
Enorme cuna este valle
para mecer este rÃo,
tan llorón y tan pequeño;
llanto de recién nacido.
Cobertor de lana suave
la nieve del valle frÃo.
En Guardo, el carbón minero
tiznó la cara del niño.
Cuando pasó por Saldaña
otra vez estaba limpio.
En Carrión le bautizaron
- era hasta entonces morito -:
la ciudad le dio su nombre,
todo eufonÃa y prestigio.
De cantar tanto en Villoldo,
ronco se quedó en Husillos.
Cuando atravesó Palencia
era ya mozo garrido.
Dieciocho puentes le peinan,
anda lento y presumido.
Por verle, villas y aldeas
se ponen en su camino.
La torre de San Miguel
quiere ser novia del rÃo,
y asomándose a mirarle
tiembla de amor y de frÃo.
Es burgués en los remansos;
laborioso en los molinos;
ladrón de frutas caÃdas
en las huertas del Obispo.
Sueña un viaje largo: el mar.
Traiciona sueño y destino,
de Villamuriel el mosto
le hace perder el sentido:
lleva una vida turbia
y un derrotero torcido.
Por no ir a Valladolid
-cosas del nacionalismo-,
se suicida junto a Dueñas
arrojándose en el rÃo
Pisuerga, labrador manso,
competidor y enemigo.
Nace y muere en la provincia;
no hay otro más palentino
Recen por él un responso
los frailes de San Isidro.

