La
ruta comunera fue magnífica pese al frío: comenzamos frente a la estatua a Carlos V donde el guía enumeró todos sus títulos antes de enumerar todos sus defectos físicos (que tenía tantos como títulos). Subimos a la puerta de Bisagra y desde arriba pudimos contemplar toda la cara norte de la ciudad. Luego pasamos por la Iglesia de Santiago, la Puerta del Sol, Zocodover, el Alcázar, la Hermandad, la Catedral, la Plaza Mayor, la calle Trinidad, la plaza de San Román y por último, la Plaza de Padilla.
Por curiosa, me gustó especialmente la leyenda de las luces y los ruidos en la catedral primada. A ver si me acuerdo bien de la historia: durante muchos años, tras acabar la misa del Jueves Santo y cerrar la catedral, ya caída la noche, algo iluminaba las vidrieras del edificio desde dentro y se oían ruidos. Los vecinos de Toledo se reconocían extrañados por tal fenómeno, ya que no tenía razón de ser. En una ocasión, un vecino toledano se decidió por desvelar este misterio y se escondió una vez finalizada la misa. Desde detrás de una columna comprobó que, una vez cerradas las puertas en el Jueves Santo, una procesión de fantasmas encabezados por el comunero zamorano Antonio de Acuña, surgía e iba desfilando por la catedral. Entre ellos se encontraban todos los que aquel año de 1521 irrumpieron y obligaron a dejar inacabado el oficio. Algunos estaban mutilados, otros degollados, etc. y en el transcurso de su procesión por el interior de la catedral, las estatuas y demás figuras de la catedral retomaban vida desde su forma petrificada y se unían al tétrico desfile. Con el tiempo, debió ser que Acuña pagó la penitencia por su acto y las luces y los ruidos desaparecieron para siempre en tan señalada efemérides.


