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Autor Tema: Oscar Pérez Solís - "La insolidaridad castellana" (1934)  (Leído 3503 veces)
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Maelstrom
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« : Octubre 23, 2014, 19:22:28 »


LA INSOLIDARIDAD CASTELLANA





De vez en cuando se alzan en Castilla voces que claman por una vida castellana robusta y enérgica. A veces, la voz clamante se dirige, pidiendo pareceres, a unos cuanto hombres más o menos representativos de Castilla. Contestan casi todos (muy bien, por regla general), y el clamor y las consultas no dan el menor resultado práctico. Por aquí, todo suele quedar en “verba et voces”. Si acaso, rebulle un poco la gente en cuanto el trigo no se vende o baja de precio. He llegado a preguntarme si toda la enorme significación de Castilla se habrá achicado hasta el extremo de que no pase de ser una cuestión cerealista.
Y es caso es que ni para esa cuestión hay unidad de acción en Castilla. El país debiera levantarse unánime en defensa de la producción que se le ha dicho, con endiablada torpeza, que es el cogollo de su vida. Pero la unanimidad no se percibe, a menos que el silencio de casi todos lo interpretemos como adhesión a la protesta de unos cuantos, en lo que tal vez no andemos desencaminados. Porque aquí lo general es el silencio y, cuando más, ir a lo Vicente detrás de los pocos que, no siempre por puro y desinteresado amor a Castilla, llevan la voz cantante.
Esta falta de acción se ha interpretado por algunos como una señal de estoicismo y serenidad. Aquí somos muy estoicos, aquí somos muy serenos, muy ecuánimes, muy sensatos; pero todo el mundo nos gana la partida, y después todo se vuelve hablar de las injusticias que se cometen con Castilla. Sin duda no son pocas; pero ¿a quién atribuírselas? Si contra ellas no reaccionamos más que con quejumbres, y para prevenirlas nos estamos cruzados de brazos ¿será irritante decir que nos las tenemos merecidas? De ello se aprovechan los filibusteros de Vasconia y Cataluña, a los que en Castilla se les da el cincuenta por ciento de facilidades para que se salgan con la suya, como si no fuera nada con nosotros hasta que tenemos encima el estacazo, pues maniobran sin tener un contrario que les estorbe.
La culpa de que esto ocurra es de todos; pero especialmente de los castellanos que con mejores o peores títulos (no suelen ser muy legítimos) no hacen nada positivo, como no sea exhibir un castellanismo de lance cargado de literatura, cuando no de intenciones políticas, para emprender la campaña interior que está haciendo falta en Castilla: la campaña contra la insolidaridad en que aquí se vive y de la que hay muestras a porrillo, desde la que nos ofrece el espectáculo de unos productores que se resisten como fieras a organizarse para la vida económica hasta la que nos brindan muchos castellanistas de pan llevar que, cuando sacan el Cristo de una nueva Castilla, lo hacen con un mezquino espíritu de corrillo, de tertulia, de grupito, con mucho cuidado de apartar a cuantos no sean de la cuerda, como si de lo que se tratara (y de esto se trata muchas veces) no fuera el resurgimiento de Castilla, sino su acaparamiento por algunos de los “clanes” políticos que todavía (¡y lo que te rondaré, morena!) ponen su política, o lo que sea, por encima de todo.
Con unos fines todo lo antipáticos que se quiera, en Vasconia y en Cataluña se ha ido desarrollando, hasta llegar a tener fuerza para perturbar profundamente la vida española, un espíritu de solidaridad que lleva todas las de ganar frente a la insolidaridad castellana. El País Vasco y Cataluña, con todas las divisiones y querellas internas que puedan tener y tienen, son unidades de acción para lo propio y hasta para lo ajeno. Es el secreto de sus victorias y también de las derrotas de Castilla, donde unas provincias miran de reojo a otras, donde si un grupo local dice blanco el contrario se cree en el deber de decir negro, donde cada cual tira por su lado, donde incluso se da el caso peregrino de que cando se habla de ir a una acción regionalista salga un señor diciendo que el regionalismo castellano es un contrasentido. Eso, eso, nada de regionalismo; por el contrario, cantonalismo, taifas, pulverización regional, lloriqueos, quietismo, culto al Estado-providencia (oficiando de sacerdotes de ese culto, como es natural, los políticos “castellanos) y Castilla cada vez más afónica y paralítica.
Hace no mucho tiempo, tuve la ocurrencia, acaso un poco descabellada, de hacerme una ilusión; la ilusión de que en cada capital castellana pudiera encontrarse una docena, o menos, de hombres de buena voluntad, dispuestos a dar de lado a querellas políticas, a entenderse con lealtad para coordinar y poner en marcha un programa mínimo de acción castellana (que, por supuesto, no se redujera a dar vueltas a la noria de los precios del trigo y de la remolacha) y a ejercer, con expresa renuncia de toda aspiración política personal, un apostolado que tuviera como norte la incorporación progresiva del pueblo castellano a unos ideales concretos y a unas normas de organización regional.
En honor a la verdad, como aquella ilusión no ha podido ser aquilatada en la prueba de la práctica, no me atrevo a decir que pudiera tener felices resultados. Desde luego, nadie hizo caso de ella, lo que personalmente no me duele lo más mínimo, pues he llegado a unas alturas de la vida en que los éxitos me tienen completamente sin cuidado. Pero sigo pensando que valdría comprobar lo que en esa idea puede haber de acierto. ¿Quiere recogerla alguien? Me temo que no. Porque aquí sabemos divinamente poner como hoja de perejil a vascos y catalanes; pero aún no se nos ha ocurrido imitar nada de lo bueno que han hecho, y, por consiguiente, hablar de una solidaridad castellana puede que sea tan inútil como pedir peras al olmo. Y ahora se me ha ocurrido pensar que, así como en otros tiempos se decía que Castilla hacía los hombres y los gastaba, ahora pudiera decirse que Castilla no puede deshacer hombres porque los suyos se han empeñado en gastarla a ella. En gastarla o en deshacerla, que viene a ser lo mismo.


Oscar Pérez Solís




Artículo publicado en "El Día de Palencia", nº 13960, 7 de septiembre de 1934.
« Última modificación: Marzo 02, 2018, 13:00:09 por Maelstrom » En línea
Curavacas
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« Respuesta #1 : Octubre 24, 2014, 13:48:56 »


"...aquí sabemos divinamente poner como hoja de perejil a vascos y catalanes; pero aún no se nos ha ocurrido imitar nada de lo bueno que han hecho, y, por consiguiente, hablar de una solidaridad castellana puede que sea tan inútil como pedir peras al olmo".

Ochenta años después seguimos en las mismas.
« Última modificación: Octubre 24, 2014, 15:55:15 por Curavacas » En línea

Viva Padilla alguien grita
nadie su voz sofocara
que amapola comunera
en todo el trigal se ampara
Mudéjar
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« Respuesta #2 : Octubre 24, 2014, 14:16:40 »


Parece mentira, casi nadie escribe y Curavacas me lo ha quitado de los dedos.

 [...]El País Vasco y Cataluña, con todas las divisiones y querellas internas que puedan tener y tienen, son unidades de acción para lo propio y hasta para lo ajeno. Es el secreto de sus victorias y también de las derrotas de Castilla, donde unas provincias miran de reojo a otras, donde si un grupo local dice blanco el contrario se cree en el deber de decir negro, donde cada cual tira por su lado, donde incluso se da el caso peregrino de que cando se habla de ir a una acción regionalista salga un señor diciendo que el regionalismo castellano es un contrasentido. Eso, eso, nada de regionalismo; por el contrario, cantonalismo, taifas, pulverización regional, lloriqueos, quietismo, culto al Estado-providencia (oficiando de sacerdotes de ese culto, como es natural, los políticos “castellanos) y Castilla cada vez más afónica y paralítica.[...]

 Si acaso la única objeción, es que la patente del culto al estado providencia no es de Castilla, en todo caso, sería un culto compartido con otras autonomías del estado.
« Última modificación: Octubre 24, 2014, 14:23:00 por Mudéjar » En línea
serrano
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« Respuesta #3 : Octubre 24, 2014, 16:08:05 »


Un artículo muy interesante, que además de sus contenidos, extraordinariamente útiles y lúcidos ochenta años después, nos demuestra que ha existido una continuidad histórica del castellanismo, a lo largo de por lo menos los últimos doscientos cincuenta años, de la cual somos herederos las diversas corrientes del castellanismo actualmente existentes.

Un castellanismo extraordinariamente pujante, por ejemplo en los años treinta....

Otra cosa es la personalidad de Óscar Pérez Solís, un individuo extraño, complejo y poco estudiado. Que a lo largo de su vida pasó de militar a socialista, a comunista, a castellanista, a falangista, a golpista, a franquista....

http://es.wikipedia.org/wiki/%C3%93scar_P%C3%A9rez_Sol%C3%ADs

Saludos comuneros y castellanistas.
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Donsace
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De Castilla al cielo


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« Respuesta #4 : Octubre 24, 2014, 20:26:59 »


Exacto serrano. Los castellanistas debemos tener claro que, independientemente de los éxitos o no éxitos y lo utópico de lo que podamos plantear (que no imposible) somos depositarios de una tradición política, más o menos relevante, que es importante que se mantenga si creemos en su utilidad.

Sinceramente creo que no lo estamos haciendo tan mal.
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Ancha es Castilla  
Maelstrom
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« Respuesta #5 : Octubre 24, 2014, 21:37:30 »


...Gracias a todos por vuestros comentarios.
Como bien dice Serrano, Pérez Solís fue un personaje bastante complejo y contradictorio: su socialismo juvenil iría dejando paso a posturas leninistas, abrazando después el catolicismo y el falangismo. Los problemas de Castilla nunca le fueron ajenos, como expresaba en artículos periodísticos publicados durante su etapa como dirigente del PSOE en Castilla la Vieja. Intentaré localizar más textos interesantes de este político y escritor.
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Maelstrom
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« Respuesta #6 : Octubre 28, 2014, 21:15:15 »


CASTILLA

LA FARSA CASTELLANISTA





Paralelamente al movimiento nacionalista catalán, ha venido desarrollándose en estos últimos años una ficción que pretende hacerse pasar por movimiento regionalista castellano. Aquel representa, en verdad, un poderoso estado de opinión pública en Cataluña; éste no significa realmente sino un juego de la vieja política centralista. En el nacionalismo catalán confluyen las diferentes formas que reviste el sentimiento consciente de la personalidad de Cataluña; en el titulado regionalismo castellano está condensada solamente la doblez con que en todos los actos de la vida pública proceden los caciques de Castilla.
Desdichadamente, nadie puede afirmar en serio que Castilla tenga conciencia de su ser. Si la tuviese, estarían ya sustituidos por una verdadera representación castellana los figurones que se atribuyen en el Parlamento la de León y Castilla la Vieja.
Primer indicio de que un pueblo se siente soberano es el acabamiento de su estado servil en relación con las oligarquías políticas. Cuando Cataluña eligió libremente sus representantes, pudo decir legítimamente que había reconquistado su perdida nacionalidad. Castilla, la región leonesa-castellana vieja a que mejor cuadra aquella denominación patronímica, no se halla en igual caso que Cataluña. Es todavía el feudo de los Merinos, de los Albas, de los Calderones y de otros caciquillos y cacicuelos. El único castellanismo posible, que por ahora no apunta sino en las ardorosas campañas políticas de quienes nada queremos con la vieja dominación caciquil, ha de comenzar necesariamente con el hundimiento de los cacicatos que tienen estrangulada la ciudadanía y cohibido el bienestar de Castilla.
Y, sin embargo, en estos momentos como si en la comedia política española se quisiese organizar una reacción ofensiva contra la petición de la autonomía integral para Cataluña, se levanta en tierras de Castilla el estrépito de un titulado regionalismo castellano. Lo dirigen las Diputaciones provinciales de aquella región, es decir, las cristalizaciones más características del caciquismo castellano. Y esto hace ver inmediatamente que la ofensiva está ordenada desde Madrid, quizá (y estoy por quitar el quizá) desde el Ministerio de Hacienda, donde la megalomanía del Sr. Alba padece terribles angustias, no por la unidad de la Patria, sino ante la posibilidad de que triunfe un movimiento en que él, hombre que reduce todas las cuestiones a balances de conveniencia personal, sólo acierta a ver un nuevo entorchado en la bocamanga de su enemigo el Sr. Cambó.
La farsa castellanista, que ahora pone en escena uno de sus sainetes para llorar, no posa de sus pendones el lema de la unidad nacional. Es una de las profanaciones a que el caciquismo se entrega en todas partes con el nombre santo de la patria. Como si fuesen Olivares de un redivivo Felipe IV, los hierofantes de la sacrosanta unidad española (con música de la marcha de Cádiz y gestos de 1898) abominan indignadamente del separatismo catalán, que, en todas las realidades de hoy y posibilidades del mañana, tanto debe a esos excelsos custodios del patriotismo, en cuyas manos (si de ellas no le quitamos la presa) acabará por deshacerse la nacionalidad. Es tristemente grotesco que, en estas horas, todavía se permitan los caciques de España el atrevimiento inaudito de salir a defender la unidad de la patria.
En realidad, su posición frente al nacionalismo catalán es, a la vez, un resultado de la ira y una consecuencia del temor. Cataluña, en opinión de los caciques de España, es un caso de insubordinación contra ellos y un mal ejemplo que da a las regiones sometidas aún. Lo primero les indigna; lo segundo les hace temblar. De ahí el afán con que se aplican a combatir el nacionalismo de los catalanes, que seguramente es hoy, considerado como problema político de España, uno de los pocos revulsivos que pueden operar el milagro de hacer revivir a la inerte ciudadanía española. Y uno de los procedimientos empleados para combatir al nacionalismo catalán consiste en despertar y acrecer un odio criminal e idiota contra Cataluña, hinchando todo lo posible el globo del separatismo, y queriendo demostrar que Cataluña medra a costa de España sin reciprocidad de ninguna especie.
Hace falta que Castilla no se deje engañar por los empresarios del fantástico regionalismo castellano. Ellos, en primer lugar, no pueden llamarse legítimamente los representantes de Castilla, puesto que son sus opresores; ellos no van a defender la unidad española, puesto que la han puesto, con torpezas y crímenes inauditos, en trances harto más peligrosos que el actual; ellos tienden solamente a fortalecer, frente al nacionalismo catalán, la posición política de los grandes caciques castellanos. La autonomía catalana puede y debe ser concedida, como la de cuantas regiones la soliciten. Y ha de darse en la máxima amplitud apetecida por el pueblo que la reclame. Esto no tiene nada que ver con el separatismo. Macías Picavea, castellano insigne, dejó en las páginas de «El problema nacional» una vigorosa afirmación autonomista que podrían suscribir casi totalmente los firmantes de la petición de autonomía integral para Cataluña. El separatismo lo fomentan en España los caciques. Ellos son, verdaderamente, los separatistas.
Y las mentecateces con que por tablas se quiere herir de muerte al nacionalismo catalán, hablando de que Cataluña se engrandece a costa del malestar español, es menester que sean acogidas a carcajadas por los castellanos en uso de razón. La provincia de Barcelona (y este dato estadístico, bien fácil de comprobar, lo aduce un castellano tan eximio como Julio Senador en su celebrada obra «Castilla en escombros») paga ella sola al Estado español más que Castilla la Nueva y Castilla la Vieja juntas. Y cuando se hable de arancel y salga a relucir la especie de que el industrialismo catalán nos hace vestir mal y caro, lo que sería bastante discutible, recordemos todos que ese mismo arancel nos hace comer caro el pan, y esto es peor que aquello, para que la rutina y el egoísmo de unos pocos grandes labradores, puntales del caciquismo castellano, explotadores de la mísera población rural castellana, mantengan la ficción de una agricultura cerealista que Costa flageló implacablemente en su campañas agrarias. Y, por último, a los pobres diablos que, repitiendo la cantata dictada por diablos peores, ponderen lo que Cataluña vende a España, no sobrará hacerles considerar lo que España vende a Cataluña. ¡Ánimo y a pensar en esto, señores economistas de mogollón que desde los periódicos caciquiles predicáis la guerra comercial a Cataluña! Sería curioso averiguar adónde enviarían sus trigos y sus harinas ciertos catalanófobos del interior.
Que Castilla está alerta y no se deje sorprender por las maniobras caciquiles de la farsa castellanista. La autonomía catalana, además de justa, es necesaria y conveniente. Representará el primer paso en derechura a la restauración política de España, la vuelta a lo castizamente español, que era la federación de las nacionalidades ibéricas, con sus Gobiernos, Cortes y leyes particulares. El austracismo creó una falsa unidad nacional. España se integró violentamente. Hay que ir a la desintegración para efectuar luego una síntesis armónica. Para llegar a este fin no hay otro camino que la autonomía... Y quienes no quieran abocar a soluciones peores, ¡acuérdense de Cuba!


Oscar Pérez Solís


Artículo publicado en "El Pueblo: semanario democrático", nº 3, 7 de diciembre de 1918.
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« Respuesta #7 : Octubre 28, 2014, 21:24:52 »


Vamos con otro de los muchos artículos periodísticos de Pérez Solís. Éste es de 1918, cuando era una figura señera del socialismo en Valladolid y en toda Castilla la Vieja.
En esta ocasión, ataca a los caciques castellanos de toda la vida, a los politicuchos que medran a costa de nuestra gente. Para Pérez Solís, el supuesto regionalismo castellano de figuras como Santiago Alba o Abilio Calderón (ambos citados en este texto) no es más que la defensa de sus intereses personales: los mismos que agitan la bandera del anticatalanismo y se envuelven en la bandera rojigualda son los mismos que mantienen a Castilla en el atraso y la ignorancia, viene a decirnos nuestro periodista. Como él mismo nos dice, el verdadero castellanismo ha de comenzar necesariamente con el hundimiento de las redes caciquiles que tanto mal hacen a la región.
Acertadas reflexiones que aún hoy siguen siendo válidas. Por desgracia.
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Curavacas
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« Respuesta #8 : Octubre 29, 2014, 01:12:09 »


Madre mía, y que este hombre terminara después en las filas falangistas...
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« Respuesta #9 : Octubre 29, 2014, 12:14:42 »


[...] El austracismo creó una falsa unidad nacional. España se integró violentamente. Hay que ir a la desintegración para efectuar luego una síntesis armónica. Para llegar a este fin no hay otro camino que la autonomía... Y quienes no quieran abocar a soluciones peores, ¡acuérdense de Cuba![...]

Creo que a lo que se refiere este señor es la Borbonismo, no al Austracismo:

http://es.wikipedia.org/wiki/Austracista

Interesante el artículo de la Wikipedia, recomiendo leer lo de la Corona de Aragón.
« Última modificación: Octubre 29, 2014, 12:20:02 por Mudéjar » En línea
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