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Autor Tema: "El Empecinado", un héroe castellano  (Leído 17350 veces)
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Maelstrom
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« Respuesta #10 : Abril 07, 2011, 18:07:51 »




La Sociedad de los Caballeros Comuneros. Exaltación de las Comunidades de Castilla.


Por otro lado, a la vez que ejercía como Gobernador Militar, "El Empecinado" militaba en una organización secreta llamada la Sociedad de los Caballeros Comuneros (o Hijos de Padilla).
Fundada en Madrid a principios de 1821, se trataba de una escisión del cada vez más moderado Gran Oriente masónico. Esta sociedad (perfectamente estudiada por Gil Novales y Marta Ruiz Jiménez) se hallaba próxima a la tendencia radical del liberalismo español. Su ritual de ingreso, sus juramentos y ritos, hacían de ella un movimiento similar al carbonarismo italiano. Entre sus militantes estaban masones y liberales como el mismísimo Rafael del Riego, Romero Alpuente, Flores Estrada o Torrijos. Como es evidente, la Sociedad de los Caballeros Comuneros (que se subdividía en células llamadas "torres) se inspiraba en la rebelión de las Comunidades contra Carlos V, tal y como expresaba su manifiesto fundacional:
 
"Bien sabido es que los héroes de Padilla, Bravo y Maldonado perdieron la vida porque tuviese libertad esta heroica nación"
 
[...]
 
"Llegó el tiempo de imitar su heroísmo y de vengarlos. Una multitud de hombres denodados y decididos a sostener la libertad de España haciendo ver que no hay más soberano que el pueblo, estamos alistados y ligados con juramentos para llevar a cabo tan sagrado objeto".
 
Y es que los comuneros de Castilla había sido idealizados por los liberales radicales como unos luchadores por la libertad. Así fueron representados en obras teatrales de corte romántico como La sombra de Padilla (pieza en un acto), Juan de Padilla o los comuneros (tragedia en cinco actos) y El sepulcro de Padilla, entre otras. Para la rama política del liberalismo exaltado, los comuneros habían sido unos atribulados e idealistas luchadores contra la tiranía, y debían ser un ejemplo a seguir por todos los antiabsolutistas. Tuvieron lugar varios homenajes a los caudillos comuneros: cabe destacar el Decreto (publicado el 20 de abril de 1822) que declaraba a Padilla, Bravo y Maldonado como Hijos Beneméritos de la Patria y ordenaba levantar un monumento para su recuerdo en Villalar; o la inscripción de sus nombres en las Cortes nacionales.
No era infrecuente, además, que los políticos citasen a los caudillos comuneros en sus intervenciones parlamentarias. Valgan como ejemplo las palabras del filántropo y diputado toresano Manuel Gómez Allende, a la hora de defender la permanencia (a efectos administrativos) de la provincia de Zamora:
 
"Nuestros representantes de 1820 ¿No asistieron a las célebres Cortes de Santiago, que dieron pábulo y fomento a las Comunidades de Castilla? ¿No fueron constantes y uniformes nuestros votos con los de los malhadados Padilla, Bravo y Maldonado, a pesar de que trasladadas las mismas Cortes a La Coruña, muchas ciudades y provincias se separaron de los votos y protestas que habían hecho antes? ¿Pues ahora como se nos trata tan mal? ¿Tampoco merecemos al presente Congreso? ¿Y en qué tiempo, señor, se trata de extinguir esta antiquísima provincia?."
 


Homenaje a los comuneros en Villalar. Los falsos restos de Padilla, Bravo y Maldonado.
 

Pero volvamos a fijar nuestra atención en las andanzas de "El Empecinado", militante de Los Caballeros Comuneros. Según Aviraneta, "su bautismo comunero le había traido la benevolencia de todos aquellos que le miraban como a guerrillero". En breve, Juan Martín formará parte de la Comisión de Policía de la Merindad de Comuneros de Zamora, órgano que se encargaba de examinar la conducta de todos los que querían ingresar en la sección zamorana de Los Caballeros Comuneros. Como eran muchos los que allí le admiraban, las solicitudes para ingresar en la organización secreta aumentaron vertiginosamente.
Y será "El Empecinado" quien lleve a cabo uno de los más importantes actos de la memoria histórica española: el primer homenaje a los comuneros de Castilla que tuvo lugar en Villalar. Los nombres de Padilla, Bravo y Maldonado deben su resurrección y el ser venerados como hoy lo son al entusiasmo de Juan Martín, ya que es él quien los convierte definitivamente en héroes nacionales, recupera sus presuntos restos y les da digna sepultura con solemnes actos cívicos y religiosos. La memoria de los vencidos en Villalar yacía sepultada bajo el peso de 300 años de olvido, pero "El Empecinado" se mostró decidido a recuperarla.
Juan Martín, en efecto, tomó la decisión de que la Sociedad de Los Caballeros Comuneros debía conmemorar el III Centenario de la batalla de Villalar, cuyo triste final fue la degollación de los caudillos castellanos. Sus correligionarios de Zamora acogió con júbilo la feliz idea y (tras comunicársela al resto de la sociedad secreta) delegaron su ejecución en "El Empecinado". Como bien señala Álvarez Junco, aquella iniciativa "conllevó la rehabilitación gloriosa de los derrotados trescientos años antes, con ceremonias y discursos pomposos a cargo de políticos metidos a historiadores". Desde la ciudad de Zamora, "El Empecinado" mandó a todas las ciudades castellanas una convocatoria de homenaje a los comuneros que no tiene desperdicio:
 
"Don Juan de Padilla, Don Francisco Maldonado y Juan Bravo, procuradores de Toledo, Salamanca y Segovia en las Cortes del Reino de 1520, hicieron vivas reclamaciones a la majestad del Rey D. Carlos V (I de España) por sostener los derechos del pueblo castellano. Desoídos, tomaron los pueblos la demanda, y se formó la liga conocida con el nombre de los Comuneros. Después de varios acontecimientos, siendo los dichos jefes del ejército de los amantes de la libertad, fueron derrotados en Villalar por el Rey en 23 de abril de 1521, y prisioneros los tres; en el mismo día se les intimó la sentencia de muerte, que fue ejecutada en la mencionada villa.
Su ilustre sombra, oscurecida por el despotismo de trescientos años, clamaba por que se recordase con gloria a todos los españoles. Para este objeto, el 24 del corriente Abril, día de su aniversario, se va a tributarles unas honras fúnebres y erigir un pequeño monumento provisional en su digna memoria. ¿Qué español no arderá en amor patriótico al ver las dignísimas cenizas de lo que, si vivieran, serían el más fuerte antemural de nuestro Santo Código? ¿Quién no se estremecería al contemplar la triste suerte de los que la merecían tan distinta? Corred, pues, ciudadanos, a llorar sobre su frío sepulcro, a derramar en él sufragios religiosos y lágrimas de ternura, y a jurar por sus sagrados manes o muerte o libertad.
 
Zamora, 3 de abril de 1821."

 
Y a sus propios convecinos les hizo ver (por medio de una orden fijada en todos los lugares públicos de Zamora) la necesidad de recuperar la memoria de quienes habrían sido antecesores directos del movimiento liberal:
 
" Zamoranos: la fama nunca muere, y la memoria de los héroes es un estímulo a los ciudadanos que desean conservar su libertad, don el mas estimable de la Naturaleza. Trescientos años se cumplen, el día 23 de este mes, que la nación española perdió la suya en los campos de Villalar, y en el 24 fueron víctimas del despotismo los valientes castellanos Padilla, Bravo y Maldonado, a cuya desgracia siguieron Pimentel y Acuña, dignísimo obispo de esta ciudad. Yaciendo las reliquias de los primeros en su provincia, sería un descuido delincuente no tributarles una viva ofrenda de nuestros sentimientos patrióticos.
Mi pensamiento lo he acordado con las autoridades locales, que han convenido con el mayor entusiasmo a mi intento, y ofrecido sus auxilios; para dar el primer paso a tan plausible empresa, contemplo necesaria la formación de un expediente militar, instructivo y fehaciente, por el que conste el sitio de la batalla, y en donde fueron enterrados los huesos de los beneméritos defensores de la Patria, con la expresión y distinción susceptibles; los que, con la autorización y publicidad competente, se exhumarán y depositarán en una urna provisional con tres llaves, que recogerán y retendrán, por ahora, los señores Comisionado, Alcalde constitucional y párroco de Villalar, y colocarán en su iglesia con la mayor decencia, hasta que se determine su fijación con el aparato de que son dignos; para lo cual doy la más amplia comisión al señor comandante de ingenieros de esta plaza, don Manuel de Tena, y a D. Máximo Renoso, teniente del regimiento de infantería de Vitoria, que haga las funciones de Secretario, confiando de la exactitud, instrucción y prendas recomendables de ambos, quienes anticipadamente tomarán todas las noticias convenientes de autores clásicos y documentos que se hallen archivados. Esta determinación serviará de cabeza de proceso, a la que se unirá el oficio del señor jefe político de esta provincia y el del señor vicario eclesiástico de esta diócesis para la legitimidad del acto, y no haya obstáculo en la práctica de diligencias, y original me lo entregarán para los efectos correspondientes.
 
Zamora, 4 de abril de 1821."

 
Así pues, la Comisión organizadora que presidían los señores Tena y Reinoso se puso manos a la obra. Ambos se trasladaron a Villalar (perteneciente en aquella época a la provincia de Zamora) para situar el lugar donde se desarrolló la batalla y fueron enterrados Padilla, Bravo y Maldonado. Cinco días más tarde, confeccionaron un informe que sometieron a la atención de "El Empecinado". Lo encabezaban así: "Expediente militar instructivo formado para la exhumación de los restos de los héroes castellanos Padilla, Bravo y Maldonado y copias de la orden, acta celebrada y decreto de aprobación. Aquellos trabajos de investigación fueron presididos por Tena y se desarrollaron en presencia de una amplia representación ciudadana: José Moya (alcalde de Villalar), Martín Rodríguez y Pedro Díez (regidores), Diego Antonio González (juez de primera instancia), Manuel Vaz y Damián Pérez (párrocos de las iglesias villalarenses de San Juan Bautista y Santa María, respectivamente) y otros muchos vecinos de la localidad y de zonas limítrofes.
En el informe que presentaron a su superior, Tena y Reinoso hacían constar que no habían encontrado texto alguno en que poder apoyar sus investigaciones, ya que el archivo de Villalar resultó incendiado en 1761. Tuvieron que valerse, pues, de distintas referencias históricas y otros testimonios que (por tradición) se conservan. Estas fuentes de información les sirvieron para señalar los límites del campo de batalla: por el Norte; el puente de Fierro y el arroyo de Marzales; por el Sur, Villalar; por el Este, las faldas del cerro Gualdrafa, y por el Oeste, el río Hornija.
Las ruinas de la casa que sirviera de capilla a los tres caballeros comuneros está en el lugar llamado La Placica, junto a la Cárcaba. En el Rollo se expusieron (clavadas en picas) las cabezas de Padilla, Bravo y Maldonado hasta que (algo después) el emperador Carlos I concedió un perdón general y ordenó enterrarlas junto con los cuerpos, como así se hizo. Suponían Tena y Reinoso, por tanto, que éstos habían de encontrarse en el espacio existente entre el Rollo y el atrio de la iglesia de San Juan. Ordenaron excavar en la parte de la superficie que tenía un aspecto más húmedo y, a mucha profundidad, hallaron tres calaveras y un montón de huesos. No dudaron (ni un momento) que este hallazgo es el esperado por ellos.
El día 13 de abril (en presencia de las autoridades y de no pocos curiosos) se realizó la exhumación. Los restos fueron luego depositados en una urna de madera fina, dispuesta al efecto, y en ceremoniosa procesión se les condujo al lugar llamado El Otero, por donde los caudillos comuneros entraron presos en la localidad. Allí han levantado un soberbio catafalco, en el cual se coloca la urna. Ante él y en presencia de una considerable multitud (presidido por "El Empecinado") se celebraron solemnes honras fúnebres. La urna fue llevada en procesión y depositada en la iglesia de San Juan Bautista. Allí permaneció hasta que (el 5 de noviembre de 1822) el jefe político de Zamora y la Diputación provincial acordaron trasladarla a la capilla de San Pablo de la catedral zamorana.
Lo curioso y sorprendente de esta historia es que aquellos restos humanos no pertenecían, ni mucho menos, a los malogrados Padilla, Bravo y Maldonado. Pese a la buena fe de Juan Martín y de los que secundaron su iniciativa, hemos de decir que fueron engañados con una farsa malévola. Y como es necesaria una explicación, vamos a darla diciendo lo que ellos nunca pudieron saber. Los restos de Padilla, Bravo y Maldonado no podían estar cerca del Rollo que les sirviera de picota porque su provisional sepultura la tuvieron en la iglesia de Villalar, y sólo por breves días, ya que, al otorgar el emperador el perdón general, fueron trasladados. El cuerpo de Juan Bravo viajó a Segovia, donde recibió cristiana sepultura en la iglesia de Santa Cruz, convertida después en hospicio; el de Juan de Padilla (reclamado por su esposa María Pacheco) fue conducido, primeramente, al monasterio de la Mejorada, cerca de Olmedo, para después ser sepultado en Toledo; y el de Francisco Maldonado fue llevado a Salamanca a instancias de su suegro, y recibió sepultura en la capilla que éste poseía en el convento de San Agustín, ya desaparecido. Así queda probado por diversas Reales Cédulas que se conservan en el Archivo de Simancas.
Conocido esto, es obligado preguntarse: ¿de quiénes eran, pues, los cuerpos que Tena y Reinoso desenterraron? Nunca lo sabremos. Pertenecían a unos muertos anónimos que (por azar) recibieron una gloria como la que nunca llegaron a soñar en vida. Y aquí surge otra pregunta que también precisa contestación: ¿quién los colocó allí? Según parece, cuando los vecinos de Villalar (casi todos partidarios del absolutismo) se enteraron de la inminente llegada de los comisionados de "El Empecinado" y la misión que traían, no supieron qué pretextos buscar cuando fuesen preguntados, ya que nadie sabía donde pudieran estar los restos de los líderes comuneros, de cuyas gestas poco o nada sabían. Y en esta ignorancia, temerosos de que los liberales les acusaran de querer ocultarles aquello, dispusieron llevar a cabo un engaño. Con todo sigilo, unos pocos vecinos (asesorados por el cura) entraron en el camposanto, cogieron del osario tres calaveras y algunos huesos y, tras humedecerlos, decidieron soterrarlos en el lugar donde posteriormente serían encontrados.
Es así como, días después de aquello, se descubrió la falsa sepultura de los comuneros que todos los liberales dieron por auténtica. La verdad de estos hechos no llegaría a conocerse hasta 1870, cuando el historiador toledano Antonio Martín Gamero estudió el expediente mandado redactar por órdenes de "El Empecinado" y comenzó una serie de investigaciones que hicieron salir a la luz la verdadera historia.
 


Andanzas del cura Merino en Burgos. "Empecinados" contra reaccionarios  


Con el paso de los días, empiezan a sucederse levantamientos absolutistas que encienden la guerra en distintos puntos de España. Son sus promotores, unas veces, antiguos guerrilleros, y otras, hombres hasta ahora totalmente desconocidos que ostentan pintorescos apodos. No puede faltar entre ellos un espíritu tan despótico, reaccionario y belicoso como el sacerdote burgalés Jerónimo Merino, de larga y gloriosa trayectoria en la Guerra de la Independencia. Azuzado por gentes de sotana y absolutistas intransigentes, el párroco se alza contra el sistema constitucional a mediados de abril de 1821. Según parece, le apoyan el arzobispo de Burgos, el obispo de Burgo de Osma y el exiliado general vascongado Francisco Eguía. Esta intentona reaccionaria no es nada exitosa, pero sí da bastantes preocupaciones a los constitucionalistas. Merino, el mismo que fuese aliado de Juan Martín, es ahora uno de sus enemigos.
Tan pronto como se tiene noticia de que el cura Merino anda cerca de Lerma, el jefe político de Burgos pide ayuda militar para combatir a las hordas absolutistas, y se ponen a su disposición dos batallones de Infantería y cuatro de Caballería. Reclama instrucciones al nuevo Ministro de la Guerra (Tomás Moreno) y éste despacha con toda urgencia una orden para que sea "El Empecinado" (mariscal de campo de los Reales Ejércitos y Caballero de la Orden Nacional de San Fernando) quien tome el mando de las citadas tropas. Juan Martín abandona Zamora y se traslada a la ciudad de Lerma, donde se reencuentra con su amigo Eugenio de Aviraneta. También se encuentra allí el soriano Salvador Manzanares, amigo íntimo de Riego. Las fuerzas de combate que dirige Juan Martín no tardan en organizarse, y se disponen a luchar contra el sacerdote absolutista.
El día 28 de abril de 1821, Juan Martín y sus hombres reciben un panfleto escrito en gruesas letras por los absolutistas de la zona:
 
"Al Pueblo: los días del infame Gobierno revolucionario están contados. Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impíos correrá a torrentes. ¡Muera la infernal Constitución! ¡Viva el Rey!"
 
Ciertamente, los reaccionarios tienen un apoyo popular nada desdeñable en la provincia de Burgos. Jerónimo Merino es ayudado por las gentes, cuenta con refugio en las sacristías de todos los pueblos y dirige una amplia red de espías diseminada por los campos. Son cien ojos que observan y cien oídos que para él escuchan. "El Empecinado", por el contrario, no dispone de estos auxilios. Antes bien, allí donde aparece es recibido con una mal disimulada hostilidad. Necesita moverse cautelosamente y dar sensación de fuerza por donde pase. La táctica de Merino será, sin duda, la de dividir sus fuerzas en grupos reducidos para inquietarle en distintos puntos.
« Última modificación: Abril 28, 2014, 16:23:19 por Maelstrom » En línea
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« Respuesta #11 : Abril 07, 2011, 18:13:07 »




La lucha contra los absolutistas en tierras castellanas. Curiosa cena en El Burgo de Osma
 

La guerra que tenía lugar entre reaccionarios y liberales; entre Fernando VII y el Gobierno; entre el absolutismo y el parlamentarismo, se iba agravando día a día. No era infrecuente oír hablar de conjuras cortesanas, de ocultas maquinaciones, de ayudas y complicidades pagadas, de rumores intencionados que resultan ser más falsos que Judas. Para nadie es un secreto que el taimado Fernando VII fomenta el extremismo absolutista hacia un desenfreno demagógico, para así provocar una intervención extranjera que le restablezca en sus derechos, y él mismo no desperdicia ocasión alguna para presentarse como un prisionero de los constitucionalistas. Mientras las ingenuas Cortes liberales le siguen halagando, él sigue allanando el camino a la insurrección absolutista.
En muchos lugares de España se elevan (avivadas por odios y rencores) las llamas de la guerra civil. Surgen dos sociedades secretas cuyo objetivo es el exterminio de los liberales: "La Concepción" y "El Ángel Exterminador", que celebran sus reuniones en iglesias y conventos. Estalla una sublevación antiliberal en Mequinenza, y otra en el Maestrazgo. En tierras navarras, un sacerdote movido por el más ciego de los fanatismos arrastra a multitudes: no es otro que Antonio Marañón "El Trapense", un visionario de aspecto sombrío y mirada penetrante que vive amancebado con una hermosa extranjera, tan absolutista como él. Aliado con todas las partidas reaccionarias de Cataluña y el Alto Aragón, consigue tomar las plazas de Seo de Urgell y Olot...
El 5 de agosto 1822, subía a la Presidencia del Gobierno el asturiano Evaristo San Miguel, que sustituye al templado e ineficaz Martínez de la Rosa. Este nuevo Gabinete representaba al más puro liberalismo, y entre sus más inmediatos objetivos estaba el terminar con la guerra civil que devastaba a las regiones de Cataluña, Aragón, Navarra y el País Vasco. Los absolutistas se envalentonan cada vez más y más, llegando también a causar disturbios en Valencia, Galicia y Extremadura.
Ante tan preocupante panorama, "El Empecinado" y su fiel lugarteniente Aviraneta harán todo lo posible por defender la legalidad constitucional. Con esta intención se dirigió Juan Martín a las Cortes el mismo mes de agosto de 1822. Al comprobar su sincera disposición, el presidente Evaristo San Miguel decidió confiarle el mando de una "columna volante" para luchar contra los reaccionarios en Aragón y las dos Castillas. Dicha columna estaba formada por 225 infantes, 87 milicianos de Soria, 117 jinetes y 40 artilleros con dos piezas. Es evidente que San Miguel aprecia sinceramente a Juan Martín. Masón el uno y comunero el otro, ambos son verdaderos amantes de la libertad.
"El Empecinado" y sus combatientes llevarían a cabo acciones relativamente poco importantes en Calatayud, Sigüenza, Caspueñas, Guadalajara y Sacedón. Pero los tiempos habían cambiado: la guerrilla era algo del pasado y las relaciones con los militares profesionales no resultaban nada fáciles. De antiguo es sabido que los militares de carrera nunca ha tenido aprecio a quienes proceden de las guerrillas, por muy valerosos que sean. La gran mayoría no los aceptan, aunque se hayan ganado los entorchados de mariscales o brigadieres. Desmotivado por completo, "El Empecinado" tendrá que vérselas con muchos de sus antiguos compañeros, que ahora simpatizan con el absolutismo: Saturnino Abuín, José Mondedeu, Nicolás María Isidro...
Tras una escamaruza en Cuenca con los reaccionarios del implacable militar Jorge Bessiéres, los "empecinados" llegan a Soria. Pasaron por Almazán y llegaron poco después a las inmediaciones del Burgo de Osma, donde Juan Martín protagonizó un episodio legendario y mitificado hasta la extenuación, calificado de "heroico" por Aviraneta. La historia es cuanto menos curiosa, así que vale la pena relatarla con sosiego. Fue fielmente reproducida por Pío Baroja en su obra sobre Aviraneta, basada en las memorias de este personaje:
 
"Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al comandante de sus fuerzas de caballería, que era el coronel Hore, hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento y siguiese después el paso. D. Juan, sin más compañía que la mía y la de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa, con el objeto de inspeccionarlo.
Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad. Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche oscura, lluviosa y fría. Íbamos marchando sin meter ruido cuando El Empecinado advirtió una luz en una casa del arrabal.
-Chico- me dijo - ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay facciosos?
-Es posible- repliqué yo-.
Echad todos pie a tierrá - mandó él - atad los caballos a estos árboles y adelante. Vamos a ver que nos espera ahí. [...]
Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la puerta. El Empecinado le impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevase al primer piso.
- ¿Quiénes están?- preguntó luego.
- Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessiéres y que están cenando.
-Bueno, vamos arriba.
El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los cuatro soldados y yo marchábamos detrás. D. Juan iba embozado en su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vimos treinta hombres que estaban alrededor de una mesa. El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme. Y dijo:
-Aquí tenim al general Empecinado, que ve a sopar amb vosaltres. Tot som espanyols (hablaba catalán, añade Aviraneta, desde su participación en la campaña del Rosellón); y vosotros - añadió en castellano, dirigiéndose a los soldados y a mí -, sentaos. Estamos entre amigos.
El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir por la moza un vaso de vino.
Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, El Empecinado levantando el vaso de vino exclamó:
- Catalans, per la salut de nostre rei, per la felicitat de Espanya!
Entonces, el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y respondió en castellano:
- Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva El Empecinado!
- ¡Viva!- gritaron los demás-.
Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los catalanes se incorporaran a nuestra fuerza."

 
Según Aviraneta, "El Empecinado" pagó cinco duros a la anciana por sus servicios y, seguidamente, comentó al alcalde burguense lo sucedido. Éste, fervoroso constitucionalista, celebró la buena nueva iluminando las calles de la ciudad. En total, un centenar de catalanes se pasaron a las fuerzas liberales de Juan Martín, que les recompensó con media onza de oro. Poco después, cerca de 500 catalanes abandonarían las fuerza facciosas para formar parte de las tropas "empecinadas", cuyo cuartel general quedó establecido en San Esteban de Gormaz. Pero no todo fueron alegrías: el conde del Abisbal, que se encargaba de supervisar las acciones de nuestro biografiado, le lanzó un duro reproche: "Deje uste esos hábitos de guerrillero y haga la guerra en regla". Acto seguido, el aristócrata mandó que los catalanes partieran a Madrid para defender al Gobierno constitucional. Ni que decir hay que la indignación de "El Empecinado" fue mayúscula.
Algo después, Juan Martín marchó también a Madrid, acompañado esta vez por su fiel Aviraneta. Dadas las circunstancias que está atravesando la nación, juzga necesario recibir instrucciones precisas para luchar contra los absolutistas. Los dos amigos se entrevistan con el presidente San Miguel en el Ministerio de Estado. Éste encomienda a Aviraneta que se traslade a la frontera con Francia, para prevenir una posible intervención extranjera en ayuda de Fernando VII. A continuación, designa a Juan Martín comandante general de todas las guerrillas liberales que fueda formar en las dos Castillas. Tras aquella entrevista (que en poco se diferencia de la sostenida el verano anterior) "El Empecinado" y Aviraneta acuerdan hacer juntos el camino hacia Valladolid. Emprenden el viaje escoltados por una escuadra de lanceros y, al llegar a la ciudad del Pisuerga, se separan con la esperanza de volver a verse pronto.
Mientras la columna de Juan Martín se instala en Aranda de Duero, él recorre a caballo los pueblos cercanos para fomentar el alistamiento en las tropas liberales. Como en los viejos tiempos de la guerrilla, en todas partes es recibido con agasajos y muestras de amistad. En estos viajes propagandísticos suele ir acompañado de un teniente y varios soldados de Caballería. Como se sabe, "El Empecinado" es poco amigo de ir rodeado por una aparatosa guardia. Confía más en su portentosa fuerza física, así como en la buena suerte, que le ha sacado de apurados trances en más de una ocasión.
Por aquellos días llegaron Juan Martín y sus acompañantes a una aldea llamada Castro Verdel, junto al río Esgueva, y como la noche se echaba encima decidieron pernoctar allí. Un anciano labriego les brindó alojamiento en su casa de labor. Sus soldados se reparten por las habitaciones y él queda como ocupante de una estancia destartalada y anchurosa, con salid al corral. A la mañana siguiente, nuestro "Empecinado" se levantó antes de la cuenta. Después de lavarse la cara en una maltratada palangana (que por lujo le han puesto encima de una tajuela) mira por el angosto ventanuco que ilumina aquella habitación. Lo que ve no le gracia, precisamente: junto a la casa, un par de soldados absolutistas montan guardia con el fusil al brazo. Al otro lado de la estrecha callejuela hay dos más. Despierta a sus hombres y les ordena que, en silencio, atranquen puertas y ventanas. Luego, en el mayor tiempo posible, deberán estar en el corral con los caballos y las armas dispuestas. Cuando salen de la casa, bien dispuestos a combatir, reciben una sopresa que les deja paralizados. Más allá de las bardas, un hombre a caballo les afurada con aire desafiante. Viste un largo y negro levitón, y les sonríe siniestramente. Se trata del infame sacerdote Jerónimo Merino, su antiguo aliado en la lucha contra los franceses, ahora enemigo encarnizado y fanático absolutista. Le acompañan unos cuantos esbirros a caballo.
"El Empecinado" desenfunda rápido el  trabuco repleto de metralla que le acompaña en estos viejes, y del primer disparo derriba a tres o cuatro realistas. Seguidamente, da un grito de ánimo a los suyos y salen como un vendaval entre los secuaces de Merino, repartiendo mortales sablazos. En un loco galope, acosados por una lluvia de disparos, consiguen escapar. Mucho tiempo después se detienen, fatigados, en un pinar. Sólo "El Empecinado", el teniente y un soldado raso han conservado la vida. Los demás quedaron tendidos en el suelo por las balas del cura...
Este desgraciado percance tiene a Juan Martín malhumorado durante unos días. Luego, animado por el entusiasmo liberal que nunca le abandona; vuelve a buscar hombres, armamento, municiones y caballos. Depués de solicitar ayudas, que a la postre le son prestadas con regateos; de prometerle efectos de guerra que luego son reducidos a la mitad; de ver la desgana de los oficiales, muchos de ellos declarados enemigos de la Constitución; de comprobar que entre los jefes militares abundan la incompetencia y la indecisión... ¿Cuál puede ser su ánimo? Nada bueno, aunque jamás lo manifieste. Regresa a Castrillo de Duero con la intención de ver a su madre, y comprueba que allí las cosas han cambiado mucho. Los absolutistas locales empiezan a envalentonarse y los pocos liberales son mirados con malos ojos. Han de pagar caro (se susurra) todos los desprecios al Rey y a la Iglesia que su nefasta Constitución expresa. De sobra saben que "El Empecinado" es un constitucionalista más, un ardiente defensor de los principios del liberalismo...



Llegan los Cien Mil Hijos de San Luis. Los absolutistas regresan al poder
 

El día 7 de abril de 1823, el Ejército de Luis Antonio de Borbón, Duque de Angulema, entra en España pasando el Bidasoa. Se trata de una fuerza militar enviada por las potencias antiliberales de la Santa Alianza (Austria, Prusia, Rusia y Francia) para restablecer a Fernando VII como soberano absoluto de España. Son cuatro cuerpos militares al mando del Duque de Reggio, del general Molitor, del príncipe de Hohenlohe y del general Moncey; además de dos de reserva mandados por el mariscal Bordessouelle y el Marqués de Lauristan. Les preceden (abriendo la marcha) tropas realistas españolas que ostentan títulos como el de "Santiago por el Rey", el de "El Altar y el Trono" y otros igualmente altisonantes.
No necesitan dispara un sólo tiro. Esto se debe a que las ciudades y las villas que conquistan en escasos días han sido ya tomadas por las partidas absolutistas locales. Todos los testimonios demuestran que la presencia de los reaccionarios extranjeros en nuestro suelo está lejos de ser celebrada. El recibimiento que se les dispensa es más bien frío, como si por no haber sido reclamados se les aceptase a regañadientes. No pueden esperar los franceses ser recibidos con luminarias y arcos de triunfo en los mismos lugares donde, años atrás, sembraran el horror y la destrucción. Sólo que ahora no les mueve el ansia de conquista, sino la más negra reacción. El Duque de Angulema no es sino el restaurador de la Iglesia, las buenas costumbres y los derechos divinos del Rey...
Cuando se extiendió la noticia de que los franceses habían vuelto a penetrar en el territorio nacional sin encontrar resistencia, "El Empecinado" estaba en Valladolid haciendo un llamamiento a todos los patriotas de Castilla la Vieja. Le acompaña Eugenio de Aviraneta, que ya había cumplido en la frontera la misión que le encargara Evaristo San Miguel. Los dos examinan las situación, y las conclusiones no son nada tranquilizadoras. Los absolutistas bullen inquietos, en impaciente espera. Sólo les detienen los fusiles de la guarnición, y aun estos no serán capaces de hacerlo si se lanzan a la calle. Llegan noticias de que las tropas de Jerónimo Merino han entrado en Palencia con su acostumbrada brutalidad, y tan mala nueva produce un efecto desmoralizador tanto en los soldados como en sus superiores. El general Pablo Morillo (conde de Cartagena), responsable de una de las columnas que protegen a Valladolid, ordena a sus soldados que se trasladen a Galicia. De nada sirven las protestas de Juan Martín: la ciudad queda totalmente desprotegida, a merced del enemigo absolutista. En vista de tan preocupante situación, "El Empecinado" y Aviraneta decidieron abandonar Valladolid. Reunieron a sus tropas en la Plaza Mayor y salieron al galope por la calle Santiago y el Campo Grande. Tenían pensando refugiarse en Salamanca, así que cabalgaron en dirección a la hermosa ciudad del Tormes.
Ya en Salamanca, adonde llegó acompañado por 300 o 400 milicianos liberales de Palencia y Valladolid, "El Empecinado" se reunió con las fuerzas constitucionalistas locales, realizando poco después una campaña patriótica para reforzar las tropas liberales. Por desgracia, el de Castrillo no tuvo suerte en su noble empeño. Dos días después, las fuerzas "empecinadas" marcharon a Ciudad Rodrigo, instalando su cuartel general en el Palacio de Don Enrique de Trastámara. Desde esta ciudad salmantina puede desplazarse fácilmente por toda la provincia, así como por Ávila y Cáceres. "El Empecinado" sabe muy bien que pronto tendrá que vérselas con los franceses, y prefiere caer sobre ellos por sorpresa. Intenta arrebatar la ciudad de Zamora a los absolutistas, pero los reaccionarios zamoranos cargaron contra sus hombres a disparo limpio. Los absolutistas de la ciudad celebraron el triunfo sobre aquellos odiados liberales con una altiva proclama y una misa solemne.
Nuestro "Empecinado" cabalga hasta la villa de Alba de Tormes, siendo atacado en Valdemierque por una columna realista mandada por el Conde de Negri. Los absolutistas diezmaron a sus tropas, haciéndole varios prisioneros y requisándole una considerable cantidad de vituallas. Los últimos afanes guerreros de Juan Martín transcurrirán (básicamente) en tierras extremeñas: Hoyos, Coria, La Moraleja (donde perdieron la vida su hermano Dámaso y su sobrino Hermógenes), Trevejo, Cáceres, Plasencia, Badajoz... Y aún logra ciertos triunfos, como la derrota infligida a los absolutistas de Coria (que es celebrada por todo lo alto) o el asalto a la ciudad de Cáceres. "El Empecinado" sabe muy bien que la causa constitucional vive momentos desesperados, pero él no cede. Se siente con fuerza para soportar todas las adversidades y sufrir las mayores desventuras. Nadie logrará someterle. Peleará con vigor, porque él no es de una raza de corderos, sino de leones. Luchará hasta el final: así lo exige su sangre, su hombría, su dignidad y sus atributos de varón indomable. Si es preciso, combatirá sólo contra todos los enemigos hasta que escape de su pecho el último aliento y el sable se le caiga de las manos.
El día 30 de octubre, a un par de leguas de Badajoz, Juan martín y sus hombres hacen un alto en el camino para descansar junto a la ermita de Botoa. En la tibia mañana de otoño brilla un sol confortador. "El Empecinado" advierte que un jinete de uniforme galopa hacia ellos. Cuando se aproxima lo suficiente comprueba que se trata de un oficial de coraceros. Éste conversa unos segundos con el centinela y se acerca hasta Juan Martín. Baja de su montura, le saluda y pone en sus manos un papel sellado. "El Empecinado" lee aquel documento y, apesadumbrado, queda en silencio unos instantes. Convoca a todos sus hombres y les dice lo siguiente:
-En este pliego que acabo de recibir se me comunica que el Ejército de Extremadura, al cual pertenecemos, ha capitulado. Según me dicen, las tropas francesas son ya dueñas de todo el territorio nacional.- Hace una pausa y dice emocionado -: Ahora, más que nunca, gritad conmigo... ¡Viva la Constitución!
Unos pocos le responden con tibieza. El eco de sus voces se pierde en el silencio de aquellos parajes...
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« Respuesta #12 : Abril 07, 2011, 18:17:39 »




Juan Martín es apresado en Olmos de Peñafiel. La perfidia de los absolutistas.
 

Finalmente, el absolutismo acabó por adueñarse de toda España. De este forma, la nación se hunde de nuevo en el anacrónico sistema de gobierno que durante años va a dificultar su progreso. Don Fernando VII puede sentirse satisfecho: hijo y nieto de reyes absolutos, él va a serlo también hasta la hora de su muerte. Los españoles (despojados ya de sus derechos constitucionales) se convierten de nuevo en "queridos vasallos"; desaparecen de todas las ciudades y pueblos las alusiones liberales en los nombres de las calles; el clero y los frailes vuelven a recobrar su antiguos privilegios. Entre tanto, muchos compatriotas que con mil ardides han conseguido librarse de la horca y la prisión, buscan en Inglaterra e Hispanoamérica la libertad y la paz que en su patria se les niega. Rafael del Riego, ídolo de tantos liberales exaltados y artífice de la revolución constitucionalista, es ahorcado en la madrileña Plaza de la Cebada. La Libertad, la Justicia y la Ilustración quedan proscritas de nuevo en tierras españolas. Miles de personas comprometidas con la causa antiabsolutista se hacinan en los presidios, padeciendo todo tipo de crueldades...
"El Empecinado" conocerá por La Gaceta el triste final de Don Rafael, también le llegan con frecuencia noticias de la encarnizada persecución decretada contra los liberales. Por primera vez siente su vida amenazada. Sabe muy bien que los absolutistas le odian a muerte y harán por posible por liquidarle. Se acuerda ahora del desplante dado a Fernando VII años atrás, cuando rechazó la oferta que le hizo su esbirro Francisco Mansilla. Sin embargo, confía en que lo pactado en la capitulación del Ejército de Extremadura se cumpla, concediéndole las suficientes garantías para retirarse en paz a Castrillo de Duero y poder dedicarse a cuidar sus tierras. Además, Fernando VII había prometido públicamente respetar a todos los españoles, independientemente de su ideario político, garantizando  la conservación de los empleos militares y la seguridad de los exiliados que quisieran volver al país. Pero el monarca no tardaría en volver a romper sus promesas...
"El Empecinado" recibió la visita de un teniente general de Caballería, enviado por Fernando VII, para expedirle la licencia absoluta y garantizar su seguridad y la de los que quieran seguirle. Le promete que no habrá represalias contra su persona y que conservar sus honores militares. Para que no sienta temor alguno, el teniente general le pide que señale, él mismo, el lugar donde quiere retirarse de cuartel. Juan Martín elige sin vacilar la villa de Aranda de Duero, por ser en ella muy conocido y hallarse próxima a Castrillo. Se le autoriza a marchar hacia allí protegido por una escolta, integrada por sesis jinetes de la Milicia Nacional. Con él van también dos veteranos de la guerrilla "empecinada": Juan Calvo y Manuel Sanz, que no quieren abandonarle.
Estando así las cosas, "El Empecinado" y sus acompañantes emprenden la marcha. En casi todos los pueblos son mal recibidos. A veces escuchan insultos y frases injuriosas. Tanto Juan Martín como su escolta han de hacer notables esfuerzos para no responder a aquellas ofensas como se merecen. Por si fuera poco, en más de una ocasión se cruzan con largas columnas de prisioneros: son los restos del vencido Ejército constitucional. Los soldados absolutistas torturan sin compasión a aquellos desdichados, cuyas cadenas se agitan con sonidos estremecedores. Tras contemplar estas escenas lamentables, "El Empecinado" tiene la impresión de haber caído en una trampa de la que no podrá escapar. ¿Cómo pueden mostrarse tan crueles los absolutistas con el bando derrotado? ¿Dónde queda la generosidad para con el vencido de la que se hablaba? Es ahora cuando comprende que pecó de ingenuo al creerse todas aquellas promesas que le hizo el enviado de Fernando VII. Otro era su propósito: llenarle de confianza para enviarle a la muerte...
En una localidad próxima a Tordesillas, numerosos vecinos se concentran en la Plaza Mayor para arremeter contra "El Empecinado" y sus escoltas. Le rodean vociferantes, con el odio y la ferocidad en los ojos. Son muy capaces de asesinarle allí mismo. Y lo hubiesen hecho si no hubiera tenido lugar un hecho inesperado. Un hombre de aspecto montaraz, que viste un uniforme de húsar, aparta y contiene a los lugareños. Éstos le obedecen sin rechistar. En un falso tono conciliador, aquel personaje indicó a Juan Martín que podía seguir su camino. El uniformado no era otro que uno de los antiguos oficiales del fanático cura Merino, ardiente defensor de la causa reaccionaria. Seguidamente, avisó a los pueblos emplazados entre Tordesillas y Valladolid para que cortaran el paso a Juan Martín. Receloso por lo sucedido, "El Empecinado" modificó su itinerario. Con la asombrosa movilidad que acreditara en la guerra, llega rápidamente a La Seca, y por Alcazarén e Íscar se dirige a la villa de Cuéllar para subir después hacia Castrillo de Duero.
Hallándose muy cerca de Cuéllar, Juan Martín percibió movimientos sosprechosos en esta localidad segoviana, por lo que decidió resguardarse en los pinares cercanos. El problema surgió cuando tres de sus hombres bajaron a la villa para buscar provisiones: el alcalde, pese a tratarles con amabilidad, reconoció que eran acompañantes de "El Empecinado" y puso sobre aviso a las autoridades de Roa.
Ignorante de lo que se le venía encima, Juan Martín siguió su camino, llegando poco después a Olmos de Peñafiel. Como en aquel pueblo vivía el labriego Gabriel Díez (pariente de su madre), decidió pernoctar en su casa. Después de cenar en la amable compañía de Gabriel Díez y su esposa, Juan Martín se retira a su habitación. El cansancio adelanta su sueño. No sabe que un millar de voluntarios realistas, enviados por el regidor de Roa, vienen en su busca. A eso de las dos de la madrugada, Juan Martín se revuelve inquieto en la cama. Tanto en la casa como en la calle se pueden oír ruidos y voces. Arrancado violentamente del sueño, abre los ojos y se queda paralizado: la habitación está llena de feroces absolutistas, que le apuntan con sus fusiles. No cabe duda de que le quitarán la vida a la menor muestra de resistencia. Sin darle tiempo a terminar de vestirse, los absolutistas le sacan a empujones de la casa. Cuando sale a la calle, "El Empecinado" ve que sus compañeros, también a medio vestir, se hallan entre los fusiles de los realistas.



Vejado y encarcelado. Las crueldades de los absolutistas


Nava de Roa, pueblo de casas bajas ubicado en medio del llano y artísticamente amenizado por la Iglesia de San Antolín, ve aparecer maniatados a Juan Martín y sus camaradas. Entran por las calles del pueblo como una cuadrilla de míseros galeotes, rendidos de cansancio, sin saber lo que les pasará. El sol ha hecho su aparición y los cautivos reciben complacidos sus débiles rayos. Acaba de amanecer el día 22 de noviembre de 1823. Los vecinos de Nava, fervientes constitucionalistas la mayoría, no pueden creer que "El Empecinado" haya sido capturado por los absolutistas. El alcalde y los tres concejales son los únicos realistas que existen entre los 300 habitantes del municipio. Los prisioneros fueron despojados de sus pertenencias y encerrados en la cárcel municipal. Allí acudió Gregorio González Arranz, alcalde absolutista de Roa y enemigo personal de Juan Martín desde años atrás. Tras conversar brevemente con "El Empecinado", González ordenó que fuese amarrado con una soga. Entonces, el de Castrillo se rebeló e intentó alcanzar la puerta de la cárcel. Logró quitarse la ligadura que le dañaba las muñecas y empleó su poderosa fuerza para evitar que le atasen de nuevo. Fueron necesarios nada menos que seis soldados para reducirle e inmovilizarle con unas cuantas vueltas de soga. Poco después, Gomzález redactó un parte dirigido al Corregidor y a las autoridades de los pueblos cercanos para informarles de que "El Empecinado" ya había sido detenido.
"El Empecinado" y los demás prisioneros fueron trasladados a Roa entre los fusiles de los esbirros absolutistas. Abre la marcha, arrogante, el alcalde González Arranz. Lleva a Juan Martín a pie, delante de su caballo, bien sujeto al arzón el cabo de la soga que rodea su fuerte anatomía. Algunos desalmados realistas gozan viéndole sufrir y le mortifican con burlas inhumanas, sometiéndoles a crueldades que llenarían de indignación a cualquier persona bien nacida.
Cuando la comitiva de presos llegó a la villa de Roa, les llega desde lejos el alegre bullicio de una fiesta. Y no es precisamente para celebrar la captura de Juan Martín, cosa que no hubiesen podido ni imaginar antes de conocer el parte del alcalde escrito en Nava de Roa. Ha querido la casualidad, madre de la sorpresa, que este sea el día elegido por los voluntarios realistas de Roa y su comarca para celebrar (por todo lo alto) el estreno del uniforme y el armamento que las nuevas autoridades les han facilitado. Con tan señalado motivo, tendrían lugar en la villa una misa cantada, la jura de la bandera con su correspondiente desfile y una gran comilona en la Plaza Mayor, servida de forma tan abundante que ni el más rico hubiese podido igualarla. Atraidos por tan magníficos festejos, se hallan presentes en Roa vecinos de Berlangas, La Cueva, Pedrosa, Mambrilla, Fuentecén y Aranda de Duero. Cuando los prisioneros son conducidos por las calles de la villa, todas las miradas se fijan en "El Empecinado". Esperaban encontrarse a un hombre arrogante, de gesto altivo y porte desafiante; y se topan con un hombre sucio y de barba desaliñada, que lanza sobre la multitud una mirada hosca de cordero degollado. No importan ahora todas sus célebres hazañas contra los franceses, eso ya es agua pasada: se trata de un impío liberal, un partidario de Riego, un Caballero Comunero enemistado con el rey.
"El Empecinado" es conducido a una especie de castillete con gruesos muros de ladrillo que sirvió, tiempo ha, de alhóndiga; de ahí que los raudenses lo denominen La Lóndiga. Es una construcción muy deteriorada, de interiores inmundos, que no ofrece mucha seguridad. Alrederor de La Lóndiga se sitúa una nutrida guardia que vigila de día y de noche, cumpliendo las más severas órdenes del alcalde. A Juan Martín le encierran sólo, para que no pueda consolarse con la compañía de sus leales, en un cuarto estrecho, frío y húmedo, protegido por un descomunal cerrojo. Está debajo de la cámara, a nivel inferior del suelo. No le dan ni pan, ni agua, ni siquiera una saca de paja donde le sea posible dar reposo a su cansado cuerpo. Ha de tenderse en el durísimo suelo de guijarros. Según Salustiano Olózaga, el heroico luchador fue maltratado bárbaramente por sus guardianes:
 
"Por honor de la Humanidad, por amor a nuestra patria y a nuestro siglo, quisiéramos poder desmentir o atenuar al menos algunos de los tantos hechos de barbarie, de ferocidad, de inaudita crueldad, de que fue objeto en aquel pueblo, en su prolongado martirio, el héroe desgraciado de Castilla. Pero no es posible hacerlo".
 
Siempre se ha dicho, por cierto, que los domingos era paseado por la villa en una jaula de hierro para ser insultado y escarnecido por las gentes. Sin embargo, no hay ninguna prueba sólida que permita asegurarlo, estaríamos más bien ante una habladuría.
Entretanto, la causa contra el reo continuaba, implacable, su curso. Que su muerte era ya un asunto personal de Fernando VII lo prueba la carta enviada por éste desde Aranjuez a su secretario del Consejo de Estado (Antonio Ugarte) el 23 de mayo de 1823:
 
"Ya es tiempo de coger a Ballesteros y despachar al otro mundo a Chaleco y El Empecinado".
 
Por si fuera poco, las nuevas disposiciones del Gobierno absolutista se convierten en duros argumentos acusatorios contra "El Empecinado" y vienen a poner leña en el fuego, cada vez más avivado, de su proceso. Una de ellas es la circular reservada que Mariano Rufino Rodríguez, recientemente nombrado intendente de Policía, dirige a los intendentes del Reino. Después de llamar a los liberales "hijos de la maldición"; ordena a sus secuaces que formen y le remitan con urgencia dos informes, uno de hombres y otro de mujeres, que cumplan los siguientes requisitos:
 
"1º- Adicto al régimen constitucional.
2º- Voluntario nacional de Caballería o Infantería.
3º- Individuo de una compañía o batallón sagrado.
4º- Reputado por masón.
5º- Tenido por comunero.
6º- Liberal exaltado o moderado.
7º- Comprador de bienes nacionales.
8º- Secularizado."

 
Estas listas de sospechosos, formadas por medio de denuncias que dictan el odio y la venganza, comprenden a miles de españoles. Ninguno de ellos puede obtener pasaporte para trasladarse de una población a otra, ni tampoco sus hijos, criados o dependientes; salvo en el caso de que demuestren la necesidad del viaje y depositen una fianza que responda de su conducta. Y aún así, sus pasaportes llevan una contraseña que les permite ser reconocidos por las autoridades y mantenerlos bajo vigilancia. Toda la nación gime bajo el terror absolutista. Los agentes de policía se introducen en las tabernas, en los cafés y en los lugares de reunión para escuchar las conversaciones y detener a quienes discrepen del régimen. Aquellos mismos días, las Comisiones Militares (que no descansan en su trabajo de fusilar, dar garrote o ahorcar a todos los disidentes) hacen ver a Fernando VII la conveniencia de establecer una gradación en las penas en relación con la gravedad de los delitos. Tras consultar esta sugerencia con el Consejo Supremo de Guerra, Fernando VII dicta una disposición monstruosa y cruel donde las haya:
 
"1º- Condénase a la pena de muerte, como reos de lesa majestad, a los que se hubiesen declarado o se declarasen enemigos de los derechos del Rey o partidarios de la Constitución.
2º- Incurrirán en igual pena los que escribiesen papeles o pasquines con el mismo objeto.
3º- Quedarán sujetos a la pena de cuatro a diez años de presidio los que hablen en parajes públicos contra la soberanía de su Majestad o en favor de la Constitución.
4º- Se aplicará la pena capital al que sedujese a otro para levantar una partida.
5º- Serán reos de lesa majestad e incurrirán también en pena de muerte los que promovieren alborotos dirigiso a cambiar la forma de gobierno.
6º- No podrá servir de excepción la embriaguez, si el delincuente en consuetudinario de este exceso.
7º- Queda al criterio judicial la fuerza de las pruebas en favor y en contra.
8º- El grito de ¡Muera el Rey! se castigará con la pena de muerte.
9º- A igual pena quedarán sujetos los masones, comuneros y otros sectarios.
10º- Ante las Comisiones Militares no podrá alegarse ningún fuero.
11º- Incurrirán en la pena de muerte los que usasen voces subversivas de ¡Viva Riego!, ¡Viva la Constitución!, ¡Mueran los serviles!, ¡Mueran los tiranos! y ¡Viva la Libertad!."

 
No necesita más el Comisionado Regio Domingo Fuentenebro, instructor de la causa contra "El Empecinado". En estas disposiciones halla material suficiente para dar apariencia legal a sus cargos contra Juan Martín. Y quiere el azar que por aquellos días, al ordenar las autoridades registrar la casa de un conocido liberal en la cercana localidad de Nava de Roa, se descubra algo muy importante. Entre un doble tabique aparecen los libros, documentos y objetos simbólicos de la sección provincial de los Caballeros Comuneros, que celebraron sesiones en aquel municipio desde 1820. En las listas de sus miembros figura "El Empecinado" como presidente, perteneciendo también a la sociedad secreta los dos alcaldes contitucionales de Roa y un buen número de sus deudos y amigos.
El desarrollo del proceso contra Juan Martín peca de arbitrario, tendencioso y falaz. Por cualquier lado que se le mire, resulta ser una burla infame. Se acusa al valiente "Empecinado" de no haber aceptado los acuerdos de la Santa Alianza con respecto a España; de no haberse unido a los soldados del duque de Angulema, de haber pertenecido fiel a la Constitución gaditana. De esto último también podría ser acusado el mismísimo Fernando VII, que la juró para luego traicionarla. También se acusa a Juan Martín (sin ningún fundamento) de haber cometido numerosos crímenes y robos en las localidades por las que pasó en su campaña contra los absolutistas franceses.
Con gran paciencia y celo extremado, el Comisionado Fuentenebro va acumulando cargos y aduciendo testimonios. Ni que decir hay que todos son producto del rencor o de la envidia. Su valor es nulo, pero él sabe, con retorcidos argumentos, darles apariencia de verdad. Así, día a día, se levanta un enorme muro de falsedades y calumnias que "El Empecinado" nunca podrá salvar. Ya nada salvará a Juan Martín. Domingo Fuentenebro es dueño de su destino, tiene la facultad de condenarle o absolverle; pero únicamente acusará y acusará. Animado por la fiebre absolutista, el Comisionado va a volcar sobre él toda la inquina que alberga en su fementido corazón.
« Última modificación: Marzo 03, 2015, 20:07:52 por Maelstrom » En línea
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« Respuesta #13 : Abril 07, 2011, 18:23:29 »


A mediados de octubre de 1824, Fuentebro cree llegado el momento de que Juan Martín preste declaración. Previamente, con el malvado propósito de rendir sus fuerzas y doblegar su ánimo, le tiene sin comer ni beber por espacio de cuatro días. Un despiadado piquete de voluntarios realistas conducen al acusado hasta el despacho de Fuentenebro. Desfallecido, agotado por tantos suplicios y crueldades, apenas puede tenerse en pie. A pesar de encontrarse dañado por tantos días de penuria, "El Empecinado" conserva intacta su entereza de luchador. Tiene las ideas claras y las convicciones firmes. A las preguntas que el Comisionado Regio le formula, contesta digno y breve. No salen de sus labios ni una palabra de cobardía ni una frase de retractación. Mantiene íntegras sus posturas liberales y defiende su actuación contra la invasión de los absolutistas extranjeros. Las palabras que tan valientemente dirigiera por carta a Fernando VII en 1814 son un vaticinio de lo que ahora está padeciendo:
 
"La administración de justicia, tan recomendable en la nación española, ha desaparecido en nuestros tribunales y en su lugar se ha sentado la arbitrariedad; sus leyes se ven holladas y despreciadas; protegidas la calumnia y la vil desolación."
 
Llega a tales extremos la locura absolutista que no sólo el Cominisionado Regio se ensaña con él. Una horda vandálica de cafres fanáticos asalta su casa de campo en el Salto del Caballo y, con inaudita ferocidad, tala los árboles frutales, arranca los viñedos, destroza los lagares, derrama el vino y deja en ruinas la vivienda. En Alcalá de Henares, otra horda absolutista derriba la pirámide conmemorativa que había levantando la ciudad en su honor. Parace como si existiese el infame propósito de borrar hasta el último vestigio del que fuera el más célebre guerrillero y héroe de la Independencia...
Algunas personalidades tratan de interceder por "El Empecinado", en un arriesgado intento por salvarle la vida. Incluso el embajador de Francia y el general Bourmont (responsable de las tropas galas en España) se atreven a pedir clemencia para él, sin obtener resultado alguno. Varias de las personas que participaron con Juan Martín en la Guerra de la Independencia tratan de salvarle por todos los medios a su alcande, incluso recurriendo al soborno de guardias y carceleros. Como no lo consigue, acuerdan elevar peticiones de clemencia a ministros y generales... Pero nada consiguen.
Es evidente que a Juan Martín le aguarda la pena de muerte. Las autoridades absolutistas están empeñadas en acabar con su existencia, y de nada sirven los ruegos o las súplicas...
 El día 20 de abril de este año de 1823, tras año y medio de instrucción, el Comisionado Regio deja cerrada la causa. En sus inconsistentes conclusiones, condena al ex-guerrillero a la pena capital, que habrá de sufrir en la horca, menospreciando su importante grado militar. Somete su decisión al examen de la Chancillería vallisoletana, y éste organismo, mes y medio después, da su visto bueno. Recordemos, sin embargo, que los juristas Herrero Prieto y Arismendi no quisieron manchar sus togas de sangre y se negaron a aprobar tal indignidad. Los voluminosos legajos que contienen los cargos contra "El Empecinado" son enviados a Madrid, para someter lo instruido a la aprobación de Su Majestad. Ésta no tarda en expresar su conformidad con la sentencia de muerte, y así lo hace saber al gobernador de la Sala del Crimen de la Chancillería de Valladolid. A su vez, la Sala del Crimen dispone lo necesario para comunicar la sentencia a Juan Martín. A tal efecto, una comitiva formada por un juez magistrado, un escribano, el señor Vicente García Álvarez (recién designado alcalde de Roa), Gregorio González (su predecesor en el cargo), el jefe del batallón local de Voluntarios Realistas y el verdugo que hará cumplir la sentencia. Tras escuchar los calumniosos cargos por los que se le condena a ser ahorcado, "El Empecinado" no puede contener su indignación y grita:
 
-¿ Y esa sentencia la ha aprobado el Rey ? ¡ Ahorcarme a mí, a mí !- repite con ardor. Y haciendo un esfuerzo se yergue, desafiante -. ¿Es que no hay balas en España para fusilar a un mariscal de los Reales Ejércitos?
 
Aquellos hombres le miran con sorpresa, asombrados por su momentánea energía. Queda unos segundos en silencio Juan Martín, y dirigiendo miradas como rayos a los que tiene enfrente, añade:
 
- Digan mejor que me ahorcan por haber sido fiel a mis juramentos y querido el bien de España. Lo demás no son más que insultos con los que se me viene injuriando desde hace muchos meses.



Camino del suplicio. Muerte en la horca


El 19 de agosto de 1825, ya iniciada la mañana, tuvo lugar en Roa un desacostumbrado movimiento de tropas. Suenan voces de mando y sonido de tambores destemplados. Son los voluntarios realistas de Gregorio González, que han venido a buscar al "Empecinado" para llevarle hasta el patíbulo. Juan Martín ha pasado un par de días en capilla, se ha confesado y ha redactado su testamento. Los absolutistas ocupan todos los puntos señalados a lo largo del recorrido que va a realizar el preso, protegiendo también la entrada de las iglesias para evitar que "El Empecinado" logre introducirse en una de ellas y acogerse a sagrado. En menos de una hora, la villa de Roa queda ocupada por una fuerza de más de 5000 hombres armados.
El mismo herrero que pusiera los grilletes a Juan Martín le libra ahora de ellos. Sólo le deja las esposas. Mansamente, sin hacer ningún movimiento de rechazo, el de Castrillo se deja colocar la ropa negra y el birrete de los condenados a muerte. Le hacen montar en un jumento desorejado, y de tan infamante manera emprende el camino hacia el patíbulo. Pasa en silencio, ante las gentes curiosas que se apiñan en las calles. Esta vez no escucha insultos groseros, ni gritos ofensivos, ni ve adelantarse hacia él puños amenazadores. "El Empecinado" procura mantenerse erguido, con la cabeza en alto; no con aire desafiante, sino digno. Nadie puede afirmar que el heroico ex-guerrillero camine vencido. Ni sus manos tiemblan ni se inclina con pesadumbre sobre el jumento.
Juan Martín y el piquete de voluntarios realistas entran en la Plaza Mayor, donde espera la horca. Una gran multitud se concentra en el lugar y tapona las bocacalles. Juan Martín lanza una larga mirada despreciativa sobre el gentío. Luego, eleva sus ojos hacia el puro azul del cielo, en el que brilla un sol cuyo ocaso no presenciará.
Al llegar junto a la escalerilla del cadalso, quiere el azar que se fije en el capitán de voluntarios realistas. La pasividad que "El Empecinado" ha mantenido hasta ahora se transforma en un arrebato de cólera incontenible. Le sobran motivos para ello: aquel capitán lleva desnuda en la mano la excelente y rica espada que le regalara Jorge III de Inglaterra, la misma que fuera su compañera fiel de tantas batallas. La violenta agitación que esto le produce parece llevar a sus fatigados miembros una parte del vigor que simpre tuvieron. Siente que el arrojo temerario de otros días le anima de nuevo. Decidido, apoya en el pecho las recias manos esposadas, aprieta los dientes y, tras un esfuerzo titánico, logra romper los hierros que le oprimen. Ya tiene las manos libres, sólo quedan en cada una de las muñecas las argollas y los trozos de la cadena, que oscilan en el aire. Salta con fuerza del borrico y se arroja sobre el capitán realista, con la intención de arrebatarle el arma y traspasarle el cuerpo con ella. En su ciego furor, la toma por el filo y se produce varios cortes en los dedos, sin conseguir su propósito.
Al verle en pie y con los brazos en alto, los soldados y los paisanos que han presenciado la increíble hazaña retroceden, completamente espantados. Durante unos instantes, "El Empecinado" se convierte en el dueño absoluto de la situación. Se produce un gran alboroto: tocaban los tambores, corrían despavoridos quienes no tenían armas; y tanto las autoridades como el sacerdote o el verdugo se quedaron paralizados. Juan Martín, que lucha con ardor, aparta a manotazos a todos los que pretenden reducirle y consigue romper las filas de los soldados absolutistas. Luego dirán estos que le animaba el deseo de refugiarse en la Colegiata de Santa María. En su forcejeo, "El Empecinado" tiene la desgracia de que se le enreden los pies en la ropa, cayendo al suelo. Varios hombres se arrojan entonces sobre él, pero Juan Martín se resiste a recibir la muerte que quieren darle. Son necesarios nada menos que 10 hombres para obligarle a subir las escaleras de la horca. Alguien trae con presteza una gruesa maroma, y con ella le rodean el cuerpo. Con ayuda de varios voluntarios realistas le alzan la cabeza. El verdugo, que ya ha dispuesto todo lo necesario, le sujetó fuerte, cogiéndole por los cabellos. Rodeó su cuello con la cuerda de la horca. A una orden del Corregidor, se llevó rápidamente a cabo la sentencia de muerte.
Al verle balancearse en el aire, las gentes que llenan la Plaza Mayor mostraron su júbilo con un ensordecedor griterío. Cobardes, lanzan sobre el cadáver de Juan Martín los últimos improperios hasta que, satisfechos con aquella monstruosidad, comienzan a abandonar lentamente el escenario de tan alevoso crimen...
 

La gloria póstuma. Honras al héroe de Castrillo


Así terminó sus días "El Empecinado".
El valiente héroe que con tanta generosidad combatiera por sus ideales, el guerrillero que lo diera todo en su lucha por la libertad. De Castrillo a Roa; del Tormes al Duero; de Castilla la Vieja a Castilla la Nueva: los parajes de la Meseta castellana presenciaron sus hazañas, fueron testigos pacientes y silenciosos de esa trayectoria vital, gloriosa y dramática, que arrancara con el estrépito de la adolescencia y terminara yugulada de manera cruel. Por eso, "El Empecinado" ha de ser honrado y recordado por siempre; para que las gentes de ahora comprendan y sientan valores que (por desgracia) están empezando a olvidar: el valor, el esfuerzo, la lealtad, la amistad, el patriotismo. Juan Martín llevó, con hechos y no con palabras, todos estos ideales a su más alto y sublime grado.
Fue necesario esperar hasta el final de la terrible Década Ominosa (1823-1833) para ver restaurada, pública y políticamente, la imagen de nuestro héroe. A ello contribuyó, sin duda, la llegada al poder de los liberales y la oleada de romanticismo propia de aquellos años. Recordemos las palabras que en 1836 pronunció el andaluz Pedro Antonio de Acuña y Cuadros, Presidente del Congreso:
 
"¿ Quién puede olvidar al célebre guerrero conocido con el nombre del Empecinado ? ¡ Aquel hombre, hijo de la naturaleza, español que reunía el valor de todos los españoles de todos los siglos, aquel soldado intrépido que corría al peligro, que tenía gusto en él, y cuyo corazón amistoso no pudo rendirse ni aun al pie de la horca, pues que allí, encadenado, acosado de infames realistas, pereció luchando, sostenido por su valor en el trance en que a todos los hombres les abandona !".

El 23 de agosto de 1837, se celebró una sesión del Congreso de los Diputados destinada a "honrar la memoria de las víctimas sacrificadas por el despotismo desde el año 1823", poniendo a Juan Martín como ejemplo de patriota asesinado por los absolutistas:
 
"Siguendo el triste curso de los años desde 1823, sobresale en el cuadro de los horrores y persecuciones que representa la España de aquella época, un patíbulo levantado en Castilla, donde pereció su hijo predilecto, el Cid de nuestro siglo, el que compartió con Mina las mejores glorias de la guerra de la Independencia, y al que todos los españoles amantes de su Patria usurpaban con orgullo un apodo antes oscura, y ahora sobrenombre glorioso, que eternamente conservará la Historia, y que deben tener siempre a la vista los representantes del pueblo español: ¡ El Empecinado ! Terror un tiempo de los enemigos de la Patria y de la libertad, más grande, si cabe, en la muerte que en la vida, fue terror también de sus verdugos, terror de la ingrata y bárbara muchedumbre que creyó poder ver tranquila y segura la muerte del héroe de Castilla, y que huyó espantada al verle romper con imprevista furia los hierros que ligaban sus manos poderosas".
 
En noviembre de aquel año, se acordó inscribir su nombre en el Salón del Congreso; junto a los de Riego, Manzanares, Miyar, Mariana Pineda y Torrijos. También entonces (concretamente en la sesión del día 2) los diputados a Cortes aprobaron dar un acomodo monumental a los grilletes que llevara "El Empecinado", donados meses antes por el liberal segoviano Esteban Pastor López, ex-jefe político de Toledo y antiguo compañero de armas del homenajeado. De ello da fe el siguiente escrito parlamentario:
 
"La Comisión de Recompensas Nacionales ha examinado la exposición con que D. Esteban Pastor ha presentado a las Cortes las esposas que ligaron las manos del malogrado D. Juan Martín (El Empecinado), y que rompió valerosamente al pie de la horca, y opina que deben conservarse con todo cuidado y aprecio, hasta que las circunstancias de la Nación permitan que se coloquen en un monumento que debe erigirse en la villa de Roa, al ilustre defensor de la independencia y la libertad de España, y declarar desde luego que las Cortes han recibido con el mayor agrado la ofrenda del señor Pastor. Las Cortes, sin embargo, resolverán lo más conveniente."
 
Por desgracia, el monumento conmemorativo proyectado en Roa no se llevaría a cabo.
Los restos de Juan Martín, por otra parte, fueron trasladados años después desde el camposanto raudense hasta la Colegiata de Santa María. Tras un primer emplazamiento provisional, que tuvo que ser modificado ante los constantes rumores de intentos de profanación, el cadáver sería depositado en la capilla de Doña Casilda de Salazar, situada en la columna central de la nave mayor de la Colegiata, junto al altar y al lado de la Epístola.
Ya entonces, el Gobierno liberal había pergeñado la idea de iniciar una suscripción para levantar un monumento en honor del caudillo guerrillero. Se iniciaron los preparativos para ello (y hasta el Ayuntamiento de Roa preparó un presupuesto que estimaba en 90696,17 reales el coste de la obra), pero una serie de dificultades motivaron que, en 1846, la Reina Isabel II decidió que el cenotafio conmemorativo se levantaría en la ciudad de Burgos. El ingeniero Agustín de Marcoartú y Amantegui sería el encargado de diseñar el cenotafio con las trazas que hoy tiene: templete de planta cuadrangular coronado por mínimos frontones y rematado por un obelisco. Para su ubicación, el Ayuntamiento burgalés eligió el solar de la antigua iglesia de la Victoria, muy cerca del Arco de Santa María. Sin embargo, ante los problemas que planteó el propietario de unos terrenos anejos al solar, las autoridades dispusieron levantar el monumento en la Plaza de la Libertad, junto a la Casa del Cordón.
Las obras quedaron definitivamente finalizadas el 10 de febrero de 1855. Los restos de Juan Martín fueron solemnemente trasladados desde la Colegiata raudense hasta el monumento, siendo provisionalmente conservados en la capilla del Ayuntamiento, junto a los restos del Cid y de doña Jimena. La definitiva inhumación de los restos en el monumento conmemorativo tendría lugar el 18 de febrero de 1856; asistieron a ella los señores Manuel de la Fuente Andrés (Ministro de Gracia y Justicia y miembro de la Comisión Organizadora), Juan Escorial y Gil, Ignacio Martín Díez y Juan Martín. Introdujo la urna en el sarcófago el alcalde burgalés Ángel Cecilia, quien hizo entrega de su llave al Ministro De la Fuente Andrés. En el sarcófago quedaría también depositada una caja de plomo con papeles que daban fe de la importancia histórica del "Empecinado".
Y desde entonces, los restos de Juan Martín reposan en Burgos, la eterna Caput Castellae. Tanto Roa como Castrillo de Duero cuentan con sendas estatuas en su honor; y su inmortal apodo da nombre a calles de Burgos, Valladolid, Alcalá de Henares, Móstoles, Madrid, Alcobendas, Ibi, Hospitalet de Llobregat y Fuengirola... Todo es poco para perpetuar el recuerdo de este héroe castellano.

« Última modificación: Marzo 03, 2015, 20:03:46 por Maelstrom » En línea
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« Respuesta #14 : Abril 07, 2011, 18:24:44 »


Cassinello Pérez, A.- Juan Martín "El Empecinado", o el amor a la libertad. Editorial San Martín, 1995.
 
Hernández Girbal, F.- Juan Martín "El Empecinado", terror de los franceses. Ediciones Lira, 1985.
 
Olózaga, Salustiano de - Estudios sobre elocuencia, política, historia y moral. A. de San Martín, 1871.
 
Pérez Galdós, Benito - Juan Martín "El Empecinado". Círculo de Lectores, 1996.
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¡El Sur resurgirá de sus cenizas!


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« Respuesta #15 : Abril 07, 2011, 21:03:29 »


Una historia épica, la del gran Empecinado, que aún hoy continúan los suyos:


LA SAGA DEL EMPECINADO (sólo en los mejores cines)  icon_lol
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 «Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor».
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« Respuesta #16 : Abril 08, 2011, 22:41:26 »


Un grande "El Empecinado", y muy grande este hilo, para imprimirlo.

Enhorabuena y gracias.
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« Respuesta #17 : Abril 08, 2011, 23:54:13 »


Un grande "El Empecinado", y muy grande este hilo, para imprimirlo.

Enhorabuena y gracias.
Como siempre Maelstrom, es increible lo de este hombre.
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« Respuesta #18 : Abril 09, 2011, 01:34:22 »


Gracias, comunero Maelström.
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