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Autor Tema: José Luis Gª Obregón - "Regionalismo castellano" (1933)  (Leído 1283 veces)
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« : Octubre 03, 2015, 20:29:13 »






Regionalismo castellano


Viene sosteniendo el distinguido y culto abogado palentino don Carlos Alonso Sánchez, desde las columnas de EL NORTE DE CASTILLA principalmente, una campaña política netamente castellana, y, por ende, española, a la que tantas gentes, preocupadas casi exclusivamente por el navajeo a que se dedican todavía los partidos políticos nacionales, no conceden toda la importancia que tiene, ni, acaso por «crecimiento espiritual», aciertan a comprender la enorme transcendencia de este nuevo pensar político.
La campaña es política y el pensar netamente político. Me atrevo a hacer esto afirmación, y conviene hacerla, claro está que añadiendo la rectificación de que a este calificativo no se da, desde luego, la significación que en nuestro idioma tiene vulgarmente, por culpa de nuestros gobernantes presentes y pasados. El ideario castellanista, para que logre imponerse un dia — acaso no tan lejano como los practicones aseguran —tiene que pasar por tres fases, idénticas casi, a las que se sucedieron en la vida, espíritu e influencia de Castilla en la Historia.
El regionalismo castellano no es ni egoísta ni aldeano. No pretende cantar las virtudes de una raza ni llorar su esclavitud. Ha buscado paciente y fríamente dentro de la Historia las causas fundamentales de que su designio no se cumpliera y a la vez las que tienen a España sumida hoy en tan grandes desventuras. De las causas ha deducido lecciones, y el regionalismo castellano pone mano a la obra con la fe de sus partidarios puesta en un Ideal de concordia, bienestar y paz, que las mismas gentes, por esto mismo, lo califican de «apolítico». Y es que... ¡tan poca concordia, tan escaso bienestar, tan accidentada paz nos proporcionan los partidos políticos...!
La primera conclusión que se sienta por el regionalismo castellano es la de que Castilla, forjadora de la unidad nacional española, se halla hoy desangrada y exhausta, incapaz por esto — no por desafecto ni rivalidad hacia otras regiones — de reanudar la función tutelar y directora que siempre ejerció sobre los pueblos hispanos, por su alta y bien merecida superioridad espiritual.
La segunda, consecuencia de la primera para sus propios hijos, es el sentimiento de regionalidad que hay que despertar o crear, precisamente para refugiarnos en ella sin romper los lazos innegables que la unen con las demás regiones españolas dentro de la unidad de la patria común. Y ese sentimiento de regionalidad tiene por lema fortalecer las fuentes de riqueza castellanas, defender su tradición liberal contra los ataques de toda clase de Gobiernos, imponer respeto a los agiotistas de la política nacional, se llamen como se llamen y hacerse oír por el Estado español para que éste sepa de una vez lo que se obstina en no querer oír desde el día en que murieron los héroes de Villalar: CASTILLA.
La tercera conclusión, iniciadora de la segunda fase de esta política, es la siguiente: En España, la egoísta mentalidad de unos cuantos mal llamados españoles, ha creado una leyenda negra, que hace la unión de todos los españoles, sino imposible, al menos llena de prevenciones y temores. Esa falsa historia, llena de prevenciones aldeanas y carente de ese sentido de universalidad que sólo es patrimonio de los hombres verdaderamente
cultos o sinceramente sociables, mantiene en situación de expectante defensa a un gran número de españoles que, por lo menos, no pueden rechazar las envenenadas dudas que vertieron en su corazón de buenos patriotas, hablándoles de caprichosas y malintencionadas influencias ejercidas por Castilla sobre los destinos y necesidades de su patria chica, quienes jamás supieron sentir la idea de patria.
La misión de Castilla hoy, y dentro de esa fase de su política, será demostrar con realidades lo engañoso de esa historia falsa a todas las regiones españolas, ayudándolas — dentro de cualquier forma de Gobierno, porque lo intangible es y será solamente España — a que sus legítimos derechos sean respetados, sus necesidades atendidas,sus nobles aspiraciones, dentro de la unidad nacional, comprendidas y hasta alentadas.
La cuarta y última conclusión puede concretarse de este modo: Castilla ha sido la cuna de una civilización, no estudiada aún suficientemente y, desde luego, casi en absoluto ignorada por los propios castellanos. Una civilización, para tener verdadero carácter de tal, ha de ser necesariamente expansiva, tender a la universalidad, a la captación de voluntades por la bondad de los principios en que se sustenta, por las ventajas que su admisión reporta.
Este sentido universalista, con directivas de afecto y de raza, ha de representar la tercera y culminante fase del movimiento castellano, persiguiendo, además, realidades prácticas. Portugal ha de merecer toda la atención, todo el afecto-, todas las renunciaciones de Castilla y de España; la América que fue española debe ser objeto del hispanoamericanismo eficaz y continuo a que allende el mar tienen derecho nuestros hijos espirituales. Conseguido todo esto, será ya permitido, y conveniente, que dentro de una empresa pacífica veamos de inculcar al movimiento Internacional nuestro propio espíritu de paz, de concordia, de comprensión humanitaria.
Todo esto es y pretende el regionalismo castellano, por lo cual todo castellano, o simplemente español, tiene que ver con simpatía su programa,y, en tiempo desgraciadamente muy cercano — la última crisis ha abierto muchos ojos — colaborar; en esa gran obra con la palabra, con el dinero, con el voto, para impedir que se malogre la finalidad que se pretende.
¿Cómo opinan los políticos castellanos? Es hora ya de que mediten sobre los hechos en los que, sea por acción, ora por omisión o simple apatía, su responsabilidad histórica es ineludible. Castilla vuelve por el honor de España, y ya no se trata sólo de simpatizar con este movimiento; es necesario ayudarle y luchar por él. ¿Republicanos? ¿Monárquicos? ¿Derechas? ¿Izquierdas? ¡CASTELLANO! ¿Puede haber algo más honrado, más envidiable, que ser español? ¡Pues España te necesita! Castilla te reclama. Ahora... ¡Tú sabrás lo que haces! Por lo que a mí toca, me enrolo lleno de fe bajo la bandera que enarbola don Carlos Alonso, cuya patriótica visión es, sin duda, mucho más halagüeña que la que nos permiten los actuales partidos políticos nacionales.

José Luis García Obregón


«El Norte de Castilla», 8 de octubre de 1933.
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