I - Examen de los documentos y el comentario con la visera levantada.Deseo llamaros brevemente la atención acerca del carácter esencialmente nacionalista que tuvo la guerra de las Comunidades de Castilla, no sólo porque considero que, cualquiera que sea la originalidad de mi estudio, no se ha dado a ese carácter todo su valor, sino porque, mediante su examen, se ilumina con nueva claridad la formación de España y el actual problema de su reconstitución.
Devoto discípulo de Fustel de Coulanges, que veía en el desarrollo científico de la Historia la verdadera ciencia de la Sociedad, me atengo en mis trabajos de investigación al estudio de los documentos, si bien he pretendido demostrar en mi ensayo sobre “El sentimiento de la riqueza en Castilla” que no sólo pueden examinarse con tal propósito los cartularios, los registros de los archivos , las lápidas, actas de fundación y otros textos de semejante naturaleza, sino también las obras literarias y los monumentos jurídicos, como los Fueros y Cartas pueblas, los poemas populares y los del “mester de clerecía”, las crónicas y los libros de caballerías y los romances viejos.
Mi trabajo de hoy no tendrá otro valor que el recibido de los documentos sacados a nueva luz. Y si me he permitido proyectar sobre una realidad actual algo de lo que los textos me enseñaron, no ha sido para producir una confusión entre la Historia y el ensueño político.
El hecho es éste: la guerra de las Comunidades de Castilla tuvo un carácter eminentemente nacionalista. Sobre esto, los documentos hablarán por mí, y yo habré de limitarme a concordar su sentido.
Pero antes, para situar el hecho, y después, para prolongar sus consecuencias y derivaciones hasta esta España de hoy, tan desventurada políticamente como sana y robusta en su cuerpo y en su alma, me permitiré añadir algo que es comentario mío, sentimental y apasionado, pero siempre franco, y sostenido con la visera levantada y con la honesta claridad de quien combatió en las luchas políticas, de las que vive ahora alejado, pero no arrepentido, con la ordenanza y las armas del caballero.
Concepto político de la “unidad” de España en tiempos de los Reyes CatólicosEn el estado actual de los estudios históricos puede ya afirmarse que el concepto político de la unidad de España formóse desde los primeros tiempos de la Reconquista en la monarquía de León, como consecuencia de haberse conservado allí más viva que en otra parte alguna la tradición de la España visigótica.
Mientras la dinastía catalana buscaba, todavía en el siglo XII, la consagración de sus actos de soberanía en la supuesta emanación de una autoridad franca, y los castellanos de la antigua Bardulia, que sólo conocieron superficialmente el dominio visigodo, y es muy probable que conservaron sus montañas indemnes de la invasión musulmana, organizaban oscuramente un poder guerrero independiente; los reyes de Oviedo y de León forjaron el concepto de la unidad política y le dieron un ideal y un contenido jurídicos, remozando la “Lex Wisigothorum” y dando a sus avances el carácter de una reconquista.
En el “Cronicón de Don Sebastián”, que se supone escrito en la primera mitad del siglo X, ya se ponen en boca de Pelayo estas palabras: “Pues confiamos en la misericordia del Señor que desde este montículo que ves se haya de reparar la salud de España.” (“Las Crónicas Latinas de la Reconquista”, A. Huici, tomo 1, pag. 209).
Al terminar el siglo XV, el concepto de la unidad política había triunfado por completo. Después de las luchas contra Almanzor y contra los almorávides, el pueblo guerrero de Castilla había impuesto a León su hegemonía, pero el pensamiento político de la nueva Comunidad fue el de la monarquía leonesa. Y mientras los reyes de la dinastía catalana realizaban su concepción de pueblo de marca, de frontera, dando a sus conquistas la organización de marcas independientes, con unas Cortes y unas leyes y unas administraciones propias; los reyes castellanos, desarrollando el concepto leonés de la unidad, ponían adelantados en las tierras nuevas, las organizaban como provincias y daban asiento en las Cortes de León, no sólo a los procuradores del Reino de Castilla, sino a los de los países conquistados.
En la unidad política creada con gran sentido de la realidad por los Reyes Católicos entraban tres órdenes de colectividades dotadas de concepciones diferentes: los Estados de la Confederación catalano-aragonesa, que tenían un sentido de marca, de frontera, de particularismo federalista; los Reinos, propiamente tales, de León y de Castilla, con sus anexos autónomos de Galicia, Asturias y Vizcaya, en los que podía considerarse dominante la concepción leonesa de la unidad política, bajo la cual florecían los fueros y las libertades locales, y, por último, las tierras sometidas por las armas: las Extremaduras, las provincias que se extienden desde el ángulo formado por las cordilleras Ibérica y Carpetana hasta el mar, en las que la ausencia de leyes y de tradiciones políticas propias desarrolló el concepto de la “uniformidad”.
Los Reyes Católicos no se propusieron nunca someter a cualquiera de esas concepciones la independencia de las demás. Dentro de cada uno de sus Estados lucharon por el robustecimiento del Poder real; pero recomendaron en sus testamentos la más perfecta separación de cargos y funciones, que en nada perjudicó a la orgánica unidad política de su monarquía.
En aquellos tiempos llegó España a la más perfecta y sana idealidad y realizó sus más altas empresas. Nunca volvió el poder de la monarquía a una tan ingenua fuerza de expansión, ni el espíritu patrio brilló nunca tan puro de toda mácula de degeneración o de decadencia. Las Cortes funcionaban separadamente en Castilla, en Cataluña, en Aragón y en Valencia; pero las armas de la más grande España reconquistaban el Reino de Granada, empezaban la dominación en el Norte de África, imponían su hegemonía en todo el Mediterráneo occidental y realizaban en las tierras de América las más fabulosas proezas del linaje humano.
Elementos favorables al uniformismo: la monarquía absoluta, la nobleza y las provincias del Sur.No fue, sin embargo, la concepción política de los Reyes Católicos, ni la de la monarquía leonesa, patrocinadas luego por Castilla, la que se impuso. Aquella unidad orgánica, que del libre desenvolvimiento de todos los pueblos sacaba el esfuerzo máximo para el dominio del Mediterráneo y de las tierras americanas, fue sustituida por la concepción uniformista de la monarquía absoluta, apoyada por la nobleza palaciega y fomentada en el ambiente igualitario y en el estado amorfo de las provincias del Sur.
La monarquía absoluta no era, ciertamente, una concepción castellana ni leonesa, ni, estudiados en toda su complejidad, los hechos de los Reyes Católicos en la gobernación de sus Estados permiten inducir que a tal fin encaminaran sus esfuerzos. Su gran capacidad de ordenación se complació en la creación de órganos diversos para la salvaguardia de la fe católica, el afianzamiento de la paz interior, la recta administración de la justicia y el fomento de los estudios clásicos. Fue necesaria la extinción de la dinastía nacional y el advenimiento de reyes extranjeros, que no contrajeron nunca matrimonio con esposas del país, para que esa deformación del concepto del Estado, esa absoluta concentración de todos los resortes del Poder en la persona del rey, se impusiera a este país, que había agudizado en la rica variedad de sus esfuerzos el sentimiento de la realidad.
La transformación de la nobleza de su antiguo carácter territorial a su nueva vida palaciega debió favorecer la tendencia a la uniformidad encarnada en los monarcas absolutos. Desde los tiempos de Isabel se levanta el persistente clamor contra las dádivas reales de territorios a nobles y, a pesar de la institución de los mayorazgos, el concepto, cada día más claro, de la propiedad privada, la va separando del concepto de soberanía, y el “señor” va siendo un poder más ausente y siempre más sumiso y afecto al Poder real. Cuando en las tierras de Castilla hubieron de levantarse todas las fuerzas sociales en defensa de su libertad, todavía la Santa Causa encontró en la nobleza algunos de sus mejores caudillos. Pero, al suscitarse los mismos movimiento nacionalistas en otros Estados, algo más tarde, la transformación de la nobleza había terminado, y fueron casi exclusivamente los municipios los que defendieron las libertades de la tierra contra el absolutismo uniformista del rey.
La constitución amorfa de las provincias del Sur ofreció a los reyes un medio propicio para el desarrollo de su concepción política. Aunque se hable de los Reinos de Extremadura, de Toledo, de Murcia y de Andalucía, es evidente que estos pueblos no tienen ninguna tradición cristiana independiente. No tienen una historia política propia, ni se rigieron por Códigos especiales, ni conocieron en su territorio la majestad de sus reyes, ni hablaron nunca una lengua propia, ni tuvieron otra cultura que la de sus vencedores, moriscos o castellanos.
Este fue el verdadero hogar del uniformismo en España. Burgos dejó bien pronto de ser cabeza de Castilla, y aunque Valladolid conservó su Cancillería, hubo de compartir el Poder judicial con otras instituciones semejantes. Toda la organización palaciega y burocrática, todos los privilegios para el comercio con las Indias, fueron atraídos a esas provincias del Sur, donde los pueblos fundaban en la carencia de instituciones propias un concepto aparentemente más humano del Poder, porque destruía libertades que parecieron odiosas a quienes no las recibieron de sus tradición.
II - Resistencia opuesta a la uniformidad por las naciones del norteTodas las naciones del Norte de España se resistieron tenazmente contra la confusión y la tiranía. La relación fundamental que hubo entre todos esos movimientos no se ha puesto todavía muy en claro, porque también la historia de la decadencia de España, de ese período en que los reyes extranjeros ahogaron en sangre la defensa que hicieron los pueblos de sus libertades nacionales, ha sido escrita con el evidente propósito de presentarla como una constante, lógica e inevitable evolución hacia el uniformismo.
La Guerra de las Comunidades de Castilla; la de las Germanías, en Valencia; las rebeliones de Aragón, y entre ellas aquella en que fue víctima heroica Juan de Lanuza; las Guerras de la Independencia de Cataluña y de Portugal, representaron, en diversas formas y con diversos resultados, la resistencia de las naciones del Norte contra la imposición extranjera de la monarquía absoluta y el uniformismo igualitario, amorfo y provincialista de las tierras del Sur.
Una de las primeras y más características protestas fue la de “un caballero de estos reinos, que se llamaba el Mariscal Don Pedro, quien, según dice un escritor de la época, dió en no jurar por rey a Carlos, pareciéndole que, por no haber nacido en España, ni ser de la Casa Real de Castilla por vía de varón, no debía jurarle”. Nada fue bastante para reducir la resistencia de este patriota. “Prendiéronle, confiscáronle los bienes y pusiéronle en el Castillo de Atienza”. No se comprenderá bien la entereza del mariscal si no se tiene en cuenta que tales heroísmos individuales encuentran siempre sus raíces en un hondo sentimiento popular. “Estando el Emperador en Valladolid, le mandó venir para que lo jurase, prometiéndole por ello libertad y restitución de su hacienda; pero él no lo quiso hacer, y así le pusieron en el Castillo de Simancas, donde acabó la vida en su porfía, ya sin remedio”.
Es singular el parecido que presenta la relación que hizo el obispo y gran panegirista del emperador Carlos V, don Prudencio de Sandoval, de los agravios recibidos por los castellanos con la que hace la canción popular catalana de los que precedieron a la guerra de los Segadores:
“Estaban encarnizados los flamencos (se refiere a los que habían venido con el emperador) en el oro fino y plata virgen que de las Indias venía, y los pobres españoles, ciegos en darlo por sus pretensiones, llegando a ser común el proverbio de llamar el flamenco al español “mi indio”. Y decían la verdad, porque los indios no daban tanto oro a los españoles como los españoles a los flamencos; llegando esto a tanta rotura y publicidad que se cantaba por las calles:
Doblón de a dos norabuena estedes.
Pues con vos no topó Jeures.
(Tomo II, pág. 8)
Después de otras cosas del mismo carácter, escribe Sandoval estas patéticas palabras, en que se siente la impresión profunda producida en el ánimo del historiador leal por la tragedia popular:
“Además de esto, tenían los flamencos en tan poco a los españoles, que los trataban como esclavos, los mandaban como a bestias, les entraban en las casas, tomaban las mujeres, robaban la hacienda, y no había justicia para ellos. Sucedió que un castellano mató a un flamenco en Valladolid: acogióse a la Magdalena. Entraron tras él los flamencos, y en la misma iglesia le mataron a puñaladas, y se salieron con ello, sin que hubiese justicia ni castigo”. (Tomo II, pág. 9)
Primeros movimientos de la nación castellana contra los extranjerosCuando circuló por Castilla la nueva de la partida del rey, que iba a la Dieta alemana para ser coronado emperador, pareció que el menosprecio del país había llegado a su colmo y que era necesario reunir las ciudades con voto en Cortes para deliberar sobre el remedio.
Llamábase “tudesco” y enemigo de los españoles al rey, que no entendía bien la lengua castellana; pedíase que las Cortes fuesen reunidas en Castilla y no en Galicia, como la última vez, lamentándose que el rey se hubiera detenido mucho en Aragón y poco en la tierra (“Carta de Toledo a las ciudades con voto en Cortes”); protestábase de la exportación enorme de moneda a Flandes, que se hacía ascender a dos millones y quinientos cuentos de oro, y la gente se sentía humillada por la presencia de soldados extranjeros, y por la venta de las mercedes, de las dignidades, de los Obispados, de los Corregimientos y de los Oficios.
Desde los primeros momentos, el carácter nacionalista de la agitación se hizo patente. El rey había dejado, al partir, como gobernador del Reino a un extranjero, el obispo de Tortosa Adriano de Utrech, que después fue Pontífice. Pero los castellanos pedían la presencia personal del rey, y los procuradores de Toledo bien claramente lo dijeron antes de partir: “que los reynos de Castilla no podían vivir sin su rey, ni estaban acostumbrados a ser regidos por gobernadores”. Una frase se hizo corriente en aquella época, y aun la repetía más tarde la Santa Junta en su carta al monarca de Portugal: “y sábese muy bien (decía, refiriéndose al Imperio alemán) que estando en España gobernara lo otro muy ligeramente, porque no son los casos iguales, ni el poder, ni la renta. Que sabemos que lo de allá se gobierna por sus leyes, y lo de acá por su rey”.
Los historiadores que quisieron ver en el levantamiento de Castilla una simple defensa de las libertades municipales, no podrían explicarse que Toledo, en la primera carta escrita a las ciudades con voto en Cortes, redujese a esas reivindicaciones, eminentemente nacionalistas, el objeto de la inteligencia solicitada: “Parécenos que sobre tres cosas nos debemos juntar y platicar sobre la buena expedición de ellas. Nuestros mensajeros a S.A. Enviar conviene a saber, suplicándole: lo primero, que no se vaya de España; lo segundo, que por ninguna manera permita sacar dinero de ella; lo tercero, que se remedien los oficios que están dados a extranjeros en ella”.
Sevilla no contestó; Granada propuso que se debía dejar la reunión para mejor coyuntura; y Burgos, cabeza de Castilla, no ocultó su desconfianza por la iniciativa de Toledo. Esto, en el año 1519 (7 de noviembre). Pero, a medida que se agravaron los sucesos, fueron complicándose las demandas, hasta que en los Capítulos de Tordesillas se hizo un compendio de todas las cuestiones que se agitaban en el alma ardiente de Castilla.
En Toledo triunfaban don Juan de Padilla, don Pedro Laso de la Vega y don Hernando de Avalos, que sostenían incumbía a su ciudad, por su grandeza y haber sido cabeza de España en tiempos de los godos, buscar y procurar el remedio de tantos daños. Valladolid negaba al rey, en un primer ímpetu, los trescientos cuentos que se le pedía, dado “que el reyno iba a quedar sin su persona real y sin los dineros que pedía para llevarlos a reynos extranjeros”.
Incluso las Cortes, que terminaron sus sesiones en La Coruña, después de votar por mayoría el servicio de doscientos cuentos pagados en tres años, insistieron en la necesidad de la presencia del rey, en que no se dejase sacar ni oro ni plata, labrada ni por labrar, y en que fuesen separados los extranjeros de los cargos públicos, y aunque se añadieron peticiones sobre el libre nombramiento de los procuradores de Cortes, sobre el régimen de la Real Casa y reducción de las alcabalas y algunas otras materias, no sólo no se dió con ello un carácter municipalista al movimiento, sino que se dió mayor amplitud a las reivindicaciones nacionalistas.

