infeliz caminante extraviado! ¿Qué trabajo pensabas encontrar en esta fosa de destierro y castigo?
¡Vente conmigo si no quieres perecer! ¡Vámonos hacia la costa en busca de libertad! ¡Vámonos hacia el puerto en busca de la vida!
¡Salvémonos! ¡Escapemos sin volver la vista atrás porque aquí ya se vislumbra el hundimiento!".


En 1909 dejó Quintanilla y se trasladó a la notaría de Poza de la Sal, en la comarca burgalesa de La Bureba. Siente soledad y frustración, y no le resulta nada fácil integrarse en el ambiente rural castellano. Condenado a la inactividad, se queja con amargura del tiempo pasado en balde. Su crisis vital se alimentó también de la profunda desazón que le producía vivir en el campo, entre la arrogancia de los señoritos y la extrema pobreza de muchos labriegos. Le impresiona la tristeza de todo aquello, que seguramente era también la suya propia. Años después, hablará de la pobreza de Castilla en un artículo escrito para El Socialista:

"Largos años de mi juventud he vivido sin familia y sin hogar, como extranjero en mi propio país, errante por villorrios en los que hasta la alegría de sus fiestas tiene tristeza, presenciando la agonía interminable de la España central y contemplando asombrado el perenne sufrimiento de comarcas enteras a quienes las consecuencias de la Desamortización siguen asesinando impunemente".

Al cabo de un año, Julio Senador se aposentó en Cevico de la Torre, tomando el 23 de febrero de 1910 posesión de la notaría de esta localidad del Cerrato palentino. En aquella localidad del distrito de Baltanás iba a terminar su deambular solitario, ya que allí se casará y nacerá su primer hijo. Su consorte, Saturnina Alba, pertenecía a una acomodada familia procedente de Vizcaya. Además de proporcionarle la familia y el hogar con el que Senador soñaba, esta mujer le dio el sosiego y la tranquilidad que necesitaba para evitar convertirse en un ser amargado y consumido por un sentido absolutamente trágico de la existencia, al estilo de su admirado Joaquín Costa. El 7 de agosto de 1912 vino al mundo el primer hijo del matrimonio, a quien llamaron Sergio, como el abuelo materno. Después llegarían Julio (1915), Beltrán (1919) y Maurina (1919); nacidos los dos primeros en Frómista y la última en Palencia.
Tras una temporada en Cevico, Julio Senador decidió instalarse en Frómista, tomando posesión el 27 de octubre de 1914 de la notaría de esta localidad. Situada en el Camino de Santiago y famosa por esa obra maestra del románico que es la iglesia de San Martín, en Frómista se producían vino y trigo, existiendo tres fábricas de harinas junto al Canal de Castilla, que atraviesa su término. La mayoría de sus habitantes vivían exclusivamente del salario que ganaban en el campo, porque (como Senador escribiría algo después) los fromisteños no poseían "un sólo palmo de tierra municipal, a pesar de tener 6.000 hectáreas de término. De 500 vecinos, 400 son braceros, que tampoco poseen absolutamente nada. La heredad pertenece a casi toda a propiertarios forasteros que cobran rentas, pero que no contribuyen a las cargas del pueblo. En cambio, el arruinado Ayuntamiento paga anualmente por Consumos y Contingente provincial 17.000 pesetas arrancadas de estos infelices".
Julio Senador simultaneaba la notaría fromisteña con una suplencia en Carrión de los Condes, a donde se trasladaba uno o dos días por semana. Y sumando lo ganado en una y otra localidad, pudo disponer al fin de unos ingresos dignos. Terminaban así los años más duros de su existencia, en los que no había tenido más remedio que recurrir al patrimonio familiar para subsistir.
Estando así las cosas, nuestro biografiado retomó su afición por la escritura. Indignado por la preocupante situación de España en aquella época, no tardó en ponerse a redactar un libro sobre esta cuestión. Lo publicará en 1915, convirtiéndose súbitamente en un intelectual reconocido a escala nacional. El título de aquella obra era bien expresivo: Castilla en escombros. En 1918 publicará su folleto La Tierra libre, así como un nuevo libro, titulado La ciudad castellana. Al año siguiente saldrá a la luz La canción del Duero, posiblemente su mejor aportación. Todas estas obras, así como los inicios de sus colaboraciones periodísticas, consolidan a Senador como un escritor muy conocido.
Y es que la opinión pública acogió muy bien las obras de "Julio Senador, notario de Frómista"; y los intelectuales le dedicaron comentarios muy elogiosos. No han llegado hasta nuestros días, por desgracia, las favorables críticas de Ortega y Gasset, a quien no le pasó desapercibida la obra de Senador. Sí se ha conservado, en cambio, el comentario de Marcelino Domingo, una de la más prestigiosas plumas del republicanismo español:

"Estos libros como Castilla en escombros, que parecen, para España, un manadero de mal, son una fuente de bien. Nos hacen bien porque descubren nuestro valor. Porque nos enseñan a conocernos. Porque nos humillan la altivez. Porque nos estimulan el trabajo. ¿España? Para las generaciones anteriores a 1898, España era Sagunto, Numancia...Como dijo Ortega y Gasset en su conferencia Pedagogía Social, patria era la belleza del cielo, el gargo de las mujeres, la chispa de los hombres, la densidad transparente de los vinos jerezanos, la ubérrima transparencia de las huertas levantinas, la capacidad de hacer milagros de la Virgen aragonesa... Esta era España para los que antes de 1898 definían España. ¿Hoy? Para los hombres de hoy España es esta España de Castilla en escombros".

« Última modificación: Enero 13, 2017, 18:00:41 por Maelstrom » En línea
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« Respuesta #1 : Octubre 24, 2010, 21:46:09 »


Aunque Senador criticase al republicanismo por obcecarse con la reivindicación de la República y olvidarse de la medidas socioeconómicas, por estos años se declaraba republicano y era amigo de republicanos como Basilio Paraíso, a quien dedicó su libelo La Tierra libre. El notario de Frómista defendía (con enorme apasionamiento) la idea de crear el Partido Laborista Español, que englobaría al socialismo moderado y al republicanismo, una formación política que estaría empapada de pragmatismo y acometería la difícil tarea de regenerar España. No es extraño que Marcelino Domingo le prestara atención, y que los círculos republicanos del país (y especialmente de Castilla-León) se sintieran identificados con los textos de Julio Senador. El diputado reformista salmantino Filiberto Villalobos contaba en su biblioteca con toda la obra de Senador, y en 1918 presentó en el Congreso una proposición de ley para cambiar los arrendamientos rústicos basada en las teorías expuestas en Castilla en escombros. La prensa republicana citaba frecuentemente al notario de Frómista: El Pueblo, un semanario republicano burgalés, se dedicó a reproducir en sus páginas extractos de La ciudad castellana y a reclamar que se pusieran en práctica las ideas de Senador. En marzo de 1919, un tal Campos comentaba en el citado semanario que Alejandro Lerroux se había referido a las propuestas de Senador en su último mitin y que había pedido al directorio de la Federación Republicana que las estudiase para incorporarlas a su programa.



Los socialistas, por su parte, dispensaron desde muy pronto una buena acogida a las obras de Julio Senador. En mayo de 1916, El Socialista empezó a publicar Castilla en escombros en forma de folletón, y dos años después (con ocasión del Primero de Mayo) el propio Senador empezó su colaboración en este periódico. Entre estas dos fechas, la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España y los trabajadores de la zona minera de Palencia (que llevaban mucho tiempo inmersos en un conflicto de difícil resolución) decidieron someterse al arbitraje de Julio Senador, otra prueba de que éste era ya una persona conocida y respetada en los ámbitos progresistas de la región. Senador resolvió el contencioso con una fórmula que a todos pareció acertada, y los mineros le rindieron homenaje: bajaron hasta Frómista y le organizaron un banquete en una campa cercana al Canal de Castilla. Según El Socialista, asistieron representantes de las Juventudes Socialistas palentinas y vallisoletanas, y la Agrupación Socialista de Barruelo entregó una medalla de oro al insigne escritor. Los ayuntamientos de Guardo y Barruelo le dedicaron sendas calles. Un año después, Julio Senador publicó La ciudad castellana, obra que contiene la siguiente dedicatoria:

"A los mineros de Barruelo y Asturias, a los ferroviarios del Noroeste y el Norte; a todos los obreros de España y en especial a las Juventudes Socialistas de Barruelo y Palencia, como testimonio de consideración y afecto..."


Por aquellos días, Julio Senador entró en contacto con el movimiento andalucista de Blas Infante, probablemente a través de su participación en los Juegos Florales sevillanos. Fueron los andalucistas quienes le hicieron una de las primeras tentativas para llevarle a la actividad política. Mientras los mineros de La Montaña palentina le homenajeaban, la revista Andalucía barajaba su nombre entre los candidatos que los andalucistas iban a presentar a las elecciones para el Congreso de los Diputados.
En fin, probablemente en el verano de 1921, cuando Castilla en escombros ya había conocido una segunda edición, se produjo el encuentro entre Senador y Unamuno, relatado por éste último en Andanzas y visiones españolas. En el capítulo dedicado a Palencia de este libro, el escritor vascongado relata cómo pasó un día muy agradable en casa del escritor castellano, y recomienda la lectura de sus obras:

"[...] allá en aquella línea derecha que corona esos calizos escarpes, empieza el páramo, el terrible páramo, el que se ve, como un mar trágico y petrificado, desde la calva cima del Cristo del Otero. ¡El páramo! En él se ha vendido una hectárea de terreno por seis duros (¡treinta pesetas!) y para aprovechar no más que una cosecha: el milagro de Sara, la mujer de Abraham. ¿El páramo? ¡Y qué áspera poesía la que inspira! Leed los libros de Julio Senador Gómez, notario de Frómista, hoy vecino de esta ciudad de Palencia (¡Y qué rato el que el otro día pasamos en su casa, donde le retienen su achaques!) leed Castilla en escombros, La Ciudad castellana, La canción del Duero, y veréis cuánto de áspera poesía profética, jeremíaca, apocalíptica, contiene la obra de este hombre trágico y vasto y lisiado como el páramo. Al borde del desierto han brotado los más jugosos, los más fuertes cantos de la eternidad del alma: ni hay agua como el agua profunda, soterraña, del desierto".

No creo aventurado suponer que la anécdota de la venta de la hectárea de terreno por seis duros se la habría proporcionado el mismo Senador. Más allá de ello, todo el capítulo (atravesado por la caracterización de Castilla como una tierra abrasada y por la mitificación del agua) tiene ecos del universo de Senador y parece escrito bajo influencia de aquel encuentro. En el capítulo siguiente, dedicado a Aguilar de Campoo, el recuerdo no parece haberse borrado todavía ("en la antigua villa de Campoo, entre ruinas, en esta Castilla en escombros que dijo Senador Gómez..."). A la vista de todos estos testimonios habría que concluir que, cuando la Restauración daba sus últimos coletazos, el notario de Frómista era un intelectual muy respetado y conocido.
A partir de 1920, Julio Senador comenzará a colaborar regularmente con los grandes periódicos madrileños de ámbito nacional, y a partir de ese momento ya no utilizará otro medio para seguir dando a conocer su pensamiento. El notario de Frómista escribía con la intención de empujar a la sociedad española a la realización de profundas reformas, y evidentemente el periódico era una forma de llegar a un mayor número de lectores. Pero en su decisión de no publicar libros y expresar sus ideas sólo a través de artículos de prensa debieron de pesar los motivos económicos: los grandes rotativos madrileños le pagaban muy bien, a peseta la línea, por lo que el periodismo se convirtió para él en una estupenda fuente de ingresos suplementarios.
Publicó su primer artículo periodístico en El Liberal, la gaceta más izquierdista de los grandes rotativos madrileños. La redacción del periódico le daba la bienvenida con una larga nota, de la cual leeremos un fragmento:

"[...] el notario de Frómista es una de las más altas mentalidades de España. La profundidad de su pensamiento, la certera visión de los problemas actuales españoles, la nitidez y transparencia con que esculpe en su prosa los temas más arduos, hacen que la opinión de Senador sea oída y respetada en todas partes y por los hombres de más valer del país. Con palabras de vidente y fogosidades de apóstol, hablando desde el escondido pueblecito de Palencia, ha hecho valer sus originales ideas entre los pensadores, los técnicos y los estadistas de todos lo matices, que se han inclinado ante el numen excepcional de este filósofo de nuestra política".


A fines de 1919 se produjo una huelga de periodistas en El Liberal, que supuso un durísimo golpe para el periódico. Como consecuencia de aquella reivindicación, la mayor parte de la plantilla (redactores, tipógrafos, personal administrativo y repartidores) marchó de El Liberal y fundó un nuevo diario, La Libertad. Senador pasó a colaborar con el nuevo periódico, que se presentó en su primera época como un medio abierto a la izquierda, llegando a tener entre sus colaboradores al socialista Pablo Iglesias. Nuestro notario, que escribió un artículo cada quince días la lo largo de nueve años, se ocupó de los problemas de España y de la crisis de las sociedades europeas. Unos artículos muy interesantes, que muestran a un intelectual maduro y con las ideas claras, que comienza a estar preocupado por las disputas ideológicas que dividen a la sociedad española.
Por último, Julio Senador publicó esporádicamente artículos en El Socialista. La mayoría de ellos aparecieron entre 1920 y 1922, después de que los acontecimientos del llamado Trienio Bolchevique hubiesen llevado la cuestión agraria al primer plano de la actualidad y de que a la dirección de este periódico hubiese accedido Fabra Rivas, uno de los dirigentes del PSOE que más atención prestaban al problema del campo. El Socialista se abrió a intelectuales ajenos al Partido que escribían sobre estas cuestiones, y en ese contexto aparecieron firmas como las de José Cascón, Filiberto Villalobos o Julio Senador. Varias de sus colaboraciones coincidieron con los números extraordinarios que la gaceta del PSOE editaba con motivo del Primero de Mayo (como "Espíritu Nuevo, su primer artículo para este medio, publicado en 1918). Otras veces se trata de artículos muy breves, que no aportan gran cosa.



Frecuentemente, la redacción del periódico insertaba advertencias en la cabecera del artículo, en las que se indicaba que habían invitado a colaborar a Senador, pero que ello no significa que estuvieran de acuerdo con las tesis por él sustentadas en sus textos. Venían a responder en cierta forma a la actitud del notario de Frómista, que aprovechaba las invitaciones que le hacían los socialistas para insistir sobre los puntos en los que discrepaba con ellos: que la verdadera división de la sociedad no era la que proponían y que en una sociedad racionalmente organizada la lucha no existiría más que entre laboriosos y holgazanes (categoría en la que Senador incluía solamente a los rentistas); que era de celebrar la reducción de la jornada laboral a ocho horas, pero que se equivocaban persiguiendo objetivos como ése o como el aumento de los salarios, y que la única reforma válida era la de la propiedad a través del impuesto único que él proponía; que nada conseguían utilizando instrumentos como la protesta colectiva, la acción directa o la huelga...
No hubo acritud en estos pequeños rifirrafes. Los socialistas respetaban a Julio Senador, "ilustre escritor" y "querido amigo"; y en la época de la Dictadura primorriverista le dedicarán algunos comentarios muy cariñosos. Dentro de la mutua simpatía, lo que no podían evitar ni los socialistas ni Senador era una actitud de cierta condescendencia. El escritor les consideraba "buenos chicos" que no acababan de saber dirigir su admirable generosidad en la dirección adecuada, y los integrantes del PSOE le consideraban a él como un veterano luchador que debía abandonar ciertas teorías equivocadas y convertirse en un socialista más:

"Senador no es afiliado a nuestro Partido, pero lo esencial de sus propagandas sólo El Socialista ha sabido recogerlo. Es posible que no haya coincidencia en los detalles, pero en el fondo, ¿qué nos puede separa del autor de Castilla en escombros? Lo que ha de buscarse, por otra parte, son los puntos de coincidencia para fortalecer la obra educadora del pueblo. El Socialista se honra abriendo sus columnas a escritores como Senador, que tantas veces ha sabido interpretar las amarguras del campesino español".


En 1922, Julio Senador dejó de ser "el notario de Frómista". Después de casi dos décadas de ejercicio profesional había ido subiendo en el escalafón, lo que le permitió ganar la plaza de una notaría de segunda categoría como era la de San Vicente de Alcántara (Badajoz). Cuando llegó allí en julio del año anterior al golpe de Primo de Rivera, estaba a punto de cumplir los 50 y era la primera vez que se establecía fuera de su Castilla natal. San Vicente poco tenía que ver con los pueblos que Senador había conocido en Castilla: multiplicaba por cinco la población de Frómista, predominaba de forma aplastante el monte en su término municipal y se daba en él una dinámica industria corcho-taponera. Abundaban los jornaleros, y la presencia socialista era notable.
Senador y su familia vivían muy placenteramente. Residían en una casa con un gran trozo de terreno, se desplazaban en automóvil y tenían un servicio doméstico de cuatro personas (niñera, chófer, doncella y cocinera). El escritor leía vorazmente todo cuanto caía en sus manos, y redactaba artículos durante horas en su máquina de escribir. Por las tardes, Julio Senador hacía tertulia con don Laureano (el médico) y don Gregorio (el boticario). Le gustaba mucho el cine, pero pensaba que no se utilizaba correctamente:

"[...] podría haber sido un gran instrumento educativo y ha acabado convertido en un insuperable medio propagador de groserías, imbecilidades y brutalidades".


Durante todos aquellos años, Julio Senador intentó mantener una actitud prudente hacia la Dictadura de Primo de Rivera. Parece que no se opuso a su llegada. Contemplaba como lógico aquel golpe de Estado, "dada la situación de desorden social a la que había conducido el desorden legal"; pero, al mismo tiempo, creía que un régimen militar no era una solución, sino algo excepcional que debía dejar paso a un Gobierno civil integrado por los que saben (es decir, los técnicos). Temeroso de que una postura muy crítica pudiera acarrearle represarlias, el escritor se limitó a censurar en privado a Primo de Rivera ("un soberbio y un ignorante", "semianalfabeto") pero se mantuvo muy lejos de posturas como las de Miguel Unamuno. Tampoco utilizó mucho su pluma. Dedicó lo poco que escribió a reflexionar sobre la profunda crisis de la sociedad occidental.



Estando así las cosas, Primo de Rivera tuvo la ocurrencia de nombrarle representante de la Asamblea Nacional. Un poco antes, en una de sus notas oficiosas, el dictador había escrito que "figurarán entre los futuros asambleístas, si, como es de esperar de su recto sentido ciudadanos, lo aceptan, nombres tan de izquierda como..." y en la peculiar enumeración de candidatos aparecía Julio Senador. Socialistas como Largo Caballero o Llaneza también fueron invitados a participar, pero rechazaron la propuesta. Nuestro escritor tampoco quería aceptar el nombramiento, pero acabó haciéndolo, temeroso de las repercusiones que una negativa podría tener sobre su familia. Intentó no asistir a las sesiones de la Asamblea alegando una grave enfermedad, pero la estratagema no le sirvió de nada: le enviaron el carnet de asambleísta y prometieron remitirle cartas con los asuntos sobre los que interesaba su opinión.
 Por lo demás, Julio Senador siguió publicando artículos en El Liberal y La Libertad. Ya en los años finales de la Dictadura, escribió series importantes de artículos para El Socialista (con quien había dejado de colaborar en 1922), Informaciones y El Cortador. Esta última publicación era "el órgano consultor de los gremios de carnes frescas y saladas de España", y en ella aparecían también firmas como la del republicano Roberto Castrovido. Un contrato con la distribuidora Spania le comprometió a publicar un artículo inédito mensual en periódicos como La Edificación, El Programa, El Mercantil Español, España Forestal, La Ciudad Lineal, La Revista Quincenal, La Terra (Barcelona), Unión y Trabajo (Cáceres), La Democracia (Zaragoza), España Republicana (Buenos Aires)...
Además de todas estas colaboraciones periodísticas, nuestro biografiado sacó a la luz dos nuevos libros: Los derechos del hombre y del hambre (1928) y Al servicio de la plebe (1930). El primero es una recopilación (casi sin modificaciones) de artículos aparecidos preferentemente en El Liberal, siendo un buen resumen de lo que fue su pensamiento en aquella época. El segundo es también una compilación de anteriores trabajos periodísticos y, según El Cortador, este libro tenía el deseo de que algún día los hambrientos de pan y justicia pudiesen satisfacer sus demandas. Algo depués aparecería el folleto El impuesto y los pobres, publicado la revista Cuadernos de Cultura, una publicación quincenal valenciana que dirigía el cenetista Marín Civera y que contaba con significadas firmas de izquierda (Ángel Pestaña, Julián Zugazagoitia, Rodolfo Llopis...).
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« Respuesta #2 : Octubre 24, 2010, 21:50:37 »




En abril de 1931 se abría una nueva etapa de la Historia de España: la II República daba sus primeros pasos. El proyecto político que se defiende durante el Bienio Progresista (una sociedad laica, plenamente democrática, organizada territorialmente sobre nuevas bases...) podría haber sido asumido por Senador, porque no estaba lejos de sus teorías. Sin embargo, el notario y escritor no participó del entusiasmo y de la agitación que se apoderaron de buena parte del país, y desde luego de casi todos los intelectuales. Fanáticamente convencido de que las estructuras políticas dependían de las formas de producción, creía que de nada serviría la vuelta a un sistema constitucional mientras perdurase la falta de tierra libre. Creía que las reformas políticas interesaban cada día menos a la mayoría de los españoles (y particularmente a la población agraria) y reiteraba que la única cuestión candente era la estructuración de la propiedad agraria.
Ahora, cuando toda la izquierda se alineaba con la República, Julio Senador se empeñaba en ir a contracorriente. Creo que esa actitud distante y muy critica le pasó factura, ya que sus opiniones fueron perdiendo influencia poco a poco y terminó convertido en alguien que parecía haberse quedado trasnochado, fuera de su época. Instalado en una notaría de Pamplona, seguirá escribiendo artículos periodísticos y trabando nuevas amistades, entre las que cabe destacar a Pío Baroja. Aficionado a la ópera, Senador gustaba de escucharla muy a menudo en su gramófono, y solía llevar a la familia de merienda al campo.
Poco a poco, los artículos del que fuera notario de Frómista fueron endureciendo su tono, volviéndose más y más críticos. Mientras la poliomelitis que padecía iba empeorando, Julio Senador se dejaba vencer por la decepción, el pesimismo y ciertos temores, comprensibles algunos y otros no tanto. Tal vez el principal de sus miedos fuese el estallido de una guerra, algo que Senador había siempre destestado y que ahora le preocupaba más directamente. Su hijo mayor, Sergio, mostraba ya una clara vocación militar y había alcanzado la edad en la que podía ser movilizado para un conflicto bélico. Cuando Manuel Azaña declaró a la prensa madrileña que "si hubiese guerra, no es seguro que pudiésemos permanecer neutrales como en el catorce, ni que nos conviniere hacerlo", Julio Senador le contestaba con un artículo en el que acababan saliendo a relucir sus preocupaciones paternas:

"Jamás la guerra ha podido resolver ningún problema. Sólo sirve para envenenarlos todos. Y que en ninguna campaña hay vencidos y vencedores. Todos son vencidos, porque dos ejércitos que luchan equivalen a otro mayor que se suicida. Vencer o no vencer, lo mismo da. Las espléndidas victorias o derrotas se pagan luego con espléndidos recargos en el presupuesto; es decir, con aumentos espantosos de desesperación y miseria [...].
La simple enunciación de una posibilidad de guerra consentida significa un motivo de alarma para innumerables padres que hemos envejecido inculcando a nuestros hijos el amor a la Patria y resignadamente aceptaríamos el sacrificio de sus existencias si la independencia o la honra de la Patria lo exigieran algún día, pero que no queremos verles enviar a perecer acorralados como en Annual, o inmolados sin defensa como los portugueses en Lys".


Aunque cada vez con menos popularidad y capacidad de influencia sobre la opinión pública, Julio Senador no dejó de colaborar en la prensa hasta muy avanzada la República. Fue a comienzos del otoño de 1935 cuando, sin que mediara ningún tipo de despedida, dejó de publicar sus artículos. Intuía que podía producirse una Guerra Civil y tal vez le pareció prudente guardar silencio...
El desencadenamiento efectivo de la Guerra por el golpe militar de 1936 le afectó muchísimo. Fueron años de angustia, por que su hijo Sergio participó como oficial de complemento en un tercio requeté y porque al final llegó a tener movilizados a los otros dos. Fueron años de miedo, en los que destruyó escritos y artículos por temor a represalias.
Julio Senador se dedicó a su profesión de notario hasta su jubilación, en 1942. Pasó el resto de su vida sentado detrás de una mesa camilla, puesto que su enfermedad se agravó hasta imposibilitarle salir de casa. Fuma sin para; sobre el tapete caldeado por los calefactores tiene diversas revistas y folletos de estadísticas. Retoma su pasión por la escritura: redacta un libro llamado El hueso roído, que no llegará a terminar ni a publicar. En esta obra inédita sigue insistiendo en sus viejos temas: lo equivocado de la orientación cerealista que se sigue en la Meseta, lo absurdo del proteccionismo, el desastroso sistema de impuestos y el problema de las falta de tierra libre. El resultado de todo esto es un país que parece "un hueso roído" y masas de campesinos que se ven obligadas a emigrar.
 En febrero de 1954, el periodista Alberto Clavería le entrevista para el periódico El Español. La entrevista no aporta gran cosa, y en algunos momentos produce casi congoja.
Tras una larga vida, Julio Senador falleció en Pamplona el día 28 de enero de 1962. Tenía 82 años.

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« Respuesta #3 : Octubre 24, 2010, 21:58:01 »


El ideario georgista como principal influencia



La ideología de Senador se basa, en primer lugar, en las teorías del británico Henry George y sus seguidores. Eran intelectuales confiados en la modernidad, guiados por la fe en la ciencia y el progreso técnico. El georgismo era una doctrina llena de optimismo en las posibilidades que el género humano tendría en cuanto de estableciese un sistema de tierra libre. Rechazaban la idea de la lucha de clases como algo inherente a la sociedad capitalista, consideraban las tensiones como algo meramente coyuntural y creían tener soluciones válidas para todos. El georgismo, al partir de la renta como base de sus planteamientos, al dividir la sociedad en "productores" y "no productores", creaba unas categorías que escondían muy bien las diferencias de clase y que venían a servir a los afanes integradores de estos intelectuales. La mayoría de ellos mostraba un rechazo profundo hacia la práctica política y el georgismo hacía un planteamiento de los problemas de tipo tecnocrático.
Según Kenneth Boulding, uno de los principales analistas del pensamiento de Henry George, su mensaje puede resumirse en tres proposiciones:

1) No estamos atrapados en la miseria. El progreso de la humanidad es un hecho cierto, pero lo también lo es que ese progreso no ha distribuido sus frutos con equidad.

2) El mercado y la libre competencia son las mejores palancas para el crecimiento de la actividad económica.

3) Para que el mercado pueda cumplir bien su papel deben darse unas determinadas condiciones previas, que no existirán en tanto se mantenga la apropiación privada de los recursos naturales.

De acuerdo con estas bases, la filosofía de George podría calificarse dentro de las denominadas "economías mixtas". Por un lado defendía la abolición de la propiedad privada de todo recurso natural, así como la estatalización o municipalización de los grande monopolios naturales. Una vez alcanzado este objetivo, George se mostraba partidario radical de una economía competitiva, en la que la libertad individual predominaría sobre el dirigismo estatal.
Por lo demás, el pensamiento de Senador muestra grandes coincidencias con el de regeneracionistas como Joaquín Costa, Lucas Mallada y Ricardo Macías Picavea. Su curiosidad y su dominio de la lengua de Francia le hicieron interesarse por Francis Delaisi  y Maxime Leroy, teóricos del sindicalismo. Leyó también obras de autores como Le Bon, Barrés o Melchior de Vogué; y en sus textos encontramos referencias a autores que clamaron contra la destrucción del arbolado o que propugnaban la repoblación forestal (Mathey, Descombes, Maeterlink, Schleimann...). En resumen, el pensamiento de Senador bebió en fuentes eclécticas, enmarcadas por lo general dentro del liberalismo igualitario.



Senador, un intelectual castellanista



En el pensamiento del notario de Frómista destacan una serie de rasgos que lo definen durante los años de la Restauración, y que se mantienen en gran medida ya en la época de Primo de Rivera, así como en la II República. Son (a grandes rasgos) los siguientes:

-Culto a la Ciencia.

-Reforma profunda del orden social español mediante los avances técnicos y científicos.

-Progreso y desarrollo, pero no a costa del campo. La regeneración de España para por resolver los problemas agrarios.

-Armonía social dentro de una sociedad liberal. Condena de la lucha de clases.

-Primacía de lo ecómico sobre lo político.

-Accidentalismo político.

-Ausencia de referencias a la cuestión religiosa.

-Preocupación por la situación de Castilla.


Vamos a centranos en éste último rasgo de su ideario, el más interesante para quien estas líneas escribe.
Atendiendo al conjunto de su obra, no creo que se pueda caracterizar a Julio Senador como un regionalista castellano. Es más, a pesar de ser partidario de una organización descentralizada y equilibrada de España, y aunque era sincero cuando decía que no le ofendía el "Bon cop de falç" catalán, no dejó de criticar el auge de lo que él entendía por "regionalismos", a los que achacaba el desquiciamiento general del país y, más en concreto, al marasmo de toda su zona interior.
En sus momentos de mayor indignación, los autonomismos le parecían un instrumento de las burguesías "de todas las calañas" para defender sus intereses. Un tanto en contradicción con esta valoración, otras veces escribió que no eran sino uno más de toda esa serie de movimientos que (equivocadamente) se dedicaban a luchar por objetivos políticos). Detestaba su tendencia a practicar el nacionalismo económico y su eclosión le parecía peligrosa, pues para él tendían a enfrentar a unas regiones con otras. En mi opinión, en esta cuestión Senador pecó de reduccionismo, simplificando las cosas más de la cuenta. Aparte de que se quedaba en un análisis puramente economicista del fenómeno, no distinguía muy bien entre los diversos tipos de regionalismo/nacionalismo que se daban en la España de la época. No todos, por ejemplo, pueden ser fácilmente asociados a la burguesía, y Senador ingoraba la existencia de los regionalismos de carácter progresista y con un amplio contenido social en sus programas. Sorprende especialmente que no hicieran ni siquiera una excepción con el andalucismo, que tantos puntos en común tenía con el georgismo y que él debía conocer bien.
Receloso con los hoy denominados "nacionalismos periféricos", su punto de vista se endurecía a la hora de enjuiciar al regionalismo castellano, que por aquellos años alcanzaba uno de sus momentos culminantes con el Mensaje de Castilla (1918) y la Asamblea de Diputaciones castellanas celebrada en Segovia (1919). No se han hallado comentarios suyos sobre tales acontecimientos, pero su postura había quedado ya expresada en 1916, en un artículo pueblicado para la revista España:

"[...] lo que hemos dado en llamar regionalismo podrá ser algo en otra parte. Desde luego que es una farsa, pero al fin una farsa ya es algo. Aquí ni aun eso. Aquí sólo es una frase vacía de sentido que se ha echado a volar como espejuelo de incautos".


A Senador le había llegado la noticia de que en las últimas elecciones al Congreso de los Diputados había salido elegido en Burgos un candidato con el apelativo de "regionalista castellano". Sin detenerse a indagar quien era ese candidato o qué tipo de regionalismo representaba, tiraba de cliché sobre lo que él creía que era Castilla y se lanzaba a descalificar de un modo vehemente. Si hubiera investigado un poco, habría visto que el nuevo diputado era Antonio Zumárraga Díez, que había conseguido romper por primera vez en toda la Restauración el turno de partidos en Burgos y que nada tenía que ver con los regionalismos al servicio de los de arriba que él criticaba. Senador creía, como en los demás casos, que no era más que un instrumento de los "elementos directores" de la región para asustar al Gobierno agitando a la opinión pública, con el fin de que éste les concediera "la plena influencia sobre sus tierras, perpetre cuando ellos lo manden cualquier tropelía contra los obreros y les entregue como feudo la Junta de Aranceles y Valoraciones".
Le parecía a Julio Senador que tras este regionalismo no había nada sólido que defender o, lo que era todavía peor, que no era más que un montaje para preservar esa agricultura cerealista sostenida desde fines del siglo XIX por el arancel, sobre la que se había construido un orden social que le contrariaba profundamente. El notario de Frómista afirmaba que no había en Castilla nada parecido a una conciencia regional:

[...] el autor de estas líneas [...] tiene la desgracia de conocer media nación con tanta exactitud como las palmas de sus manos... Ante todo os asegura que en sus largas estancias y en sus no menos largas peregrinaciones jamás ha escuchado en boca de nadie la menor alusión a la región castellana ni el indicio más leve de ningún sentimiento regionalista.


Senador nos ofrece en sus artículos la imagen de una Castilla despedazada y desarticulada por localismos y provincialismos. Efectivamente, la situación venía a ser así: discusiones sobre las provincias y los límites que debería tener la futura comunidad castellana, surgimiento del "carreterismo", rivalidades entre las prensas burgalesa y vallisoletana...
El artículo de Senador para la revista España no pasó desapercibido, ni mucho menos. Entre otras causas, por el retrato despiadado que hacía de Burgos:

"[...] no hay industria, ni comercio salvo la venta al corriente al menudeo, ni espíritu de renovación, ni anhelos de expansión, ni aspiración colectiva de nada... Es una ciudad levítica, lúgubre y muerta como todas las del centro. Su población se compone de curas, militares y empleados. Allí no circula más dinero que el que se cobra por sueldos. Allí no entra una peseta que no provenga del presupuesto nacional. ¿Son éstos los intereses que el regionalismo burgalés tiene que defender?".

Los medios de comunicación de la Cabeza de Castilla reaccionaron con rapidez: el Diario de Burgos y La Voz de Castilla publicaron sendas réplicas, e incluso se produjo una airada protesta del Ayuntamiento, recogida en su Libro de Actas (15-IX-1916). Además, sus denuestos contra el regionalismo castellano fueron duramente contestados por el segoviano Luis Carretero y Nieva.
Aunque, a la vista de lo expuesto, quede claro que Julio Senador no fue un regionalista castellano en sentido estricto, nada sería más erróneo que sacar la conclusión de que no se preocupó por Castilla, o de que nada hizo por su revitalización. Para empezar (aunque su preocupación principal fuera España) en estos años de la Restauración apenas se despega de la realidad castellana, apoyando siempre sus análisis con ejemplos de pueblos pertenecientes a las provincias de Burgos, Palencia o Valladolid; en las que, como ya vimos, ejerció de notario. Cuando el escenario cambia y su discurso se traslada al mundo urbano, las ciudades descritas son también las castellanas. No es extraño que así fuera, porque es sabido que a partir del 98 Castilla también fue el centro de atención para otros muchos intelectuales reformistas.  Intelectuales que vivían la crisis castellana de manera especial, pues le preocupaba la posibilidad de que del destino de Castilla, de su capacidad de responder a la crisis, pudiese depender la suerte de España como nación.
Aunque todas las miradas se volvieron hacia la realidad castellana, no todos la interpretaron de la misma forma. Hasta ahora venía siendo habitual hacer dos grupos: el de quienes nos transmitieron la imagen de una Castilla de noble y austera belleza, escenario de heroicas hazañas y místicos fervores (tópicos criticados por Senador en el prólogo de Castilla en escombros), y el de quienes fueron capaces de resistirse a la belleza del paisaje y vieron que Castilla no era más que una tierra en ruinas, empobrecida y olvidada. Julio Senador pertenece plenamente al segundo grupo, y la visión de Castilla que nos dejó en sus libros fue la más descarnada y terrible de todas las que elaboraron los intelectuales de la Restauración.
La perspectiva castellana de Senador está en la línea de los regeneracionistas, quienes dejaron bien clara su voluntad de pegarse a la realidad socioeconómica. Sin embargo, ellos también hicieron algunas concesiones estéticas. Dentro de su pesimista descripción de la región, Macías Picavea salvaba de la quema al cielo castellano:

"limpio, azul, ancho, hondo, de ilimitados horizontes. ¿Cómo no ha de escaparse a través de él el alma taciturna y absorta de los pobladores que moran en esa vaga planicie?"

El notario de Frómista nunca se refugió en escapismos literarios. Prestó siempre atención a lo real y lo cotidiano, contribuyendo como nadie a una toma de conciencia sobre la situación real de Castilla, muy necesitada de profundad reformas. Pese al brutal retrato que hizo de esta tierra, Senador creía que Castilla podía volver a regenerarse, que su economía podía volver a funcionar, que debía desprenderse de rancios mitos sobre glorias pasadas. Ahora bien, para la regeneración económica de Castilla fuera posible, habría que liquidar el equivocado modelo de desarrollo seguido durante el siglo XIX, porque después de la crisis agraria finisecular se había convertido en un modelo sin futuro, sostenido por el proteccionismo y el arancel. Apoyándose en las ideas georgistas, ofreció una alternativa para configurar eficazmente la economía regional: Castilla dejaría de ser vista como una rémora y se convertiría, si no en la locomotora, sí en un vagón al que se engancharían las demás regiones del tren de España.
Todo esto lo hizo Senador desde una actitud conciliadora, de mano tendida hacia otras tierras, una actitud que fue relativamente insólita en el panorama español de la época. Además de no querer para Castilla un lugar hegemónico en el nuevo Estado descentralizado (frente al "regionalismo sano" de la oligarquías castellana, furibundamente anticatalanista), se mostró en general respetuoso con los demás pueblos de España y con sus aspiraciones de autonomía. Por considerarlo inadecuado o un instrumento de los de arriba, Julio Senador criticó la puesta en marcha de movimientos nacionalistas que pretendían lograr dichas aspiraciones, pero nunca se opuso a éstas. Sus escritos abundan en guiños amistosos hacia Cataluña o el País Vasco, y no le importó reconocer el momento delicado que atravesaba Castilla y en pedirles su ayuda. En unas ocasiones apeló a su interés, pero en otras (por ejemplo, en un artículo escrito para La Voz de San Sebastián con ocasión del Primero de Mayo) invocó directamente su solidaridad: tras lamentar que las barreras geográficas separen a los pueblos vasco y castellano ("dos nobles razas que siempre se han profesado cariñoso afecto"), reclama que las gentes de Vasconia ayuden a los castellanos a salir de "la pobreza y el desierto".
Por último, Julio Senador trató también de amortiguar tensiones, e intentó rebatir el tópico de una Castilla identificada con la España opresora y centralista que se esgrimía desde la periferia. Lo hizo de dos maneras. Por un lado, se apoyó en ese dualismo social que atraviesa toda su obra para proclamar la existencia de dos Castillas bien distintas; la de los amos (que eran docenas) y la de los esclavos (que eran millares) y afirmar que:

"[...] castellano es lo de éstos: dejarse devorar sin resistencia por los tiburones de la industria y de la propiedad, dejarse robar en silencio, dejarse acorralar sin despegar los labios".


Por otro lado, procuró demostrar que, lejos de ser opresora, Castilla era una víctima más de centralismo. Es éste el único momento en que su discurso se torna más agresivo con otras regiones (en dos pasajes de La Canción del Duero acusa a Cataluña del arancel del algodón y tacha de egoísta a la burguesía catalana por querer cerrar el puerto barcelonés a la importación). Ya en Castilla en escombros se había quejado de que unos cuantos hechos del siglo XIX habían llevado a Castilla a la ruina, desde la Desamortización hasta el señoritismo, pasando por guerras civiles o coloniales. En sus obras posteriores concreta más sus quejas, centrándose en lo que se convertirá en una de sus obsesiones: las injustas tarifas ferroviarias que soportaba la región y que "habían asesinado a ciudades como Valladolid por competencia desleal", impedido el abastecimiento de carbón barato (en su opinión era tanto como decir la industrialización) y la imposibilidad de un transporte adecuado.
Mientras las élites castellanas defendían el proteccionismo y recurrían al anticatalanismo, Julio Senador nadaba contracorriente. A pesar de lo difícil que era sostener opiniones que llamasen a la concordia y a ver la política desde otros parámetros, Julio Senador no dejó de intentarlo.

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