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Autor Tema: Pere Coromines - "La guerra nacionalista de las Comunidades de Castilla" (1918)  (Leído 2105 veces)
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« : Enero 31, 2012, 21:54:49 »





I - Examen de los documentos y el comentario con la visera levantada.

Deseo llamaros brevemente la atención acerca del carácter esencialmente nacionalista que tuvo la guerra de las Comunidades de Castilla, no sólo porque considero que, cualquiera que sea la originalidad de mi estudio, no se ha dado a ese carácter todo su valor, sino porque, mediante su examen, se ilumina con nueva claridad la formación de España y el actual problema de su reconstitución.
Devoto discípulo de Fustel de Coulanges, que veía en el desarrollo científico de la Historia la verdadera ciencia de la Sociedad, me atengo en mis trabajos de investigación al estudio de los documentos, si bien he pretendido demostrar en mi ensayo sobre “El sentimiento de la riqueza en Castilla” que no sólo pueden examinarse con tal propósito los cartularios, los registros de los archivos , las lápidas, actas de fundación y otros textos de semejante naturaleza, sino también las obras literarias y los monumentos jurídicos, como los Fueros y Cartas pueblas, los poemas populares y los del “mester de clerecía”, las crónicas y los libros de caballerías y los romances viejos.
Mi trabajo de hoy no tendrá otro valor que el recibido de los documentos sacados a nueva luz. Y si me he permitido proyectar sobre una realidad actual algo de lo que los textos me enseñaron, no ha sido para producir una confusión entre la Historia y el ensueño político.
El hecho es éste: la guerra de las Comunidades de Castilla tuvo un carácter eminentemente nacionalista. Sobre esto, los documentos hablarán por mí, y yo habré de limitarme a concordar su sentido.
Pero antes, para situar el hecho, y después, para prolongar sus consecuencias y derivaciones hasta esta España de hoy, tan desventurada políticamente como sana y robusta en su cuerpo y en su alma, me permitiré añadir algo que es comentario mío, sentimental y apasionado, pero siempre franco, y sostenido con la visera levantada y con la honesta claridad de quien combatió en las luchas políticas, de las que vive ahora alejado, pero no arrepentido, con la ordenanza y las armas del caballero.

Concepto político de la “unidad” de España en tiempos de los Reyes Católicos

En el estado actual de los estudios históricos puede ya afirmarse que el concepto político de la unidad de España formóse desde los primeros tiempos de la Reconquista en la monarquía de León, como consecuencia de haberse conservado allí más viva que en otra parte alguna la tradición de la España visigótica.
Mientras la dinastía catalana buscaba, todavía en el siglo XII, la consagración de sus actos de soberanía en la supuesta emanación de una autoridad franca, y los castellanos de la antigua Bardulia, que sólo conocieron superficialmente el dominio visigodo, y es muy probable que conservaron sus montañas indemnes de la invasión musulmana, organizaban oscuramente un poder guerrero independiente; los reyes de Oviedo y de León forjaron el concepto de la unidad política y le dieron un ideal y un contenido jurídicos, remozando la “Lex Wisigothorum” y dando a sus avances el carácter de una reconquista.
En el “Cronicón de Don Sebastián”, que se supone escrito en la primera mitad del siglo X, ya se ponen en boca de Pelayo estas palabras: “Pues confiamos en la misericordia del Señor que desde este montículo que ves se haya de reparar la salud de España.” (“Las Crónicas Latinas de la Reconquista”, A. Huici, tomo 1, pag. 209).
Al terminar el siglo XV, el concepto de la unidad política había triunfado por completo. Después de las luchas contra Almanzor y contra los almorávides, el pueblo guerrero de Castilla había impuesto a León su hegemonía, pero el pensamiento político de la nueva Comunidad fue el de la monarquía leonesa. Y mientras los reyes de la dinastía catalana realizaban su concepción de pueblo de marca, de frontera, dando a sus conquistas la organización de marcas independientes, con unas Cortes y unas leyes y unas administraciones propias; los reyes castellanos, desarrollando el concepto leonés de la unidad, ponían adelantados en las tierras nuevas, las organizaban como provincias y daban asiento en las Cortes de León, no sólo a los procuradores del Reino de Castilla, sino a los de los países conquistados.
En la unidad política creada con gran sentido de la realidad por los Reyes Católicos entraban tres órdenes de colectividades dotadas de concepciones diferentes: los Estados de la Confederación catalano-aragonesa, que tenían un sentido de marca, de frontera, de particularismo federalista; los Reinos, propiamente tales, de León y de Castilla, con sus anexos autónomos de Galicia, Asturias y Vizcaya, en los que podía considerarse dominante la concepción leonesa de la unidad política, bajo la cual florecían los fueros y las libertades locales, y, por último, las tierras sometidas por las armas: las Extremaduras, las provincias que se extienden desde el ángulo formado por las cordilleras Ibérica y Carpetana hasta el mar, en las que la ausencia de leyes y de tradiciones políticas propias desarrolló el concepto de la “uniformidad”.
Los Reyes Católicos no se propusieron nunca someter a cualquiera de esas concepciones la independencia de las demás. Dentro de cada uno de sus Estados lucharon por el robustecimiento del Poder real; pero recomendaron en sus testamentos la más perfecta separación de cargos y funciones, que en nada perjudicó a la  orgánica unidad política de su monarquía.
En aquellos tiempos llegó España a la más perfecta y sana idealidad y realizó sus más altas empresas. Nunca volvió el poder de la monarquía a una tan ingenua fuerza de expansión, ni el espíritu patrio brilló nunca tan puro de toda mácula de degeneración o de decadencia. Las Cortes funcionaban separadamente en Castilla, en Cataluña, en Aragón y en Valencia; pero las armas de la más grande España reconquistaban el Reino de Granada, empezaban la dominación en el Norte de África, imponían su hegemonía en todo el Mediterráneo occidental y realizaban en las tierras de América las más fabulosas proezas del linaje humano.

Elementos favorables al uniformismo: la monarquía absoluta, la nobleza y las provincias del Sur.

No fue, sin embargo, la concepción política de los Reyes Católicos, ni la de la monarquía leonesa, patrocinadas luego por Castilla, la que se impuso. Aquella unidad orgánica, que del libre desenvolvimiento de todos los pueblos sacaba el esfuerzo máximo para el dominio del Mediterráneo y de las tierras americanas, fue sustituida por la concepción uniformista de la monarquía absoluta, apoyada por la nobleza palaciega y fomentada en el ambiente igualitario y en el estado amorfo de las provincias del Sur.
La monarquía absoluta no era, ciertamente, una concepción castellana ni leonesa, ni, estudiados en toda su complejidad, los hechos de los Reyes Católicos en la gobernación de sus Estados permiten inducir que a tal fin encaminaran sus esfuerzos. Su gran capacidad de ordenación se complació en la creación de órganos diversos para la salvaguardia de la fe católica, el afianzamiento de la paz interior, la recta administración de la justicia y el fomento de los estudios clásicos. Fue necesaria la extinción de la dinastía nacional y el advenimiento de reyes extranjeros, que no contrajeron nunca matrimonio con esposas del país, para que esa deformación del concepto del Estado, esa absoluta concentración de todos los resortes del Poder en la persona del rey, se impusiera a este país, que había agudizado en la rica variedad de sus esfuerzos el sentimiento de la realidad.
La transformación de la nobleza de su antiguo carácter territorial a su nueva vida palaciega debió favorecer la tendencia a la uniformidad encarnada en los monarcas absolutos. Desde los tiempos de Isabel se levanta el persistente clamor contra las dádivas reales de territorios a nobles y, a pesar de la institución de los mayorazgos, el concepto, cada día más claro, de la propiedad privada, la va separando del concepto de soberanía, y el “señor” va siendo un poder más ausente y siempre más sumiso y afecto al Poder real. Cuando en las tierras de Castilla hubieron de levantarse todas las fuerzas sociales en defensa de su libertad, todavía la Santa Causa encontró en la nobleza algunos de sus mejores caudillos. Pero, al suscitarse los mismos movimiento nacionalistas en otros Estados, algo más tarde, la transformación de la nobleza había terminado, y fueron casi exclusivamente los municipios los que defendieron las libertades de la tierra contra el absolutismo uniformista del rey.
La constitución amorfa de las provincias del Sur ofreció a los reyes un medio propicio para el desarrollo de su concepción política. Aunque se hable de los Reinos de Extremadura, de Toledo, de Murcia y de Andalucía, es evidente que estos pueblos no tienen ninguna tradición cristiana independiente. No tienen una historia política propia, ni se rigieron por Códigos especiales, ni conocieron en su territorio la majestad de sus reyes, ni hablaron nunca una lengua propia, ni tuvieron otra cultura que la de sus vencedores, moriscos o castellanos.
Este fue el verdadero hogar del uniformismo en España. Burgos dejó bien pronto de ser cabeza de Castilla, y aunque Valladolid conservó su Cancillería, hubo de compartir el Poder judicial con otras instituciones semejantes. Toda la organización palaciega y burocrática, todos los privilegios para el comercio con las Indias, fueron atraídos a esas provincias del Sur, donde los pueblos fundaban en la carencia de instituciones propias un concepto aparentemente más humano del Poder, porque destruía libertades que parecieron odiosas a quienes no las recibieron de sus tradición.

II - Resistencia opuesta a la uniformidad por las naciones del norte

Todas las naciones del Norte de España se resistieron tenazmente contra la confusión y la tiranía. La relación fundamental que hubo entre todos esos movimientos no se ha puesto todavía muy en claro, porque también la historia de la decadencia de España, de ese período en que los reyes extranjeros ahogaron en sangre la defensa que hicieron los pueblos de sus libertades nacionales, ha sido escrita con el evidente propósito de presentarla como una constante, lógica e inevitable evolución hacia el uniformismo.
La Guerra de las Comunidades de Castilla; la de las Germanías, en Valencia; las rebeliones de Aragón, y entre ellas aquella en que fue víctima heroica Juan de Lanuza; las Guerras de la Independencia de Cataluña y de Portugal, representaron, en diversas formas y con diversos resultados, la resistencia de las naciones del Norte contra la imposición extranjera de la monarquía absoluta y el uniformismo igualitario, amorfo y provincialista de las tierras del Sur.
Una de las primeras y más características protestas fue la de “un caballero de estos reinos, que se llamaba el Mariscal Don Pedro, quien, según dice un escritor de la época, dió en no jurar por rey a Carlos, pareciéndole que, por no haber nacido en España, ni ser de la Casa Real de Castilla por vía de varón, no debía jurarle”. Nada fue bastante para reducir la resistencia de este patriota. “Prendiéronle, confiscáronle los bienes y pusiéronle en el Castillo de Atienza”. No se comprenderá bien la entereza del mariscal si no se tiene en cuenta que tales heroísmos individuales encuentran siempre sus raíces en un hondo sentimiento popular. “Estando el Emperador en Valladolid, le mandó venir para que lo jurase, prometiéndole por ello libertad y restitución de su hacienda; pero él no lo quiso hacer, y así le pusieron en el Castillo de Simancas, donde acabó la vida en su porfía, ya sin remedio”.
Es singular el parecido que presenta la relación que hizo el obispo y gran panegirista del emperador Carlos V, don Prudencio de Sandoval, de los agravios recibidos por los castellanos con la que hace la canción popular catalana de los que precedieron a la guerra de los Segadores:
“Estaban encarnizados los flamencos (se refiere a los que habían venido con el emperador) en el oro fino y plata virgen que de las Indias venía, y los pobres españoles, ciegos en darlo por sus pretensiones, llegando a ser común el proverbio de llamar el flamenco al español “mi indio”. Y decían la verdad, porque los indios no daban tanto oro a los españoles como los españoles a los flamencos; llegando esto a tanta rotura y publicidad que se cantaba por las calles:

Doblón de a dos norabuena estedes.
Pues con vos no topó Jeures.
(Tomo II, pág. 8)

Después de otras cosas del mismo carácter, escribe Sandoval estas patéticas palabras, en que se siente la impresión profunda producida en el ánimo del historiador leal por la tragedia popular:

“Además de esto, tenían los flamencos en tan poco a los españoles, que los trataban como esclavos, los mandaban como a bestias, les entraban en las casas, tomaban las mujeres, robaban la hacienda, y no había justicia para ellos. Sucedió que un castellano mató a un flamenco en Valladolid: acogióse a la Magdalena. Entraron tras él los flamencos, y en la misma iglesia le mataron a puñaladas, y se salieron con ello, sin que hubiese justicia ni castigo”. (Tomo II, pág. 9)

Primeros movimientos de la nación castellana contra los extranjeros

Cuando circuló por Castilla la nueva de la partida del rey, que iba a la Dieta alemana para ser coronado emperador, pareció que el menosprecio del país había llegado a su colmo y que era necesario reunir las ciudades con voto en Cortes para deliberar sobre el remedio.
Llamábase “tudesco” y enemigo de los españoles al rey, que no entendía bien la lengua castellana; pedíase que las Cortes fuesen reunidas en Castilla y no en Galicia, como la última vez, lamentándose que el rey se hubiera detenido mucho en Aragón y poco en la tierra (“Carta de Toledo a las ciudades con voto en Cortes”); protestábase de la exportación enorme de moneda a Flandes, que se hacía ascender a dos millones y quinientos cuentos de oro, y la gente se sentía humillada por la presencia de soldados extranjeros, y por la venta de las mercedes, de las dignidades, de los Obispados, de los Corregimientos y de los Oficios.
Desde los primeros momentos, el carácter nacionalista de la agitación se hizo patente. El rey había dejado, al partir, como gobernador del Reino a un extranjero, el obispo de Tortosa Adriano de Utrech, que después fue Pontífice. Pero los castellanos pedían la presencia personal del rey, y los procuradores de Toledo bien claramente lo dijeron antes de partir: “que los reynos de Castilla no podían vivir sin su rey, ni estaban acostumbrados a ser regidos por gobernadores”. Una frase se hizo corriente en aquella época, y aun la repetía más tarde la Santa Junta en su carta al monarca de Portugal: “y sábese muy bien (decía, refiriéndose al Imperio alemán) que estando en España gobernara lo otro muy ligeramente, porque no son los casos iguales, ni el poder, ni la renta. Que sabemos que lo de allá se gobierna por sus leyes, y lo de acá por su rey”.
Los historiadores que quisieron ver en el levantamiento de Castilla una simple defensa de las libertades municipales, no podrían explicarse que Toledo, en la primera carta escrita a las ciudades con voto en Cortes, redujese a esas reivindicaciones, eminentemente nacionalistas, el objeto de la inteligencia solicitada: “Parécenos que sobre tres cosas nos debemos juntar y platicar sobre la buena expedición de ellas. Nuestros mensajeros a S.A. Enviar conviene a saber, suplicándole: lo primero, que no se vaya de España; lo segundo, que por ninguna manera permita sacar dinero de ella; lo tercero, que se remedien los oficios que están dados a extranjeros en ella”.
Sevilla no contestó; Granada propuso que se debía dejar la reunión para mejor coyuntura; y Burgos, cabeza de Castilla, no ocultó su desconfianza por la iniciativa de Toledo. Esto, en el año 1519 (7 de noviembre). Pero, a medida que se agravaron los sucesos, fueron complicándose las demandas, hasta que en los Capítulos de Tordesillas se hizo un compendio de todas las cuestiones que se agitaban en el alma ardiente de Castilla.
En Toledo triunfaban don Juan de Padilla, don Pedro Laso de la Vega y don Hernando de Avalos, que sostenían incumbía a su ciudad, por su grandeza y haber sido cabeza de España en tiempos de los godos, buscar y procurar el remedio de tantos daños. Valladolid negaba al rey, en un primer ímpetu, los trescientos cuentos que se le pedía, dado “que el reyno iba a quedar sin su persona real y sin los dineros que pedía para llevarlos a reynos extranjeros”.
Incluso las Cortes, que terminaron sus sesiones en La Coruña, después de votar por mayoría el servicio de doscientos cuentos pagados en tres años, insistieron en la necesidad de la presencia del rey, en que no se dejase sacar ni oro ni plata, labrada ni por labrar, y en que fuesen separados los extranjeros de los cargos públicos, y aunque se añadieron peticiones sobre el libre nombramiento de los procuradores de Cortes, sobre el régimen de la Real Casa y reducción de las alcabalas y algunas otras materias, no sólo no se dió con ello un carácter municipalista al movimiento, sino que se dió mayor amplitud a las reivindicaciones nacionalistas.
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« Respuesta #1 : Enero 31, 2012, 21:57:36 »


La guerra de las Comunidades

Por fin partió el rey y quedó el país gobernado por el cardenal Adriano, natural de los Países Bajos, el 20 de mayo de 1520. La rebelión, que había ya empezado en Toledo, donde el pueblo tomó las puertas, los puentes y  los alcázares, aclamando a “Hernando de Avalos y a Juan de Padilla, como padres y defensores de esta república”, cundió rápidamente en toda Castilla.
Estando reunidos el martes de Pascua de Pentecostés los cuadrilleros de Segovia para tratar de las rentas de la iglesia del Corpues Christi, trabóse disputa entre uno de ellos, que acusaba a los oficiales del corregidor de robarles los cirios y hasta las estacas, además de tener un alguacil que prendía los hombres de noche, con un perro, y cierto porquerón, como llamaban a los corchetes de los alguaciles, el cual se llamaba Melón y quiso defender a la justicia, y tan a mal lo tomaron los cuadrilleros, que le echaron una cuerda al cuello y le arrastraron por la ciudad, de lo cual murió; y, una vez muerto, le pusieron en la horca. Como encontrasen poco después en la calle a otro corchete, llamado Portalejo, le llevaron donde al otro y le ahorcaron cabeza abajo, de los pies.
Al día siguiente hubo regimiento en la casa del Ayuntamiento, que estaba en la iglesia de San Miguel, adonde acudió encima de una mula, vestido de sayón y tabardo de terciopelo carmesí, el regidor Tordesillas, que, actuando de procurador, había otorgado el servicio, y habiéndolo sabido los cardadores, que trabajaban en gran número en la ciudad, escalaron las puertas y ventanas y lo sacaron de la iglesia arrastrando.
Entonces se produjo una confusión horrible. Después de llevarle de una parte a otra, cuenta un escritor de aquella época “que a grandes voces todos decían: ¡Muera, muera!, y trajeron la soga, echáronsela a la garganta y dieron con él en tierra. Así le llevaron arrastrando por las calles, dándole grandes empujones y golpes en la cabeza con los pomos de las espadas; aunque daba grandes voces y gemidos diciendo: “Oídme, señores: ¿por qué me matáis?”, no aprovechaban... Salieron el deán y canónigos revestidos con el Santísimo Sacramento, y, lo que más lástima podía hacer, un hermano del mismo regidor, fraile Francisco, muy grave, salió vestido como para decir misa, con el Santísimo Sacramento en las manos, con todos los frailes de San Francisco y cruces de las iglesias. Todos se pusieron de rodillas..., rogando con lágrimas en los ojos que no le matasen, por Jesucristo. Mas... no hicieron caso de ellos.... Cuando llegó a la horca, ya medio ahogado de la soga que de él tiraba, le ataron por los pies y le pusieron entre los dos que el día antes habían ahorcado, los pies arriba y la cabeza abajo”. (Tomo II, pags. 85 y 86.)
La guerra había empezado. Guerra de los comunes por las libertades de Castilla, por la dignidad, por la soberanía y por el fuero de las tierras castellanas, que no se resignaban a ser una provincia del Imperio; contra los caballeros que, no en su totalidad, pero sí en una gran parte, tomaron perezosa y tardiamente la causa del Poder real contra la tierra.
Burgos se levantó con voz de comunidad; Guadalajara, Palencia, Zamora, Salamanca y León, fueron siguiendo el ejemplo. En todas partes dominaba el común, dirigido a veces por los nobles. En Medina del Campo, un tundidor, llamado Bobadilla, adquirió gran prestigio; el pellejero Villoria distinguióse en Salamanca; en todas partes quitaban las varas a la justicia que estaba por el rey. Y cuando el alcalde Ronquillo quiso someter y castigar a Segovia, aparecieron en El Espinar los ejércitos de la Santa Comunidad, llevando a su frente a Juan de Padilla, capitán de Toledo.

Los sufrimientos de Segovia y Medina del Campo

Los principales y más característicos episodios se desarrollaron en Segovia, Medina del Campo, Tordesillas, Rioseco y Torrelobatón. Es verdad que hubo disturbios en todas partes y que aun Sevilla, Murcia y Jaén tuvieron sus momentos de grave alteración. Pero conviene observar que, en muchos casos, la agitación de los tiempos sólo hubo de renovar antiguas discordias entre familias o bandos rivales como en Baeza y Úbeda, donde los Benavides y los Carvajal dieron lugar al incendio de Jódar, en que se dice murieron abrasadas cerca de dos mil personas.
Trágica fue la venganza de Inés Barrientos Manrique, que, para castigar una burla hecha su esposo, uno de los principales caballeros de Cuenca, “convidó a cenar a los comuneros, y cargándoles de buen vino, los hizo llevar a dormir cada uno a su aposento, y una vez sepultados en sueño mandó que los criados los matasen; y muertos los colgaron de las ventanas de la calle”.
La ciudad de Toledo, por ser entonces la más grande del reino, no sólo tomó la iniciativa para la reunión de la Santa Junta, sino que dió a la guerra su más notable capitán, y aun siguió defendiéndose después de la batalla de Villalar. Pero los mismos soldados de Toledo hubieron de llevar la guerra más allá del Guadarrama, donde existía el hogar de la nacionalidad revuelta, y donde no había villa ni poblado que no diese adalides a la comunidad o al rey.
Durante la primera parte de la guerra, el principal interés de la lucha se concentró en la ciudad de los pelaires, en la industriosa y ardiente Segovia, que llegó a reunir doce mil hombres para defenderse contra el alcalde Ronquillo. La ciudad había pedido misericordia al cardenal Adriano, y el rigor con que se quiso proceder contra ella conmovió a todas las ciudades hermanas. Ávila le prestaba su más resuelto apoyo. Salamanca y otras ciudades enviaron hombres en su socorro; todas pidieron al cardenal que se la perdonase.
En una carta que escribió Segovia a la ciudad de Toledo, se decía: “El alcalde Ronquillo es venido a Santa María de Nieva, no como juez piadoso que nos consuele en justicia, sino como cruel tirano para hacernos guerra... Estamos en tanto aprieto puestos, que si algún vecino se desmanda a salir fuera de los muros, si no es de los que el alcalde tiene condenados, rescátanse por dineros. Si se tiene de él sospecha, a fuerza de tormentos le descoyuntan. Si es de los que tienen culpa, a ojo de la ciudad le ponen en la horca. Por manera que para quitarle a uno la vida, basta que se haya hallado en Segovia...”
Cuando el capitán de Segovia, don Juan Bravo, pudo juntarse con Padilla en El Espinar, el alcalde Ronquillo recibió la orden de juntarse con Antonio de Fonseca y tomar en Medina del Campo la artillería del rey que hubieren menester. Escribieron los de Segovia a Medina que no entregasen la artillería, y, como esto así lo hicieron, Fonseca los atacó con extremada crueldad. He aquí como la propia villa relató los hechos en su carta al cardenal Adriano:
“... Porque además de querer sacar la artillería para destruir de hecho el reino, quemaron el monasterio de San Francisco... Los frailes, perdidos y desamparados, duermen en el suelo de la huerta, porque se les quemó la ropa que tenían, y tienen el Corpus Cristi en un hueco de un olmo, que no les quedó donde ponerlo. Y quemóse toda la calle de San Francisco, toda la Rúa y Platería, plazuela de San Juan, calle del Pozo, las medias Cuatro calles, toda la plaza con la iglesia parroquial de San Agustín, la media calle de Ávila y la rinconada con toda la plaza alrededor y parte de la calle del Almirante... Y no satisfecha su ira y crueldad, entraron en las casas cortando los dedos de las manos a las mujeres para sacarlas las sortijas, aljorcas y manilleas; a otras acuchillaban por desnudarlas presto las ropas que traían; a otras dieron muchas saetadas, espingardadas, y, en fin, mataron con escopetas hartos niños. Y hechos estos insultos, porque no les quedase algún linaje de crueldades por ejecutar, robaron clérigos y ancianos, poniendo para hacerlo las manos sacrílegas en ellos...”

Capítulos de la Santa Junta en Tordesillas

Dejando aparte los episodios de Torrelobatón y de Rioseco, porque no son de este lugar, vayamos ahora con la Santa Junta a Tordesillas, donde se había puesto en relación, o más bien apoderado de la reina Juana.
Aunque Sandoval pretende que sólo se reunían en Tordesillas los procuradores de seis ciudades, y que en medio de ellos se sentaba un tundidor llamado Pinillos, “el cual tenía una vara en la mano, y ningún caballero osaba hablar allí palabra sin que primero el tundidor le señalase con la vara” (tomo II, pág. 210), es lo cierto que en el acta de la audiencia con la reina Juana, celebrada por aquellos días en Tordesillas, aparecen presentes los procuradores de Burgos, León, Toledo, Salamanca, Ávila, Segovia, Todo, Valladolid, Madrid, Sigüenza, Soria y Guadalajara. Como se ve, salvo Zamora, que asistió a otras juntas, sólo faltan en la relación las ciudades del Sur.
En estas Cortes de Tordesillas fueron redactados los capítulos que la Santa Junta remitió al rey. He numerado y catalogado los 116 capítulos del reino que contiene este notable documento, la más bella y libre Constitución que se haya dado nunca la nación castellana, y afirmo rotundamente que de su detallado estudio no puede deducirse el carácter municipalista que durante mucho tiempo se ha querido dar a la guerra de las Comunidades.
Se encuentran, así en el preámbulo como en los ítemes, numerosas afirmaciones y preceptos que anticipan en la forma más bella y práctica la doctrina de la moderna época constitucional. El régimen de la casa real, la política tributaria, la inviolabilidad de los procuradores, la abolición de la esclavitud de los indios, la aprobación de cuentas, están tratados con un sentimiento de la libertad política que hace de los comuneros un núcleo precursor de las revoluciones inglesa y francesa. No sé si en lengua alguna se ha defendido el principio de la soberanía popular en una forma tan elegante y humana como la usada por la Santa Junta en su mensaje al emperador:
“Las leyes de estos vuestros reinos, que por razón natural fueron hechas y ordenadas, que así obligan a los príncipes como a sus súbditos, tratando del amor que los súbditos han y deben tener a su rey y señor natural, entre otras cosas dicen y disponen que “deben los súbditos guardar a su rey de sí mismo, que no haya cosa que esté mal a su ánima ni a su honra, ni daño y mal estanza de sus reinos...”
Claro está que entre los 116 capítulos, en que se quiere dar una completa ordenación del Estado, hay algunos que hacen referencia a las ciudades y a las villas, dado que éstas eran las que nutrían principalmente la Hacienda pública y requerían garantías para el levantamiento de las cargas. En la facultad de imponerles huéspedes para el real servicio, en el nombramiento y actuación de sus procuradores y de sus corregidores, en la otorgación y revocación de mercedes, en el apartamiento de los nobles de los cargos de regidores veinticuatros, jurados y otros oficios de los Concejos, y en lo del pleito homenaje que los alcaldes de las fortalezas habían de hacer a su alteza y la seguridad que debían dar a las ciudades y villas de que no recibirían daño por dichas fortalezas, hubo el propósito más bien de conservar antiguas libertades que de obtener otras nuevas.
Pero esto no basta para dar a todo el movimiento de las Comunidades el carácter de una lucha por las libertades municipales. En ninguna parte de habla de los fueros olvidados ya o caídos en desuso; no recuerdo que en ningún momento de la lucha se hiciese hincapié en el contenido de esos ítems que, no obstante, no podían dejar de anotarse en una Constitución general del reino. Es más: ni siquiera la defección, cada día más generalizada, de los caballeros, dió en ningún momento a la rebelión el aspecto de una guerra social o política de los comunes contra la nobleza.
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« Respuesta #2 : Enero 31, 2012, 22:02:23 »


Carácter nacionalista de muchos capítulos

Lo que se repetía desde el principio hasta el final en las cartas de las ciudades, en los capítulos de las Cortes de La Coruña y en los de la ciudad de Burgos, lo que más o menos vagamente fue prometido a los pueblos por los gobernadores del rey, fue lo mismo que con singular preferencia y encarnizamiento se repetía en los capítulos de Tordesillas, es a saber: que el rey viviese en Castilla, que fuesen separados los extranjeros de todos los cargos, y aun del ejército, y que se prohibiese la exportación de la moneda.
Hay que ver la elocuencia y el ahínco con que se suplican estas cosas: “Ninguna cosa, se dice en el capítulo primero, de lo que a S.M. Se le suplica, ha de satisfacer a estos reinos... como venir brevemente en ellos. Porque no es costumbre de Castilla estar sin su rey...”
En el capítulo V se pide “que S.A. Ni sus sucesores no traigan ni tengan en estos reinos gente extranjera de armas para en guarda de su persona real, ni para defensión de sus reinos, pues que en ellos hay muy grande número y abundancia de gente de armas muy belicosa, que bastan para defensión de estos sus reinos y aun para conquistar otros, como hasta aquí lo han hecho”.
Y sobre esto se insiste en otros once capítulos, que suelen figurar a la cabeza de todos los servicios, para pedir que en ningún cargo civil o eclesiástico, togado o militar, sean admitidos los extranjeros, contra los que se ha alzado la nación.
En el capítulo XXXIV y en los otros nueve capítulos que se siguen, se ordena lo conveniente para que termine la carestía de toda clase de moneda. Y, en efecto, se pide “que ninguna moneda se saque ni pueda sacarse de estos reinos y señoríos, oro ni plata labrada ni por labrar, pues está prohibido por leyes de estos reinos, con pena de muerte y confiscación de bienes y otras penas. Porque de haberse hecho lo contrario “especialmente desde que S.M. Vino a estos reinos”, el reino está pobre y perdido”.
Además de esto se dictan disposiciones que preludian el nacionalismo económico que informaba todo el sistema mercantil. Se prohíbe la exportación del pan, de las pieles, del ganado vivo y la circulación de la moneda extranjera; se da preferencia a los mercaderes del país para quedarse la mitad de la lana destinada al extranjero, se declaran abolidas todas las licencias que favorecían los paños extranjeros sobre los nacionales y se sostiene el régimen exclusivo de comercio con las Indias y Tierra Firme, reservado a la Casa de Contratación de Sevilla.
He aquí, reducido a breve compendio, el terrible alegato que formuló Castilla contra el gobierno del rey extranjero que la había empobrecido y humillado, dejándola por tanto tiempo relegada poco menos que al olvido, exhausta de todo y plata, sometida a las depredaciones de flamencos y tudescos, que se entendían en su propia lengua con el rey, poco familiarizado con la lengua castellana.

Concepción que resultó vencida en los campos de Villalar

Las rivalidades de Burgos, Toledo y Valladolid, y las luchas que en la primera y en la última ciudad suscitó el enorme prestigio del Condestable y del Almirante de Castilla, contribuyeron a sembrar el desaliento en el campo de los comuneros, abandonados al fin por su generalísimo, don Pedro Girón, y por muchos otros caballeros. Por fin, en los campos de Villalar, los soldados de la Santa Junta fueron desbaratados, y hechos prisioneros los principales caudillos.
Don Juan de Padilla, capitán de Toledo; don Juan Bravo, capitán de Segovia; y don Francisco Maldonado, capitán de Salamanca, fueron degollados al día siguiente de la batalla, y sus cabezas, mandadas cortar por el alcalde Cornejo, fueron puestas en sendos clavos en la picota.
No puedo resistir el deseo de leer ahora la carta en que don Juan de Padilla, pocos momentos antes de su muerte, se despidió de Toledo. Ya sé que muchos la tildarán de apócrifa; pero habiéndose publicado poco después, si no la escribió por su mano, supo inspirarla por su corazón: “...Tu legítimo hijo Juan de Padilla, te hago saber como con la sangre de mi cuerpo se refrescan tus victorias antepasadas. Si mi ventura no me dejó poner mis hechos entre las nombradas hazañas, la culpa fue en mi mala dicha, y no en mi buena voluntad. La cual, como madre, te requiero me recibas, pues Dios no me dió más que perder por tí, de lo que aventuré. Más me pesa de tu sentimiento que de mi vida. Pero mira que son veces de la fortuna, que jamás tienen sosiego. Sólo voy con un consuelo muy alegre: que yo, el menor de los tuyos, morí por tí, e que tú has criado a tus pechos a quien podría tomar enmienda de mi agravio. Muchas lenguas habrá que mi muerte contarán, que aún yo no la sé, aunque la tengo bien cerca: mi fin te dará testimonio de mi deseo. Mi ánima te encomiendo, como patrona de la cristiandad; del cuerpo no hago nada, pues ya no es mío; ni puedo más escribir, porque al punto que ésta acabo tengo a la garganta el cuchillo, con más pasión de tu agravio que temor de mi pena”.
En los campos de Villalar fue vencida la concepción de León, adoptada por la vieja Castilla, la unidad que desarrollaron con gran sentido de la realidad los Reyes Católicos. Una vez dominada Castilla, la monarquía absoluta no tuvo más que alentar la hegemonía de los pueblos del Sur para imponer su concepción uniformista. Bien pronto fueron dominados a su vez los Estados de la Confederación catalano-aragonesa, y España degeneró rápidamente en esa yerma soledad donde se impuso a las naciones la inhumana igualdad, que si es ley de tiranía para los individuos, es sentencia de muerte para los pueblos.
Hay un hecho que es sumamente elocuente por sí mismo. A pesar de la derrota de las Comunidades, siguieron reuniéndose las Cortes de Castilla durante muchos años; pero al caer en 1714 el último núcleo de resistencia nacional en Cataluña, no sólo dejaron de convocarse las Cortes del último país vencido, sino que también desaparecieron las castellanas. Es verdad que hubo un simulacro de ellas para recibir el juramento del rey Luis; pero en lo sucesivo, ni por pura fórmula volvieron a ser convocadas.
La historia de la concepción política genuinamente española, que empezó a morirse en Villalar, terminó cerca de dos siglos después en Barcelona. En aquel entonces habíamos agotado venturosamente la provisión de reyes de la casa de Austria. Hubiera parecido natural que hubiésemos tratado de remozar en España las más elevadas instituciones de la monarquía. Pero no fue así; las intrigas de Luis XIV nos impusieron un rey francés que dió glorioso fin a lo poco que aún quedaba de la concepción española, habiendo tenido desde entonces exquisito cuidado en procurar a nuestros reyes enlaces extranjeros, no sé si para evitar que la plebeya sangre del país bastardease el flujo vital del derecho divino.

III - Necesidad de reanudar la historia de la unidad política de España interrumpida por la batalla de Villalar

Permitidme que, a manera de conclusión, añada algunas breves reflexiones a mi trabajo1. Pido para ello licencia y perdón. Habré de revolverme contra una aberración bastante generalizada, que sólo concibe la unidad de España dentro de la más inhumana uniformidad. Entre las muchas concepciones del Estado que pueden ser viables en todo país, según eso sólo una realiza la integridad del mismo. Así, combatir la uniformidad, que antes de poco no subsistirá ya en ningún país del mundo, es combatir a España, pugnar por la disgregación de España.
Yo me permito opinar, en abierta oposición con este funesto prejuicio, que la causa fundamental de la decadencia de España ha sido el creciente predominio de esta concepción política uniformista. Pero como esto habría de probarlo, y ahora no estamos reunidos con este propósito, he de limitarme a otra afirmación que se impone sin prueba de su evidencia; es a saber: que si la uniformidad no ha sido causa de la decadencia, lo cierto es que no ha podido evitarla.
Después de cuatro siglos de experiencias desastrosas, ante el espectáculo que le ofrece Europa, donde los vencedores y los vencidos se aprestan a sustituir por el principio de la unidad orgánica la obra de las monarquías absolutas, es posible que haya llegado el momento de proponer a España que volvamos a reanudar la genuina historia de nuestras concepciones políticas allí donde la cortó el alcalde Cornejo en el cadalso de Villalar.
Yo no sé si en todos los pueblos del Norte de España existe, latente o manifiesta, esa concepción política de la unidad orgánica, y si en todos ellos hay intereses o elementos sociales dispuestos a luchar hasta la muerte para reorganizar o más bien reconstruir el Estado sobre la base del más completo reconocimiento de las libertades nacionales. Ni lo sé, ni es interesante dilucidarlo ahora para el mejor comentario de mi estudio. Para ello me basta saber que, la voluntad de una sola de las naciones sometidas, plantea totalmente ese problema de la reconstrucción de España.
Se dice a gritos que España está sin pulso, y no se quiere ver que eso está así desde hace más de trescientos años. Encima de un país sometido, al que se habían quitado todos esos estímulos de vida que sólo se fomentan con el respeto de las libertades colectivas, subsistió una monarquía que se ha tomado cuatro siglos para agotar los inmensos recursos espirituales acumulados por nuestros antepasados. En ciertos momentos, el pueblo, ese pueblo de donde salieron los comuneros menospreciados, ha recogido en el suelo la bandera que se había caído de las manos de un Estado abyecto. Pero incluso la revolución de septiembre, que acabó por dejar a un lado la desviación federal, pretendió sublimar el principio inhumano de la uniformidad elaborado por la monarquías absolutas.

Reconstitución de España por los pueblos del Norte

¿No os ha llamado la atención, a los que habéis viajado por las ciudades viejas de Castilla, esa extraña contradicción entre la fortaleza de la vida individual y la degeneración manifiesta del Estado? La casa del gobierno es sucia, los empleados que revuelven mugrientos papeles en ella desfallecen más bien de pereza que de austeridad. Es mejor que no digamos cómo está la justicia. Pero la gente que circula por la calles no es gente ligera ni disoluta, ni excesivamente desmedrada. Las familias viven regidas por una íntima ley de amor, en que la autoridad del padre se hace virtud en la obediencia de los hijos. Ni se conoce apenas el estigma de la mujer que no quiere ser madre, ni nacen hijos ilegítimos en la proporción que en otros países, ni el joven deserta de su deber, ni se pone excesiva sensualidad en los placeres, ni los espíritus se toman del orín del engaño. Las casas de las rameras no se ven, como en otras partes, más concurridas que los templos de Dios.
En este pueblo ni están enmohecidos los resortes morales. Lo que hay es que carece de estímulos colectivos, porque muchos millones de hombres no constituyen un pueblo. Lo que hace al pueblo es su ley, no una ley cualquiera, sino su ley. La ley del pueblo es su libertad, y todos esos pueblos del Norte de España no son pueblos, y, por lo tanto, no tienen pulso, porque el uniformismo les arrebató su ley para darles esa cosa inhumana y despreciable que es la ley de todos.
Yo viví diez meses en el lugar más alto de una montaña, y mi morada recibía en haces de plata la claridad del sol. Al romper el alba la evaporación del rocío, hacía subir hasta mi ventana el rico perfume de las plantas silvestres. Hasta los límites del horizonte se extendía el mar. Y, sin embargo, yo pasé allí las horas más amargas de mi vida, porque el castillo de Montjuich era mi cárcel, y no hay alegría donde no hay libertad.
Ciegos serán los que sólo vean en el nacionalismo un problema catalán. Lo que ha empezado a debatirse es la reconstrucción de España por los pueblos del Norte. Algunos dirán: el problema de Castilla no es como el de Cataluña. Pero observad que eso es propio de todos los nacionalismos, que, por serlo, cada uno de ellos es diferente de los demás.
Si queréis que esos hombres adustos de la vieja Castilla constituyan un pueblo, volved la frase de Costa, que quería cerrar bajo doble llave el sepulcro del Cid, a esa distinta, pero no contraria, intención: dejad abiertas las tumbas de Padilla, Bravo y Maldonado, los capitanes de Toledo, Segovia y Salamanca. Devolved a ese pueblo su ley, y la tierra que cada uno de ellos cultiva volverá a formar parte de una nación. Vigorizar una ley es volver un pueblo de la muerte a la vida; imponer a un pueblo una ley que no fue nunca suya, aunque fuese perfecta, equivaldría a imponerle una perfecta tiranía.
Y cuando España vuelva a ser la unión orgánica de los pueblos de la Península, se abrirá para ella una era de amable y poderosa paz. La sangre fluirá bravamente por sus arterias, y sus ciudades serán centinelas vigilantes que recogerán las vibraciones del nuevo espíritu en Europa. Y aún creo que en las ciudades de Castilla no será difícil encontrar desierto algunos de esos pedestales que tanto abundan, con las estatuas de reyes holgazanes, para levantar sobre él la sagrada efigie de aquellos que tuvieron bastante grandeza para despedirse del mundo con estas palabras:
“Sólo voy con un consuelo muy alegre: que yo, el menor de los tuyos, muero por tí”.


Madrid, 27 de noviembre de 1918






(1) Las ideas expuestas en este capítulo no corresponden a mi posición sentimental en el día de hoy. Las publico tales como fueron expuestas hace más de cuatro años en el Ateneo de Madrid. Ni quiero falsear mi pensamiento de ayer atribuyéndome anticipaciones que no tuve, ni puedo permitir que se dé a esa visión mía de una España grande otro valor que el de una ilusión perdida.
Los hombres de mi generación en Cataluña se han visto obligados a renovar constantemente su pensamiento ante la formación, cada día más clara, de la conciencia nacional. Y yo no he de ocultar ni he de renegar de ninguna de las etapas sucesivas por que he pasado. Tengo la muy humana satisfacción de no pertenecer al extravagante grupo de imbéciles que lo han previsto todo.
Ni profeta, ni mixtificador. Hace cuatro años pensaba así y ahora pienso de otro modo. Al preparar las cuartillas de esta nueva obra, he recibido, al llegar aquí, una impresión parecida a la del que, doblando las hojas de un libro que fue en otro tiempo testigo de sus amores, encuentra una flor seca que trae a su memoria el recuerdo de lugares y emociones que ya no volverá a frecuentar ni a sentir.
Quizás lo mejor será tirar esa flor seca. Mas, para el que la puso allí, tiene todavía un tan vago y sublime perfume...
(20 de enero de 1923).
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« Respuesta #3 : Enero 31, 2012, 22:07:21 »


He aquí la biografía de Pere Coromines i Montanya, el intelectual catalán que escribió este interesante artículo, publicado en su obra "Por Castilla adentro" (1930):

Citar
Pere Coromines i Montanya (Barcelona 1870 - Buenos Aires 1939) fue un escritor, político y economista de Cataluña, España, marido de la pedagoga Celestina Vigneaux y padre del filólogo Joan Coromines y Vigneaux, la psicoanalista Júlia Coromines y el matemático Ernest Corominas.

En 1894 se licenció en derecho a la Universidad de Barcelona. Poco antes se había afiliado al partido Unión Republicana de Nicolás Salmerón. Durante su juventud mantuvo contactos con grupos catalanistas, republicanos, modernistas e incluso anarquistas gracias a que formaba parte del equipo de redacción de la revista L'Avenç desde 1895.

También mantuvo contactos con grupos anarquistas a través del grupo cultural Foc Nou, que fundó con Jaume Brossa, Alexandre Cortada y Ignasi Iglésias Pujadas, principalmente. El hecho de mantener contactos con el anarquismo lo convirtió en sospechoso para las autoridades. Por este motivo, cuando se produjo el atentado de la calle Canvis Nous durante la procesión del Corpus en 1896, fue detenido y procesado en el proceso de Montjuic, siendo condenado a muerte. Finalmente, la pena cambió a 8 años de prisión.

En 1897 fue exiliado a Francia por las autoridades españolas hasta que fue amnistiado por el gobierno de Sagasta en 1901. Poco después se doctoró en derecho y estudió economía en la Universidad de Madrid. Aprovechó la estancia para iniciar una campaña para la revisión de las condenas del proceso de Montjuic, que contó con el apoyo de personalidades como Miguel de Unamuno y Federico Urales.

En 1903 volvió a Barcelona para ocupar el cargo de Negociat d'Ingressos i Despeses del Ayuntamiento de Barcelona, y en 1907 redactó con el alcalde Ildefonso Sunyol la Memoria y proyecto de contrato con el Banco Hispano Colonial (1907). A la vez, fue miembro fundador del Instituto de Estudios Catalanes el 18 de junio de 1907, en la sección de Historia y Arqueología, y desde el año 1911 de la Sección de Ciencias.

En 1909 fue nombrado presidente de la Unión Federal Nacionalista Republicana y director de El Poble Català. Con este partido fue elegido regidor del Ayuntamiento de Barcelona en las elecciones de 1909 y diputado a cortes en las de Elecciones Generales Españolas de 1910 y 1914. En 1914 inspiró el pacto de Sant Gervasi entre la UFNR y el Partido Republicano Radical de Lerroux, y debido a su fracaso se apartó de la política activa durante muchos años.

En 1916 se dedicó a ejercer de abogado y a hacer conferencias en Madrid. También fue secretario del Banco de Catalunya. Durante la dictadura de Primo de Rivera se dedicó a la literatura, a colaborar en varias publicaciones (cómo La Humanitat y Revista de Catalunya) y fue nombrado presidente del Ateneu Barcelonès, cargo que ejerció de 1928 a 1930. Con la llegada de la Segunda República Española volvió a la política activa. Debido a su experiencia jurídica y política y a su prestigio, Francesc Macià lo incorporó en la comisión redactora del Estatuto de Núria y en 1933 lo nombró Consejero de Justicia y Derecho de la Generalidad de Cataluña.

En las elecciones generales españolas de 1936 fue escogido diputado a Cortes por Esquerra Republicana de Catalunya (dentro del Front d'Esquerres) y durante la Guerra civil española fue nombrado Comisario General de Museos de la Generalidad de Cataluña. Al acabar la guerra se exilió en Buenos Aires con toda su familia, donde murió de una enfermedad al poco tiempo de establecerse.


http://es.wikipedia.org/wiki/Pere_Coromines


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