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Autor Tema: Hallan en Francia restos de la tumba del Cid profanada en la  (Leído 8255 veces)
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Huidobro
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« : Diciembre 10, 2006, 23:11:16 »


Hallan en Francia restos de la tumba del Cid profanada en la invasión napoleónica

En una urna. Los huesos está en Brionnais, municipio de Gènelard, en Borgoña. Son propiedad de un particular y se conservan en una urna de cristal y madera con un legajo que cuenta su origen

R.P.B/BURGOS

Quizás el famoso destierro del Cid no haya concluido todavía, a pesar de que ya han pasado mil años de su vida y muerte. El héroe castellano, elevado interesadamente a la categoría de mito liberador y redentor por reinos en busca de esplendor y grandeza, luego adornado por los afeites literarios con atributos más propios de los dioses y por fin humanizado gracias a la tenacidad y profesionalidad de algunos historiadores, que lo han reconocido como un gran guerrero mercenario y un príncipe absoluto, tal vez no descanse todavía en la tierra que lo vio nacer, ni tan siquiera en la que lo vio batallar con sus mesnadas.

Una nueva revelación ha venido a zarandear la ya de por sí agitada figura del que en buena hora nació, cuya existencia ha cabalgado, hasta nuestros días, entre la bruma que genera la mezcolanza de historia y leyenda. Puede que los restos del aguerrido caballero burgalés -o, al menos, una parte de ellos- se encuentren en suelo forastero. En Francia, por más señas. En la región de Génelard, en el centro del país, en la comarca de Saône et Loire perteneciente al departamento de Borgoña.

Así lo asevera la Asociación Cultural Page, radicada en esta localidad, que en la elaboración de una guía-inventario del patrimonio de esta zona se dio de bruces con el hallazgo. En la residencia de un vecino de la localidad de Brionnais, que ha preferido mantenerse en el anonimato huyendo de la dimensión pública de este descubrimiento porque considera esta reliquia un tesoro familiar, se encuentran, guardados en una urna de cristal y madera, junto a un manuscrito que acredita su origen y procedencia, algunos restos óseos que presuntamente pertenecen al Cid.

Para tratar de explicar esta última cabriola de los ya de por sí viajeros huesos del héroe de Vivar hay que retroceder en el tiempo doscientos años: a comienzos del siglo XIX, exactamente en 1808, año de la invasión de las tropas napoleónicas. Los soldados franceses, además de mantener en estas campañas una violenta actitud, proyectaron su hostilidad con el expolio de recintos sagrados y la profanación de tumbas y sepulcros, de donde podían obtener anillos, medallones o cualquier otro objeto de valor con que algunas personas de la época eran enterradas.

Los militares de mayor grado, pese a no estar de acuerdo con esa forma de actuar, miraban hacia otro lado, toda vez que esos botines consistían una suerte de pago a la milicia, bastante mal mantenida debido a la carestía de la guerra.

A finales de aquel año de 1808, y según las investigaciones de historiadores franceses, el propio emperador Napoleón, el mariscal Soult, el general Thibault y todo el Estado Mayor se recogen en Burgos, uno de los emplazamientos clave de la campaña ibérica. Con ellos se encuentra el conde de Tournon, originario de la región de Génelard, acompañado por Antoine Comptour, su ayudante de campo.

Estando en Burgos, las autoridades militares tienen conocimiento de la existencia, a pocos kilómetros de la ciudad, en el monasterio de San Pedro de Cardeña, del sepulcro del Cid, héroe castellano cuyas gestas fueron cantadas también siglos atrás por el bardo francés Cornielle. Sabedores de la importancia de esta figura del Medioevo, y con la intención de homenajearla para congraciarse con la población invadida, idean llevar a cabo un acto fastuoso en el centro de la ciudad, en el lugar que hoy ocupa el paseo de El Espolón, para lo que disponen un mausoleo del que no queda hoy ningún vestigio.



un sepulcro saqueado. Sin embargo, cuando va a procederse a recoger los restos de Rodrigo Díaz, comprueban que también ese sepulcro ha sido profanado, y que los pocos huesos que encuentran en el templo posiblemente estén mezclados con los de otros sepulcros. Según el legajo hallado en Génerlard fue el ayudante de campo del conde de Tournon el que se los llevó un 4 de enero de 1809, siendo guardados como una reliquia familiar de generación en generación hasta nuestros días.

Este relato, pese a parecer rocambolesco, podría ser perfectamente real. Según ha confirmado Félix Castrillejo, profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Burgos, el sepulcro del Cid -como el de otros enterramientos del monasterio de Cardeña- fue al menos profanado en dos ocasiones durante la invasión napoleónica.

Como los franceses conocían la importancia del Cid, no sería de extrañar que hubiesen considerado un tesoro de mucho valor sus restos, y que el expoliador hubiese decidido llevárselos a su país tras la campaña española.

El Cabildo estudiará recurrir al ADN y en caso afirmativo pedir los huesos

R.P.B/BURGOS

El presidente del Cabildo de la Catedral, Matías Vicario, considera un asunto importante la revelación de que los restos hallados en Francia podrían pertenecer al Cid. No en vano, desde el año 1921 el principal templo de la ciudad cuenta, bajo la linterna del crucero en su nave central, y bajo sendas losas de mármol, las tumbas del Cid y de su esposa, doña Jimena. «Creemos que es un asunto con suficiente importancia como para ser analizado en la próxima reunión del Cabildo», reconoce Vicario, a quien el municipio de Génelard envió el libro realizado por la Asociación Page y que recoge el descubrimiento.

En este sentido, el presidente del Cabildo no descarta solicitar la prueba del ADN y, en caso de confirmarse que pertenecen al caballero burgalés, reclamar los restos óseos. Sin embargo, intentar cotejar el ADN de la osamenta que obra en poder de un particular en Francia con la que está inhumada en la Catedral podría no ser un acto clarificador.

Javier Peña, profesor titular de Historia Medieval de la Universidad de Burgos y experto en la figura del Cid, pone en duda que los restos enterrados en la Catedral sean de éste; o, al menos, no todos. Según el autor de El surgimiento de una nación. Castilla en su historia y en sus mitos, las profanaciones que se hicieron de su tumba y de otras anejas en San Pedro de Cardeña posiblemente dieron paso a un revoltijo de huesos de todas ellas, y que probablemente los restos óseos que se encuentran sepultados en la Catedral pertenezcan no a una, sino a varias personas.

En este sentido, el historiador apunta que para encontrar paralelismos genéticos con los huesos aparecidos en Francia quizás habría que recurrir a los restos de las hijas del Cid, cuyos sepulcros se hallan en Navarra y Cataluña.

el debate. En la región de la Génelard la noticia de la aparición de la vitrina con los presuntos huesos del Cid saltó a los medios de comunicación el pasado mes de septiembre.

Allí dan por hecho que la osamenta pertenece al caballero burgalés, y ya se ha reabierto el debate sobre si los vestigios deben ser devueltos a Burgos (que aún no los ha pedido), insinuando que esta cuestión debía zanjarse a través de la diplomacia de ambos países. ¿Cómo terminará esta historia?

¿Un destierro de mil años?

R.P.B/BURGOS

Rodrigo Díaz, El Cid, murió en 1099 en Valencia, plaza que junto a Sagunto y Almenara había conquistado años antes por su cuenta, desembarazado de ataduras vasalláticas tras su segundo y merecido destierro, ordenado por Alfonso VI. Su cadáver fue enterrado con todos los honores en la catedral de la ciudad. Dos años más tarde los almorávides asediaron la ciudad, que se hizo indefendible, y doña Jimena tuvo que abandonarla, llevando consigo los restos de su esposo. Su destino era el monasterio de San Pedro de Cardeña de Burgos, lugar en el que el Cid había deseado reposar eternamente. El historiador José Luis González de la Roda inicia con este primer episodio, el traslado de los huesos del Campeador de Valencia a Cardeña, su estudio ‘Los huesos viajeros del Cid’.

No en vano, su descanso llegó a ser -quizás aún lo sea- tan agitado como su vida. Una vez en el monasterio, y con la prohibición que en la época había de hacer enterramientos en el interior de los templos, los restos del Cid fueron inhumados o en el atrio o en la puerta del monasterio. Un siglos después, en 1272, el rey Alfonso X decide hacer construir para honrar la memoria del caballero un gran sepulcro labrado en dos piedras muy grandes en la Capilla Mayor del monasterio, junto a la Epístola, con la siguiente inscripción: Aquí yace enterrado el Grande Rodrigo Díaz, guerrero invicto, y de más fama que Marte en los triunfos. Pero aquel nuevo sepulcro no sería definitivo.

Dos siglos después, en 1447, el entonces abad del monasterio ordenó derribar la iglesia, con lo que todos los sepulcros, incluidos los del Cid y doña Jimena, tuvieron que ser, otra vez, trasladados. El de Rodrigo fue colocado en la entrada de la sacristía, sobre cuatro leones de piedra. Si el Cid había pensado descansar en paz tras una vida dedicada a la guerra se equivocó: sus nobles restos no habían sino comenzado un largo viaje. Así, en 1541, y con el monasterio sometido de nuevo a obras de mejora, su sepulcro vuelve a cambiarse de lugar. En esta ocasión se abre el sepulcro y, según crónicas de la época, se velan los restos antes de ser inhumados en su nuevo emplazamiento.

Sin embargo, este nuevo traslado sentó muy mal a Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, quien envía al monasterio a varios regidores que le piden al abad que retorne los restos al sepulcro anterior, un lugar de honor más acorde que el lateral del Evangelio, el último emplazamiento elegido por los responsables del cenobio.

Los monjes se niegan, y tiene que interceder el mismísimo emperador Carlos V, con cuya firma es enviada al monasterio una cédula en la que se obliga a los religiosos a restituir el sepulcro del Campeador. No se producirían más vaivenes hasta 1736, año en que los monjes deciden construir una capilla consagrada a San Sisebuto, que albergará los restos del Cid, de doña Jimena y del resto de personas inhumadas en el monasterio. Lo peor estaba por llegar. Años más tarde, en 1808, la invasión napoleónica provocó la huida de los monjes. El templo fue profanado en su totalidad y expoliadas tumbas y sepulcros.

un mausoleo en la ciudad. Como se recoge en las páginas anteriores, el general Thiebault, para congraciarse con el pueblo invadido, decide trasladar los restos del héroe castellano (una parte, ya que otra, como se supo más tarde, fue llevada a Francia por el príncipe Salm Dyck y devuelta en el siglo XIX) a un lugar céntrico de la ciudad de Burgos: el Espolón. El 19 de abril de 1809, en una acto lleno de fasto y de boato, se lleva a cabo la ceremonia de la sepultura de los restos del Cid (o lo que entonces ya fueran) al magno mausoleo edificado para la ocasión.

El fin de la invasión francesa supuso el regreso de los monjes al monasterio de Cardeña, y con ellos su deseo de que los restos del Cid también fueran devueltos al templo. En 1816 piden al Ayuntamiento un traslado que no conseguirán hasta diez años después, si bien este regreso se hará con todos los honores. La desamortización y la corriente anticlerical que se desató tras el triunfo progresista en España en 1840 volvieron a despoblar el monasterio, quedando al albur de profanadores y vándalos. Se estudia trasladar el sepulcro del Cid a la ciudad, para evitar males mayores, pero la escasez económica del Consistorio lo impide. Por fin, en 1842, se procede a ese traslado, aunque antes se abre el sepulcro.

En el acta firmada tras ese acto se hace notar que «la falta de los mismos huesos que se citan en 1826». Mientras se prepara un panteón que, por fin, haga justicia a la figura del caballero castellano, sus restos son honrados en la capilla de las Casas Consistoriales. Pero la historia de España, rica en pronunciamientos militares, lo impedirá por un tiempo: Narváez echa a Espartero, y los restos viajeros son recluidos en el archivo, en tanto se normaliza la situación política. Aunque a punto estuvieron, años más tarde, de ir a parar al panteón nacional construido en San Francisco el Grande, en Madrid. Según el historiador González de Roba el último capítulo de tan ajetreada historia se escribe en 1921, año en que, presidido por el rey Alfonso XIII, se entierran los restos del Cid y de doña Jimena en el Crucero de la catedral.

No todos, empero: faltan, desde las profanaciones de la invasión napoleónica, los huesos más pequeños: carpo, metacarpo, tarso, metatarso y falanges, exactamente los mismos vestigios óseos que han aparecido ahora en una urna propiedad de un particular en la localidad de Génelard. ¿Serán estos de verdad pertenecientes al Cid? ¿Es posible que, mil años después de su existencia, parte de los restos del Campeador sigan en un destierro que ya se antoja tan eterno como la muerte?

2007, año cidiano. El Consorcio del Camino del Cid se reunió la semana pasada en Zaragoza para definir las actuaciones a desarrollar en 2007, año en el que se cumple el octavo centenario de la aparición del Cantar de Mio Cid. La propuesta más ambiciosa es el proyecto de senderización y señalización de este intinerario cultural, que recorre las provincias por las que atravesó el Campeador durante su destierro.
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ariasgonzalo
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« Respuesta #1 : Diciembre 10, 2006, 23:52:58 »


Joder, no se puede ser tan famoso. Interesante artículo y noticia.

Citar
los restos de las hijas del Cid, cuyos sepulcros se hallan en Navarra y Cataluña.


No tenía ni idea de esto. El Cid a Castilla, y sus hijas también. zz52  zz52
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Castellano y libre
riopadre
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« Respuesta #2 : Diciembre 11, 2006, 07:31:40 »


Cita de: "Huidobro"
Hallan en Francia restos de la tumba del Cid profanada en la invasión napoleónica

En una urna. Los huesos está en Brionnais, municipio de Gènelard, en Borgoña. Son propiedad de un particular y se conservan en una urna de cristal y madera con un legajo que cuenta su origen

R.P.B/BURGOS

Quizás el famoso destierro del Cid no haya concluido todavía, a pesar de que ya han pasado mil años de su vida y muerte. El héroe castellano, elevado interesadamente a la categoría de mito liberador y redentor por reinos en busca de esplendor y grandeza, luego adornado por los afeites literarios con atributos más propios de los dioses y por fin humanizado gracias a la tenacidad y profesionalidad de algunos historiadores, que lo han reconocido como un gran guerrero mercenario y un príncipe absoluto, tal vez no descanse todavía en la tierra que lo vio nacer, ni tan siquiera en la que lo vio batallar con sus mesnadas.

Una nueva revelación ha venido a zarandear la ya de por sí agitada figura del que en buena hora nació, cuya existencia ha cabalgado, hasta nuestros días, entre la bruma que genera la mezcolanza de historia y leyenda. Puede que los restos del aguerrido caballero burgalés -o, al menos, una parte de ellos- se encuentren en suelo forastero. En Francia, por más señas. En la región de Génelard, en el centro del país, en la comarca de Saône et Loire perteneciente al departamento de Borgoña.

Así lo asevera la Asociación Cultural Page, radicada en esta localidad, que en la elaboración de una guía-inventario del patrimonio de esta zona se dio de bruces con el hallazgo. En la residencia de un vecino de la localidad de Brionnais, que ha preferido mantenerse en el anonimato huyendo de la dimensión pública de este descubrimiento porque considera esta reliquia un tesoro familiar, se encuentran, guardados en una urna de cristal y madera, junto a un manuscrito que acredita su origen y procedencia, algunos restos óseos que presuntamente pertenecen al Cid.

Para tratar de explicar esta última cabriola de los ya de por sí viajeros huesos del héroe de Vivar hay que retroceder en el tiempo doscientos años: a comienzos del siglo XIX, exactamente en 1808, año de la invasión de las tropas napoleónicas. Los soldados franceses, además de mantener en estas campañas una violenta actitud, proyectaron su hostilidad con el expolio de recintos sagrados y la profanación de tumbas y sepulcros, de donde podían obtener anillos, medallones o cualquier otro objeto de valor con que algunas personas de la época eran enterradas.

Los militares de mayor grado, pese a no estar de acuerdo con esa forma de actuar, miraban hacia otro lado, toda vez que esos botines consistían una suerte de pago a la milicia, bastante mal mantenida debido a la carestía de la guerra.

A finales de aquel año de 1808, y según las investigaciones de historiadores franceses, el propio emperador Napoleón, el mariscal Soult, el general Thibault y todo el Estado Mayor se recogen en Burgos, uno de los emplazamientos clave de la campaña ibérica. Con ellos se encuentra el conde de Tournon, originario de la región de Génelard, acompañado por Antoine Comptour, su ayudante de campo.

Estando en Burgos, las autoridades militares tienen conocimiento de la existencia, a pocos kilómetros de la ciudad, en el monasterio de San Pedro de Cardeña, del sepulcro del Cid, héroe castellano cuyas gestas fueron cantadas también siglos atrás por el bardo francés Cornielle. Sabedores de la importancia de esta figura del Medioevo, y con la intención de homenajearla para congraciarse con la población invadida, idean llevar a cabo un acto fastuoso en el centro de la ciudad, en el lugar que hoy ocupa el paseo de El Espolón, para lo que disponen un mausoleo del que no queda hoy ningún vestigio.



un sepulcro saqueado. Sin embargo, cuando va a procederse a recoger los restos de Rodrigo Díaz, comprueban que también ese sepulcro ha sido profanado, y que los pocos huesos que encuentran en el templo posiblemente estén mezclados con los de otros sepulcros. Según el legajo hallado en Génerlard fue el ayudante de campo del conde de Tournon el que se los llevó un 4 de enero de 1809, siendo guardados como una reliquia familiar de generación en generación hasta nuestros días.

Este relato, pese a parecer rocambolesco, podría ser perfectamente real. Según ha confirmado Félix Castrillejo, profesor titular de Historia Contemporánea de la Universidad de Burgos, el sepulcro del Cid -como el de otros enterramientos del monasterio de Cardeña- fue al menos profanado en dos ocasiones durante la invasión napoleónica.

Como los franceses conocían la importancia del Cid, no sería de extrañar que hubiesen considerado un tesoro de mucho valor sus restos, y que el expoliador hubiese decidido llevárselos a su país tras la campaña española.

El Cabildo estudiará recurrir al ADN y en caso afirmativo pedir los huesos

R.P.B/BURGOS

El presidente del Cabildo de la Catedral, Matías Vicario, considera un asunto importante la revelación de que los restos hallados en Francia podrían pertenecer al Cid. No en vano, desde el año 1921 el principal templo de la ciudad cuenta, bajo la linterna del crucero en su nave central, y bajo sendas losas de mármol, las tumbas del Cid y de su esposa, doña Jimena. «Creemos que es un asunto con suficiente importancia como para ser analizado en la próxima reunión del Cabildo», reconoce Vicario, a quien el municipio de Génelard envió el libro realizado por la Asociación Page y que recoge el descubrimiento.

En este sentido, el presidente del Cabildo no descarta solicitar la prueba del ADN y, en caso de confirmarse que pertenecen al caballero burgalés, reclamar los restos óseos. Sin embargo, intentar cotejar el ADN de la osamenta que obra en poder de un particular en Francia con la que está inhumada en la Catedral podría no ser un acto clarificador.

Javier Peña, profesor titular de Historia Medieval de la Universidad de Burgos y experto en la figura del Cid, pone en duda que los restos enterrados en la Catedral sean de éste; o, al menos, no todos. Según el autor de El surgimiento de una nación. Castilla en su historia y en sus mitos, las profanaciones que se hicieron de su tumba y de otras anejas en San Pedro de Cardeña posiblemente dieron paso a un revoltijo de huesos de todas ellas, y que probablemente los restos óseos que se encuentran sepultados en la Catedral pertenezcan no a una, sino a varias personas.

En este sentido, el historiador apunta que para encontrar paralelismos genéticos con los huesos aparecidos en Francia quizás habría que recurrir a los restos de las hijas del Cid, cuyos sepulcros se hallan en Navarra y Cataluña.

el debate. En la región de la Génelard la noticia de la aparición de la vitrina con los presuntos huesos del Cid saltó a los medios de comunicación el pasado mes de septiembre.

Allí dan por hecho que la osamenta pertenece al caballero burgalés, y ya se ha reabierto el debate sobre si los vestigios deben ser devueltos a Burgos (que aún no los ha pedido), insinuando que esta cuestión debía zanjarse a través de la diplomacia de ambos países. ¿Cómo terminará esta historia?

¿Un destierro de mil años?

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Rodrigo Díaz, El Cid, murió en 1099 en Valencia, plaza que junto a Sagunto y Almenara había conquistado años antes por su cuenta, desembarazado de ataduras vasalláticas tras su segundo y merecido destierro, ordenado por Alfonso VI. Su cadáver fue enterrado con todos los honores en la catedral de la ciudad. Dos años más tarde los almorávides asediaron la ciudad, que se hizo indefendible, y doña Jimena tuvo que abandonarla, llevando consigo los restos de su esposo. Su destino era el monasterio de San Pedro de Cardeña de Burgos, lugar en el que el Cid había deseado reposar eternamente. El historiador José Luis González de la Roda inicia con este primer episodio, el traslado de los huesos del Campeador de Valencia a Cardeña, su estudio ‘Los huesos viajeros del Cid’.

No en vano, su descanso llegó a ser -quizás aún lo sea- tan agitado como su vida. Una vez en el monasterio, y con la prohibición que en la época había de hacer enterramientos en el interior de los templos, los restos del Cid fueron inhumados o en el atrio o en la puerta del monasterio. Un siglos después, en 1272, el rey Alfonso X decide hacer construir para honrar la memoria del caballero un gran sepulcro labrado en dos piedras muy grandes en la Capilla Mayor del monasterio, junto a la Epístola, con la siguiente inscripción: Aquí yace enterrado el Grande Rodrigo Díaz, guerrero invicto, y de más fama que Marte en los triunfos. Pero aquel nuevo sepulcro no sería definitivo.

Dos siglos después, en 1447, el entonces abad del monasterio ordenó derribar la iglesia, con lo que todos los sepulcros, incluidos los del Cid y doña Jimena, tuvieron que ser, otra vez, trasladados. El de Rodrigo fue colocado en la entrada de la sacristía, sobre cuatro leones de piedra. Si el Cid había pensado descansar en paz tras una vida dedicada a la guerra se equivocó: sus nobles restos no habían sino comenzado un largo viaje. Así, en 1541, y con el monasterio sometido de nuevo a obras de mejora, su sepulcro vuelve a cambiarse de lugar. En esta ocasión se abre el sepulcro y, según crónicas de la época, se velan los restos antes de ser inhumados en su nuevo emplazamiento.

Sin embargo, este nuevo traslado sentó muy mal a Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, quien envía al monasterio a varios regidores que le piden al abad que retorne los restos al sepulcro anterior, un lugar de honor más acorde que el lateral del Evangelio, el último emplazamiento elegido por los responsables del cenobio.

Los monjes se niegan, y tiene que interceder el mismísimo emperador Carlos V, con cuya firma es enviada al monasterio una cédula en la que se obliga a los religiosos a restituir el sepulcro del Campeador. No se producirían más vaivenes hasta 1736, año en que los monjes deciden construir una capilla consagrada a San Sisebuto, que albergará los restos del Cid, de doña Jimena y del resto de personas inhumadas en el monasterio. Lo peor estaba por llegar. Años más tarde, en 1808, la invasión napoleónica provocó la huida de los monjes. El templo fue profanado en su totalidad y expoliadas tumbas y sepulcros.

un mausoleo en la ciudad. Como se recoge en las páginas anteriores, el general Thiebault, para congraciarse con el pueblo invadido, decide trasladar los restos del héroe castellano (una parte, ya que otra, como se supo más tarde, fue llevada a Francia por el príncipe Salm Dyck y devuelta en el siglo XIX) a un lugar céntrico de la ciudad de Burgos: el Espolón. El 19 de abril de 1809, en una acto lleno de fasto y de boato, se lleva a cabo la ceremonia de la sepultura de los restos del Cid (o lo que entonces ya fueran) al magno mausoleo edificado para la ocasión.

El fin de la invasión francesa supuso el regreso de los monjes al monasterio de Cardeña, y con ellos su deseo de que los restos del Cid también fueran devueltos al templo. En 1816 piden al Ayuntamiento un traslado que no conseguirán hasta diez años después, si bien este regreso se hará con todos los honores. La desamortización y la corriente anticlerical que se desató tras el triunfo progresista en España en 1840 volvieron a despoblar el monasterio, quedando al albur de profanadores y vándalos. Se estudia trasladar el sepulcro del Cid a la ciudad, para evitar males mayores, pero la escasez económica del Consistorio lo impide. Por fin, en 1842, se procede a ese traslado, aunque antes se abre el sepulcro.

En el acta firmada tras ese acto se hace notar que «la falta de los mismos huesos que se citan en 1826». Mientras se prepara un panteón que, por fin, haga justicia a la figura del caballero castellano, sus restos son honrados en la capilla de las Casas Consistoriales. Pero la historia de España, rica en pronunciamientos militares, lo impedirá por un tiempo: Narváez echa a Espartero, y los restos viajeros son recluidos en el archivo, en tanto se normaliza la situación política. Aunque a punto estuvieron, años más tarde, de ir a parar al panteón nacional construido en San Francisco el Grande, en Madrid. Según el historiador González de Roba el último capítulo de tan ajetreada historia se escribe en 1921, año en que, presidido por el rey Alfonso XIII, se entierran los restos del Cid y de doña Jimena en el Crucero de la catedral.

No todos, empero: faltan, desde las profanaciones de la invasión napoleónica, los huesos más pequeños: carpo, metacarpo, tarso, metatarso y falanges, exactamente los mismos vestigios óseos que han aparecido ahora en una urna propiedad de un particular en la localidad de Génelard. ¿Serán estos de verdad pertenecientes al Cid? ¿Es posible que, mil años después de su existencia, parte de los restos del Campeador sigan en un destierro que ya se antoja tan eterno como la muerte?

2007, año cidiano. El Consorcio del Camino del Cid se reunió la semana pasada en Zaragoza para definir las actuaciones a desarrollar en 2007, año en el que se cumple el octavo centenario de la aparición del Cantar de Mio Cid. La propuesta más ambiciosa es el proyecto de senderización y señalización de este intinerario cultural, que recorre las provincias por las que atravesó el Campeador durante su destierro.



Tambien podrian cotejarse con los del hijo del Cid, muerto en combate en Consuegra y que estarça enterrado en algun lugar de Castilla. ¿creo recordar que se llamaba Pedro ?
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Free Castile
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« Respuesta #3 : Diciembre 11, 2006, 07:41:06 »


Sería llamado Pedro Ruíz como el polifacetico actor y sex-symbol
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Tierra quemada para reyes por llamas comuneras, viva Castilla libre y socialista!!
pepinero
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« Respuesta #4 : Diciembre 11, 2006, 09:22:22 »


el hijo del cid se llamaba Diego Rodriguez ( hijo de de Rodrigo ).
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« Respuesta #5 : Diciembre 11, 2006, 16:10:54 »


Ruiz tambien es Rodriguez, "Rui Diaz de Vivar" es un apocope de Rodriguez
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Tierra quemada para reyes por llamas comuneras, viva Castilla libre y socialista!!
ariasgonzalo
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« Respuesta #6 : Diciembre 11, 2006, 16:43:20 »


Todo esto tiene una solución mucho más facil. Ahí esta Leka, que cotejen los restos con su ADN.  :wink:
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« Respuesta #7 : Diciembre 11, 2006, 21:48:47 »


Cita de: "ariasgonzalo"
Todo esto tiene una solución mucho más facil. Ahí esta Leka, que cotejen los restos con su ADN.  :wink:


Bueníssimo ariasgonzalo, bueníssimo. :lol:  :lol:
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Au revoire dijo Voltaire tirando el chapeau al aire.
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« Respuesta #8 : Diciembre 11, 2006, 23:00:49 »


zz13   zz13

Un saludo amigo
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« Respuesta #9 : Diciembre 11, 2006, 23:40:06 »


:lol:  :lol:  :lol:  :lol:  , pués como tuviese algo que ver conmigo rápido ibais a correr algunos  :twisted:  :twisted:
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De todos los libros del mundo el que debería ser prohibido antes que ningún otro es el catálogo de los libros prohibidos.(Lichtenberg)
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