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Autor Tema: Símbolos históricos y culturales de Castilla. En torno a la identidad castellana  (Leído 11325 veces)
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« : Julio 09, 2009, 19:24:05 »


Cada región ha protagonizado una experiencia histórica que la singulariza. Cada pueblo posee su propia estructura socioeconómica y sus miembros son herederos de un patrimonio común de formas mentales, cuadros de valores peculiares, imágenes, prejuicios, mitos, costumbres, tradiciones y leyendas.
Cada región o nacionalidad, cada pueblo, expresa su propia personalidad cultural en un cuadro de símbolo: marcan su vida y acontecer histórico toda una serie de fechas, personajes y lugares especialmente significativos, surcan su geografía rutas y caminos que adquieren, igualmente, valor de símbolo. Todo ello nos permite profundizar en el conocimiento de su personalidad colectiva.
Trataremos aquí de realizar una síntesis de las fechas, lugares, rutas y personalidades históricas de Castilla. Veremos los más relevantes símbolos de la identidad castellana, enmarcándolos en el devenir histórico de nuestra tierra.


 
Los orígenes del Pueblo Castellano
 
Suele decirse que la Reconquista se inicia en Covadonga, lo que no es si no una verdad a medias, porque la lucha frente al Islam comienza en el Norte de la Península, simultáneamente iniciada por varios focos muy diferentes entre sí.
Restos de la nobleza visigoda fundan en Asturias un pequeño reino con el propósito de restaurar el extinto dominio toledano, de cuyos reyes se proclaman sucesores. Este pequeño estado se extenderá por Galicia y Portugal; y salido de las montañas, creará el reino de León, con pretensiones imperiales. La consolidación de los Omeyas y las presiones asturiana y carolingia sobre la frontera del Islam acentuaron el orientalismo del régimen de Córdoba y provocaron el enfrentamiento de cristianos y musulmanes. El reino de Asturias acogerá gran número de refugiados mozárabes, población caracterizadora del reino leonés.
Independientemente de la conquista visigoda iniciada en Covadonga, varios condados francos, emancipados de la autoridad de la Marca Hispánica del Imperio Carolingio, agrupados en torno al Conde de Barcelona, forman el estado catalán medieval. El pueblo catalán se define originariamente frente a los francos de allende los Pirineos y a los moros del Sur.
Entre ambos extremos surgen Aragón, Navarra y Castilla. Aragón y Navarra, de raíces étnicas vasconas, afirman igualmente su personalidad entre francos y musulmanes. Navarra alcanza pronto su apogeo, cuando en el siglo XI (con Sancho el Mayor) llega a ser el centro político más importante de la España cristiana. Agotadas sus posibilidades de expansión hacia el Sur peninsular, caerá en la órbita política de Francia, de la que no saldrá hasta el siglo XVI. Aragón se irá asemejando cada vez más a Castilla, a medida que avanza la Reconquista por tierras de la vieja Celtiberia, territorio que queda repartido entre ambos reinos, pero con una misma fisonomía social e instituciones: las Comunidades.
Castilla nace en Cantabria. “Perpetua pesadilla de los gobernantes visigodos fueron los pueblos de las montañas Cantabro-Pirenaicas”, dijo Don Ramón Menéndez Pidal.
Cántabros, vascones y refugiados de la vieja Celtiberia, que comparten desde antiguo con ellos un mismo espíritu de libertad , rechazan ahora a los mahometanos (como habían hecho anteriormente los visigodos de Toledo) al mismo tiempo que se oponen a las pretensiones imperiales del reino neogótico Astur-Leonés, dando así origen al Pueblo Castellano.
Fray Justo Pérez de Urbel, uno de los más autorizados historiadores de aquella primitiva Castilla,  expresa con las palabras que siguen el carácter originario de éste territorio: “aquellos hombre son los descendientes de los cántabros rebeldes y los vascones siempre indóciles a todo yugo. Por eso odiaban la ley de los godos contra los cuales habían luchado sus padres cuando se las imponían los reyes de Toledo. La odiaban como un símbolo de servidumbre, como un yugo que estaban dispuestos a sacudir. El carácter apartadizo de aquellos foramontanos era un motivo de alarma en los centros de la Corte. Ya en tiempos del Rey Ramiro I habían tenido la audacia de mostrarse a sí mismos sus jueces, cuando estaba bien claro en la ley de los godos que nadie debía establecer un juez si no el rey o su representante”

La ruta de los foramontanos

Castilla nace por el impulso de estas gentes que viven en la estrechez de las montañas norteñas y se abre camino a la Meseta por los valles de la cabecera del Ebro; son los foramontanos. El foramontano pertenece a esa categoría de hombres que se enfrentan a lo desconocido y que se sabe arriesgado: la conquista de la Meseta, tierra hollada periódicamente por la caballería mora en sus terribles “aceifas”.
El foramontano lucha contra los musulmanes, al mismo tiempo que cultiva el campo y construye una enorme casa. Cada primavera se ocupa un alcor que inmediatamente se fortifica. La “presura” se convertía así en título de propiedad sobre los bienes abandonados por el enemigo que se reparten entre todos por igual, manteniéndose en común grandes extensiones.
Estos hombres se movían impulsados por un instinto de libertad que se expresa en dos palabras esenciales: Reconquista y Fueros. El foramontano se convertía en hombre libre y se hacía una patria libre.
Desde Reinosa y por el puerto del Escudo, desde el País Vasco y por el de Orduña, emerge el pueblo castellano. Entre los numerosos caminos y senderos por los que el foramontano va construyendo Castilla en la cabecera del río Ebro, señalaremos una ruta por localidades emblemáticas de la primitiva Castilla, El recorrido por esta “Castilla Vieja” puede comenzar en Espinosa de los Monteros y visitar lugares como Sotoscueva, Puente Dei, Abadía de Rueda, Villarcayo, Visjueces, Medina de Pomar, San Salvador de Uña, Frías, Briviesca, Poza de la Sal, Villadiego, Sedano, Escalada, Valdelateja, Amaya…

Los primeros lugares y fechas

La palabra “Castilla” aparece por primera vez en un documento del 15 de septiembre del año 800, refiriéndose a la comarca comprendida entre Espinosa de los Monteros, Villarcayo y Medina de Pomar. Se trata de un documento en el que aquellos castellanos primigenios ofrecen al Señor almas y cuerpos, sus casas y el fruto de su trabajo, las presuras que con su ayuda han ocupada y las tierras en las que han levantado iglesias y casas. Los Anales Castellanos rezan: “en era de 852 (año de Cristo 814) salieron los foramontanos de Malacoria y vinieron a Castilla”.
Desde allí, los repobladores se extendieron lentamente hacia el Sur. El conde Nuño Nuñez repuebla Brañosera y le otorga el Fuero más antiguo conocido (año 824). Y un ascendiente de Fernán González aparece entre Escalada y Valdelateja. Esta comarca se veía afectada por los ataques de los musulmanes, que remontando el Ebro, trataban de marchar hacia León: para defenderla se edificaron numerosos castillos, que acabarían dando nombre a todo un pueblo.
Hacia el 850 el Conde Rodrigo, repoblador de Amaya, regía toda Castilla como parte del Reino Astur- Leonés. Le sucede su hijo Diego Rodríguez, bajo cuyo gobierno se da el paso decisivo de repoblar La Bureba y fundar Burgos (año 884); y Nuño Núñez restaura Castrogeriz.
A caballo entre los siglos IX y X se crea la línea defensiva del Arlanza. Entonces surge Lara.
Los viejos anales castellanos señalan con regocijo la campaña del 921, en que se ganan Roa, Clunia, Aza, San Esteban y Osma. Ha llegado Castilla hasta las orillas del Duero.
La alianza de Ordoño II de León con Navarra disgusta a los castellanos, pero dio buenos frutos en la victoria de San Esteban de Gormaz, aunque permitió que los navarros se apoderasen de La Rioja. Los castellanos vieron con desconfianza este avance navarro que amenazaba con cortarles el camino a la expansión territorial, de modo que cuando navarros y leoneses fueron derrotados en Valdejunquera (920), Ordoño II mandó encarcelar a los condes castellanos, acusándoles de falta de colaboración. Las guerras civiles leonesas que siguieron a la muerte de Ordoño II repercutieron decisivamente en el destino ulterior de Castilla.
Castilla, paso a paso, ha ido afirmando su personalidad, y ya está preparada para lograr su independencia. En la Europa Medieval eran frecuentes las secesiones de reinos y condados, debido a discordias hereditarias, por impaciencia de sucesores al trono, por feudatarios deseosos de sacudirse el yugo feudal y convertirse en soberanos, y otras causas de ambición o interés personal.
Pero el caso de Castilla queda fuera de lo corriente, porque obedece a sentimientos identitarios que en la Europa feudal carecían de bases, pues, pese a la disgregación en feudos, la cultura y los sistemas económicos, políticos y sociales eran tan semejantes que a los vasallos les daba lo mismo depender de un señor que de otro…
Pero para el castellano la independencia era cosa mucho más importante. El proceso de la independencia de Castilla es, en líneas generales, el de cualquier emancipación de un territorio: primero, una observación de sí mismo que pone de manifiesto la discordancia del pueblo dominado con el dominador; después se quieren organismos que satisfagan al territorio disidente; finalmente, se rompe con el pueblo dominador y se instaura la independencia.
Así es como se desarrolló la independencia de Castilla: en primer lugar, los castellanos rechazan la legislación romano-visigoda del Fuero Juzgo, repudian la cultura neo-gótica y se sienten distintos a los leoneses¹. En segundo lugar, instauraron sus propias instituciones: los jueces, por ellos elegidos, que juzgan según las leyes y costumbres propias de Castilla. Y, por último, llega la ruptura con el reino leonés y su monarca.

Una tierra y un símbolo: el Castillo

La tierra de los Castillos: Castiella, da nombre a un pueblo y le proporciona su símbolo más permanente: el Castillo. Se trata de un castillo de tres torres (de mayor altura la central) que adquiere diversa configuración según las épocas y gustos artísticos, manteniendo inalterables sus elementos esenciales a través de los siglos.



La constitución de Castilla

Castilla nace renovadora y rebelde frente al conservadurismo leonés. La Reconquista y el Fuero son dos realidades en las que se afirma y se expresa su fuerte personalidad, mientras expande sus fronteras. Reconquista, que no es sólo la recuperación de tierras perdidas, sino construcción de un orden nuevo. Fuero, que es pacto y privilegio, derecho y obligación, prestación y defensa, en un clima de libertad ganada en la lucha.
El carácter originario del Reino Astur-Leonés es su neo-goticismo, su reconquista tiene como finalidad restaurar la vieja monarquía visigoda de Toledo; monarquía unitaria basada en el alto clero y las castas militares (encabezadas por la corona) que se reparten el territorio en señoríos y cuya ley fundamental es el Fuero Juzgo.
Castilla, en cambio, se define como un conjunto de comunidades autónomas en su administración y gobierno interno, con un jefe común (Conde de Castilla y Álava, primero; rey de Castilla y Señor de Álava, después). La sociedad castellana se configura y desarrolla durante los siglos IX-XIII, siendo democrática, libre y artífice de sus propios fueros y leyes.

Las tierras de la Extremadura Castellana

La lucha por la Extremadura (la tierra al Sur y al Este del Duero) dura 200 años, con alterna fortuna, a lo largo de los condados de Fernán González, García Fernández y Sancho García; teniendo un momento importante en el reinado de Fernando I y consumándose con la toma de Toledo por Alfonso VI, en 1085.
En 1079, cuando Alfonso VI emprende la conquista de Toledo, Segovia y su Tierra, a un lado y otro de los puertos, queda ya definitivamente libre del dominio musulmán. Son los soldados del Concejo de Segovia, mandados por los capitanes Díaz Sanz y Fernán García, quienes conquistan Madrid en 1083.
Es el siglo XI, un momento esencial para la personalidad castellana, con la formación de las Comunidades de Villa y Tierra, al Sur del Duero. Caminos esenciales de Castilla son los que unen sus diversas villas y ciudades, cabezas de Comunidad de Tierra.
« Última modificación: Julio 11, 2009, 20:54:11 por Maelstrom » En línea
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« Respuesta #1 : Julio 09, 2009, 19:45:44 »


Ciudades, Villas, Monasterios y parajes de especial significación

Tras aquellos primeros lugares de “Castilla la Vieja” a los que ya hemos hecho referencia, hablaremos ahora (y en primer lugar) de los monasterios y su significación en la formación de Castilla como pueblo, tras las villas y ciudades.
Junto al soldado-colono, aparece el monje-colono. Los numerosísimos monjes de aquel momento, son la expresión más clara de la vivencia de la fe cristiana que impulsa el nacimiento y el crecimiento de Castilla; significando, con su inmediata presencia en la Reconquista y colonización de la tierra, el aliento sobrenatural y espiritual de aquella épica empresa.
No era Castilla, sin embargo, un estado teocrático, pues apenas figura en ella el alto clero y los monasterios castellanos son humildes lugares, muy próximos al pueblo en la pobreza y las dificultades.
Son destacables los siguientes monasterios castellanos:

-San Salvador de Oña, panteón de Condes y Reyes castellanos.
- San Millán de la Cogolla, en La Rioja, lugar donde se ponen por escrito las primeras palabras del idioma castellano: Las Glosas Emilianenses, anotaciones marginales de un monje a quien el latín le resulta ya incomprensible. Aquí surgirá, además, el primer poeta en lengua castellana de nombre conocido: Gonzalo de Berceo.
-San Pedro de Cardeña, lugar íntimamente ligado a la vida del Cid, siendo el sepulcro de este noble castellano hasta la funesta Desamortización.
-Santo Domingo de Silos, centro cultural y artístico de primer orden en la cultura castellana, desarrollada alrededor de su maravilloso claustro.
-San Pedro de Arlanza, uno de los lugares más entrañablemente unidos a la vida de Fernán González y lugar de su enterramiento, hasta que la Desamortización del siglo XIX trajo la desolación y la ruina a este incomparable monumento.
Los restos del primer Conde independiente de Castilla fueron entonces trasladados a Covarrubias, villa igualmente inseparable de las vivencias de Fernán González, que guarda dignamente, bajo las bóvedas de su Colegiata, la memoria del Conde y de su esposa, Doña Sancha, junto a esa obra maestra del arte medieval que es el Tríptico de la Adoración de los Reyes Magos.
Entre los años de 1250 y 1270, un monje de Arlanza recogió en un solo cuerpo literario los numerosos cantos que los juglares habían compuesto (y recitado) durante 200 años, exaltando la figura de Fernán González.
La Desamortización trajo consigo el abandono y el expolio. Las pinturas románicas de la llamada Capilla del Conde son robadas y, tras varias peripecias, terminan en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y en el Museo Metropolitano de Nueva York. San Pedro de Arlanza es convertido en cantera.



El proyecto del embalse de Retuerta, destinado al regadío, ponía en peligro a San Pedro de Arlanza. Cierto es que estaba previsto el traslado del monasterio… ¿Pero qué hubiese sido del río y su vega, los chopos, las cuevas y todo aquel paraje de inigualable belleza? Aunque se gastaron millones y se emplearon años en las obras del embalse, este proyecto no llegó a materializarse. San Pedro de Arlanza es, por lo demás, un lugar a rescatar. Es un símbolo de la Castilla actual, en ruinas, que nosotros hemos de reconstruir.
Al Sur del Duero, en la Castilla de las Comunidades, surgirán algunos humildes monasterios que no tendrán desarrollo posterior, entre los que hemos de citar los de San Frutos de Duratón, Santa María de Tiermes, San Baudilio de Berlanga. Con la entrada del Císter, de la mano de Alfonso VII, se creará el de Santa María de Huerta, el único que alcanza importancia posteriormente en la Extremadura Castellana.
Sólo tiempo después (en 1390) y cuando ya existían varias en Aragón y Cataluña, se creará por Enrique II de Trastámara y en términos de la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia, la primera Cartuja de Castilla, que llegará a tener un gran poder económico. Este monasterio es un símbolo de la implantación progresiva de los señoríos monásticos en Castilla sobre términos comunitarios.
Un avance importante, desde “Castilla la Vieja” se hace realidad con la fundación de Burgos, “Cabeza de Castilla”, de una Castilla que avanza decididamente hacia el Duero. Burgos está llamada, desde sus orígenes, a ocupar un lugar privilegiado en la Historia de nuestra tierra. Trasladándose a ella el viejo obispado de Auca, nace ya esta ciudad como cabeza indiscutible de la Castilla que se extiende hacia el Duero. Las agujas de las torres catedralicias y el placentero monasterio de las Huelgas Reales (palacio y panteón de Reyes) evocan y expresan de un modo singular la cultura y la historia castellana.
En los parajes al Sur del Duero surgirán otras ciudades especialmente representativas de la realidad del pueblo castellano: Ávila y Segovia. Las murallas, el acueducto y el alcázar son sus símbolos. En Segovia se constituye un importante centro industrial que conformará la ciudad en una serie de barrios e instituciones fuertemente democráticas que no serán ajenas a la especial participación de esta ciudad en la Guerra de las Comunidades y en tantos otros hechos de la vida del pueblo castellano.
La repoblación de Soria (al igual que la de Almazán y Ágreda) es obra de Alfonso I de Aragón. Esta ciudad adquiere importancia política poco después, al ser cobijo del rey-niño Alfonso VIII de Castilla. Soria es, además, cabeza de Extremadura, siendo sus monumentos más característicos los Arcos de San Juan del Duero y la portada de Santo Domingo.
Ávila, Segovia y Soria serán cabezas de extensas Comunidades de Villa y Tierra. Junto a ellas surgen y se desarrollan otras comunidades castellanas. Cada Villa-cabeza de Comunidad es un auténtico monumento histórico-artístico.
Subrayemos ahora la importancia que adquieren Osma- Burgo de Osma y Sigüenza, al restaurarse en estas poblaciones las antiguas diócesis que las tuvieron por cabeza en la época visigoda. Las catedrales de Burgo de Osma y Sigüenza son una permanente y grata sorpresa en cada una de las capillas y museos.
Hay otros lugares especialmente significativos en la definitiva y peculiar configuración y constitución de Castilla: Gormaz, Sepúlveda y Cuenca.
Gormaz, símbolo y prototipo de todos los castillos. En las orillas del Duero se fraguó la personalidad definitiva de Castilla. Sobre el Duero, como un gran navío anclado en la Meseta, el castillo de Gormaz.
Al observar la enorme extensión de este baluarte y los amplios horizontes que domina nos damos cuenta de su importancia estratégica y táctica. Dentro de sus muros (de más de 20000 metros cuadrados) podían refugiarse ingentes cantidades de hombres y ganado. La portada es impresionante por su magnitud, su geometría, por su disposición sobre una de las subidas más inaccesibles. Más que puerta para entrar, es un arco de triunfo en honor del Califato.
Hoy todo es paz, silencio y soledad en los campos que domina esta gran fortaleza. Villas y aldeas mueren definitivamente a sus pies, abandonadas por sus habitantes. Este gigantesco castillo de Gormaz, cuyos muros se desmoronan ante la pasividad y la desidia, es un símbolo expresivo de la situación de Castilla, agonizante desde hace siglos, y cuya restauración debe ser urgente si no queremos verla morir.
Sepúlveda, al Sur del Duero. El Fuero de Sepúlveda es la expresión más genuina del derecho medieval fronterizo de Castilla o derecho privilegiado de la Extremadura Castellana. El Fuero de Sepúlveda fue adoptado por muchas otras Comunidades de Villa y Tierra situadas al Sur del Duero, de forma que ya los textos antiguos identifican Fuero de Sepúlveda y Fuero de Extremadura. Este derecho de la Extremadura Castellana tuvo su centro de creación, expresión y difusión en la Villa de Sepúlveda, por lo que su nombre es un símbolo esencial de la Castilla más auténtica.
Sin embargo, es en Cuenca donde recibe el Fuero de Sepúlveda su primera formulación escrita (antes que en la propia Sepúlveda) según los textos hasta hoy conocidos: siendo utilizada la codificación de Cuenca por el Concejo Sepulvedano al redactarse el cuerpo escrito que conocemos con el nombre de Fuero de Sepúlveda, en el cual (no obstante) se revela un derecho más puro que el de la ley escrita conquense.
Cuenca fue conquistada por Alfonso VIII de Castilla el 21 de septiembre de 1177. Conquistada por castellanos, serán sus tierras las más sureñas de las que se repueblen y estructuren según los fueros castellanos y el espíritu original de Castilla; siendo el fuero conquense (según queda dicho) el más antiguo de los fueros escritos de la Extremadura Castellana.

Jalones cronológicos de la expresión de Castilla

Fernán González marca el momento esencial en la afirmación por parte del pueblo castellano de su personalidad y autonomía. Se ha dicho que Fernán González hizo a Castilla. Quizás sea más cierto afirmar que es el pueblo castellano quien crea el personaje y el símbolo.
Fernán González aparece en la historia en el año 929. Castilla extiende, por entonces, sus fronteras hasta el Duero; y es un mosaico de pueblos al que falta unidad de mando y destino, necesitado de un hombre ilustre identificado con su sentir.



Fernán González, Conde de Lara, es un muchacho de unos 19 años. Aparece al año siguiente en documentos con el título de Conde de Castilla; y en 932, con el de Conde de Álava. En el 935, un documento le señala Conde de Castilla “por la gracia de Dios”; y otro de 938, Conde de “toda” Castilla. Fernán González, poco a poco, va llevando a Castilla hacia su madurez política.
Los pueblos castellanos (como gusta de hablar el poema de Fernán González) le reconocen como gobernante (Conde de Castilla y Álava) y le siguen como jefe o caudillo nacional, no como señor de sus dominios, que ni Castilla ni el territorio vascongado eran dominio señorial de nadie, sino tierra libre, reconquistada por sus propios moradores.
Fernán González es el personaje-símbolo de la Castilla original; y su sepulcro (en Covarrubias) debería ser para todo castellano un lugar de obligada visita.



El reinado de Fernando I marca otra etapa importante en la madurez política del pueblo castellano. A su muerte, el primogénito Sancho recibirá Castilla (reparto de 1063). De esta manera se declaraba (dentro de la imposición de los principios navarros del reparto entre los hijos) que Castilla era el primero de los reinos.
Alfonso VI. Durante su reinado, unidas ya las coronas de León y Castilla, se reconquista Toledo en 1085, lo cual hace posible la repoblación de la Extremadura Castellana. Alfonso VII se autotitulará “imperator super omnes hispaniae naciones constitutus” (emperador constituido sobre todas las naciones de España). Es la afirmación del espíritu neo-gótico leonés revitalizado en el encuentro con Toledo, que amenaza el auténtico sentido de “reconquista para un orden nuevo” con que nació Castilla.
Alfonso VIII de Castilla (sólo de Castilla) marca un período de afirmación decisiva del pueblo castellano. En su reinado se llega a la Reconquista hasta Cuenca, el 21 de septiembre de 1177. Fecha y lugar especialmente simbólicos, ya que esta ciudad es la más al Sur de las que se conforman al primigenio modo castellano. En esta hazaña colaboró Alfonso II de Aragón, con cuyo reino se habían suscrito convenios sobre la tierra a conquistar por cada uno de ellos. Se fijan estos límites en plano de igualdad entre ambos reinos cristianos.
Fecha a destacar en la Historia Castellana es el año de 1200, fecha en que los guipuzcoanos, disgustados con los reyes navarros, ofrecieron a Alfonso VIII el “señorío” de su Estado, que el rey castellano aceptó, quedando así unidos a la corona de Castilla. Y hemos de destacar que esta unión no sólo fue pacífica y libremente aceptada por los guipuzcoanos, sino propuesta por ellos mismos. Fecha y hecho importante de resaltar para el mutuo reconocimiento de ambos pueblos (el castellano y el vascongado) y para recordar las más auténticas tradiciones de libertad propias de Castilla, tradiciones que se niegan a reconocer los que tachan de imperialistas y centralistas a los castellanos, y quieren provocar, a un mismo tiempo, enfrentamiento y desprecio hacia Castilla. Se trata sólo en este momento de Guipúzcoa, pues Álava estuvo unida a Castilla desde el nacimiento de ésta (hecho en el que tuvo un papel importante), siendo Fernán González Conde de Castilla a la vez que Señor de Álava.



En 1212, Castilla, Navarra y Aragón ganan la batalla de Las Navas de Tolosa. Es una época de gran expansión territorial. Es también durante este reinado cuando se lleva a cabo una fuerte acción repobladora en los parajes situados entre el Duero y el Tajo, estructurándose también esta zona en Comunidades de Villa y Tierra.
Tras el fallecimiento de Alfonso VIII de Castilla surgen problemas internos. El 1 de julio de 1217 es reconocido Fernando III, por su padre Alfonso IX de León, como rey de Castilla.





Instituciones y símbolos

El Castillo, símbolo primero, indiscutible y permanente de Castilla, es el motivo central (y único) de su escudo y su bandera (el pendón castellano)
Con diversos complementos, el Castillo es también tema central del escudo y los pendones de multitud de Comunidades, Villas y Ciudades castellanas. Castillo de tres torres sobre campo de gules, en el escudo; sobre paño de rojo carmesí en los pendones.
La enseña indiscutible de Castilla (y al margen de que muchas Comunidades de Villa y Tierra tengan su propia y particular enseña), la bandera de Castilla como pueblo, como territorio histórico que desarrolló una lengua, una cultura y unas instituciones sociales, económicas, jurídicas y políticas peculiares (incluso a nivel de realización cívica de un Estado) es el pendón rojo carmesí con castillo dorado.
No hemos aludido todavía al pendón morado castellano. El color morado fue otorgado por Felipe IV a una Guardia Real creada durante su reinado (Tercio de los morados), llamada después “de los castellanos”. Ya entrado el siglo XIX, se divulgó la creencia en un supuesto pendón morado de Castilla, y como tal (y por considerarlo históricamente ligado a Castilla) fue adoptado este color por la Milicia Nacional y por la sociedad secreta liberal de “Los Comuneros”, cuyos integrantes usaban un mandil morado con un castillo. Y de esta errónea identificación del color morado con Castilla viene la franja morada de la bandera republicana:

"El pueblo ha considerado siempre el color morado como el distintivo de Castilla. Ahora bien, lo que sí existía con arraigo profundo en la conciencia del pueblo español, ya fueran sus raíces históricas o simplemente legendarias, era la creencia de que el color de la región castellana morado y de que éste había sido el emblema bajo el cual se habían realizado sus hazañas; y no sólo ésto, sino también de que era el símbolo de sus libertades abatidas en Villalar, representado el recuerdo de unas y otras por aquel glorioso pendón morado de Castilla".

Así explicaba Pedro Rico, alcalde republicano-socialista de Madrid, el significado del color morado en la bandera de la II República.
Concluyamos diciendo que aunque el pendón morado castellano sea fruto de una confusión histórica, no debemos rechazarlo ni mucho menos, ya que ha pasado a ser uno de los símbolos más identificativos de nuestra tierra. En la actualidad, encontramos todavía reminiscencias del color morado castellano: la franja morada presente en el escudo del Real Madrid, las banderas de ciudades como Ávila, Palencia, Tordesillas, Pozuelo de Alarcón o Guadalajara, o el morado en los uniformes (titulares o alternativos) del Real Valladolid son algunos ejemplos.
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« Respuesta #2 : Julio 09, 2009, 19:49:50 »


Las Comunidades de Villa y Tierra

Las comunidades castellanas de Villa y Tierra son la expresión más auténtica y genuina de la cultura y la sociedad de nuestra tierra. En torno a una Villa amurallada surgen una serie de aldeas, que tienen en ella su centro administrativo, social y económico.
La Comunidad retiene, en todo caso, como propiedad colectiva de todo el concejo comunero, las fuentes fundamentales de riqueza de la Tierra, como son los bosques, praderas, aguas, minas y canteras.
La Comunidad crea, por sus jueces populares, un derecho con base en los usos y costumbres del pueblo. Las aldeas esparcidas por la Tierra están representadas en el concejo comunero por sus procuradores, elegidos en los concejos locales.
Eran estas Comunidades castellanas, nacidas con la Reconquista y que han pervivido (aunque con dificultades) hasta el siglo XIX y aún hasta la actualidad; “especie de repúblicas” (según Salvador de Madariaga) que se autogobiernan según sus propios capitanes.
Mucho se ha hablado de las Comunidades de Castilla, pero apenas se ha pasado de una invocación o enunciación repetida y confusa, con absoluto desconocimiento de su naturaleza. Siguiendo los estudios sobre este asunto realizados por De la Fuente, Lécea y Álvarez Laviada, podemos decir que las Comunidades de Villa y Tierra eran instituciones populares que gobernaban un territorio, muy amplio a veces (como la Comunidad de Segovia, que medía más de 150 kilómetros de Norte a Sur). Las características esenciales de las Comunidades de Villa y Tierra eran las siguientes:

- Disponían de un territorio que servía de asiento a una sociedad necesitada de funciones públicas mucho más amplias que las correspondientes a la vida municipal.
- Tenían plena soberanía sobre ese territorio, con ausencia de todo poder señorial.
- Ejercían el poder por emanación del pueblo.
- Tenían único fuero y única jurisdicción para todo el territorio.
- Existía comunidad en la posesión y el uso de las fuentes naturales de producción.
- Tenían autoridad sobre los municipios del territorio y ejercían el derecho de medianeto.
- Tenían ejército con pendón y capitanes propios.
- Existía una ciudad como capital (o sede) permanente. La Villa o Ciudad es la cabeza de la Comunidad, símbolo de la Castilla más auténtica: popular, libre y concejil. Dentro de la Villa hay toda una serie de elementos simbólicos que expresan las realidades anteriormente expuestas.

Todo lo aquí enumerado se comprende fácilmente. Tan sólo falta aclarar que el derecho de medianeto era la función de dirimir contiendas entre los municipios de la Comunidad o entre vecinos de distintos municipios de ella. Tal función está ya consignada en el Fuero de Nájera (aun cuando Nájera no era una Comunidad plena) y se ejecutaba en el puente. El primitivo Fuero de Sepúlveda manda que el derecho de medianeto se realice en el pueblo de Revilla Concejera ( actual Consuegra de Murera, Segovia).



En cuanto a la organización y corporaciones de gobierno, había variedad de unas Comunidades a otras. Vamos a tomar como ejemplo la Comunidad de Segovia, porque (según De la Fuente) era la mejor organizada de Castilla; porque todavía en 1936 había una Junta que administraba sus bienes, reliquias del cuantioso patrimonio comunero de siglos pasados; porque es la Comunidad castellana más conocida en su funcionamiento histórico; y, sobre todo, porque debido a su espontaneidad y el hecho de regirse por normas consuetudinarias podemos tomarla como expresión del carácter castellano.
La Comunidad de Segovia no tenía fuero escrito, y (con raíces seculares en el pueblo) se regía por la costumbre. No cabe aquí preguntar si el fuero era testimonio de la vida popular (en general, los fueros castellanos lo eran, aunque de manera incompleta, pues al lado del fuero valían las costumbres); al no tenerlo escrito, las normas de la Comunidad, consuetudinariamente observadas, eran la expresión misma de la actividad de las gentes.
La Comunidad de Segovia comprendía más de 150 pueblos “aquende y allende puertos” (es decir, a uno y a otro lado de la Sierra) de las actuales provincias de Segovia, Madrid y Ávila. Gobernada desde la ciudad de Segovia, esta Comunidad se dividía en sexmos, que eran circunscripciones electorales para designar procuradores sexmeros, es decir, representantes de la Tierra (nombre con el que se designa el territorio de fuera de la Ciudad). Estos sexmeros son los que todavía en 1936 (en número de uno por sexmo y bajo la presidencia del alcalde de Segovia) formaban la Junta de la Comunidad.
Los organismos, que sufrieron transformaciones a lo largo de la Historia, eran: el Regimiento o Junta de Regidores, electivos, que venía a desempeñar las funciones de Gobierno; el Concejo de la Ciudad, llamado así por residir en ella, pero que se compone de los regidores reunidos con los sexmeros, elegidos a dos por sexmo, y ejerce la autoridad máxima, cuando no está reunida otra asamblea más alta que es la Junta de Cuarentales.2
Las atribuciones del Concejo Segoviano eran tan amplias que en 1297 redacta la Carta Puebla de El Espinar3. Causa extrañeza al historiador leonés Julio Puyol, autor de un estudio sobre este documento, que un Concejo pueda usar la facultad real de poblar y dar fuero. Pero ya hemos visto que el Concejo de Segovia no es representación y gobierno de un municipio, sino de lo que hoy llamaríamos un estado federado, con autoridad sobre los municipios de su territorio. Lo curioso es que la ratificación de esta naturaleza y de esta autoridad puede verse en un interesante libro, del que es autor el propio Puyol, en el que se reproduce una orden del Concejo de Segovia que manda a todos los municipios de la Tierra formar hermandades 4. El Concejo de Segovia no abusa, como cree Puyol, de la debilidad de la monarquía en aquella época. Puebla El Espinar porque tiene autoridad para ello, ya que en Castilla la tierra, y con ella la facultad de poblarla, es de la Comunidad. Y no es El Espinar el único lugar que el Concejo de la Comunidad de Segovia puebla dentro del territorio de su jurisdicción, que también fundó otros pueblos, como Sevilla la Nueva 5.
La Junta de Cuarentales estaba compuesta por los regidores, junto a los sexmeros y unos diputados elegidos por los sexmos. Éstos últimos recibían el nombre de cuarentales, porque sumados a los anteriores completaban el número de 40. Había, además, un importante funcionario electivo (cuyas atribuciones  no entramos a detallar) que se llamaba Procurador General de la Tierra.



En las Comunidades de Villa y Tierra todos los hombres eran iguales, sin distinciones por riqueza, linaje o creencia, según el precepto del Fuero de Sepúlveda que dice que todas las casas ”también del rico como del alto, como del pobre, como del bajo, todas hayan un fuero e un coto”. Es decir, una sola ley y una sola jurisdicción para todos; este Fuero dipone también que “si algunos ricos-omnes, condes o potestades, caballeros o infanzones de mío regno o dotro, vinieren a poblar a Sepúlveda, tales calonnas hayan cuales los otros pobladores, de muerte e de vida”. Además, se ordena “al juez e a los alcaldes que sean comunales a los pobres e a los ricos, e a los altos e a los baxos”; disponiéndose “que cualquiera que viniere de creencia, quier sea cristiano, moro o judío, yengo o siervo, venga seguramientre, e non responda por enemistat, nin por debda, nin por fiadora, nin por creencia, nin por yodormía, nin por merindazgo” 6.
Una restricción conocida es que (en Sepúlveda) para ser alcalde o juez se había de ser caballero, entendiendo por tal al que mantenía de modo efectivo un caballo para la guerra, que no era condición de casta o linaje, por lo cual el hijo de caballero que no tenía caballo, no era caballero, y sí que lo era el hombre que lo adquiriese.
En varias Comunidades de Villa y Tierra aparece un señor, señor de la Villa, según el Fuero sepulvedano. La misión de este funcionario ha sido estudiada (y definida) como un delegado del Rey para los asuntos concernientes a las facultades reales, muy limitadas originalmente. Aun en caso de guerra, la autoridad real estaba condicionada, ya que las tropas de la Comunidad, por mucho que estén bajo el mando supremo del Rey (o de su delegado), van mandadas por capitanes nombrados por el Concejo y siguen sólo al pendón concejil. En los acuerdos que se convervan de las juntas de Concejos comuneros no se ve intervención alguna del señor, ni para proponer, ni para aprobar, ni para votar, ni para nada; ni se le cita a juntas, ni acude a ellas, ni da órdenes a nadie.
Para evitar la aparición de personajes poderosos que pudieran amenazar el buen funcionamiento de la Comunidad, los documentos emanados del Concejo de la Comunidad segoviana no llevan la firma de ningún alto funcionario o personaje influyente, sino que para conservar el prestigio y la autoridad del Concejo como tal, sin vinculación con personalidad alguna, iban firmados por dos escribanos y tres vecinos de la Tierra (que no de la Ciudad, y uno de ellos de “allende puertos”), los cuales, en unión del notario, daban fe de que, reunido el Concejo, había tomado el acuerdo que en el documento se contenía. De este prudente modo, se evitaba que surgiesen oligarquías y se hacía patente que el Concejo observaba incluso las órdenes que se transmitían a los municipios de su Tierra.



Por otra parte, el suelo era propiedad de la Comunidad y común para todos los vecinos, aun cuando también existía la propiedad privada, y había bienes propios de los municipios (por cesión de la Comunidad) para la sustentación de la vida económica de éstos, como se ve en las cartas pueblas de El Espinar: la Comunidad de Segovia, al fundar este pueblo, le cede pinares gratuitamente7. Es igualmente significativo el caso de la dehesa de Valdechinchón, cedida (también gratuitamente) al municipio de Chinchón, por petición de sus vecinos8. Aguas, bosques y pastos pertenecen a la Comunidad, así como el subsuelo (“salinas, venas de plata e de fierro e de cualquiere metallo”) 9. Ciertas industrias (como caleras, tejares o molinos harineros) son propiedad de los Concejos. Anejo a la propiedad del suelo es el derecho de la Comunidad a poblar. Estas dos condiciones excluyen la presencia de todo señorío extraño al pueblo.
Las Comunidades de Villa y Tierra no se crearon por ningún acuerdo de Cortes ni por pragmáticas reales: los Condes de Castilla las encuentran ya formadas cuando ensanchan el Condado. Nada se sabe del verdadero origen de estas antiguas instituciones.
Una observación interesante: aun cuando las Comunidades tenían sus propios ejércitos y aun cuando no escaseaban los conflictos entre ellas, jamás acudieron a las armas para dirimir sus contiendas; lo que contrasta con las frecuentes luchas que entre sí sostenían los señores feudales leoneses, poseedores de mesnadas.
Finaliza aquí este análisis de las Comunidades de Villa y Tierra. Digamos, a modo de colofón, que desde el s. XIII las Comunidades empezaron a decaer. La aristocracia las miraba con malos ojos, porque veía en ellas poderosas organizaciones populares, enemigas de sus privilegios, y se procuró anularlas o desvirtuarlas y medrar con los despojos de los bienes comuneros. Fueron atacadas la Comunidades de varios modos: dividiéndolas en otras más pequeñas; por segregación de villas y aldeas de su jurisdicción; por dominaciones en señorío a obispos, monasterios, nobles o funcionarios ennoblecidos; por despojo de las facultades de elección y nombramiento de autoridades populares; por la creación de aristocracias entre los hombres de las Comunidades 10 ; por discordias entre las Ciudades o Villas cabezas de Comunidad y los municipios de la Tierra…Tras siglos y siglos de agresiones, las Comunidades serán definitivamente disueltas en 1837.



El Rollo

Columna de piedra (con forma cilíndrica) que representaba los Fueros, encarnando la autonomía judicial y administrativa. Situado en la Plaza de la Villa castellana, podía usarse como picota, para exhibir las cabezas de los ajusticiados o exponer a los reos al desprecio público. Entre los más característicos rollos cabe mencionar los de Villalón de Campos (Valladolid) y Cabezarados (Ciudad Real).
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« Respuesta #3 : Julio 09, 2009, 19:51:34 »


Las murallas

Construidas y restauradas con la participación de toda la comunidad, no sólo de los habitantes de la Villa. Las murallas de Ávila y las de la despoblada villa soriana de Rello (maravillosamente conservadas hasta la actualidad) son la mejor expresión de esta realidad.

La Romería de la Tierra

La Comunidad tiene, igualmente, su centro religioso, su santuario. Dicho santuario está asentado (en la mayoría de los casos) en la propia Villa o Ciudad o alrededores; y en otras ocasiones, en algún cercano monasterio o lugar de especial significación. A él acuden de Romería todas las gentes de la Tierra. Salvo raras excepciones, está dedicado a Santa María, bajo los más variados títulos: de “El Henar” en Cuellar (Segovia); “El Rivero” en San Esteban de Gormaz (Soria); “Las Viñas” en Aranda de Duero; “La Peña” en Sepúlveda (Segovia); “El Mirón” en Soria; “La Fuencisla” en Segovia; etc.
No se puede hablar de una Patrona de Castilla, cada Comunidad de Villa y Tierra tiene su propio santuario.



El Escudo y el Pendón de la Villa y Comunidad

Son otros símbolos. El Pendón es, frecuentemente, el rojo carmesí de toda Castilla. En otros casos, la Comunidad tiene su propio Pendón: azul, por ejemplo, en el caso de Segovia, que no toma como centro de su Escudo el Castillo, sino su monumento peculiar, que es el Acueducto. El Escudo de las Comunidades de Villa y Tierra repite esencialmente el tema del Castillo dorado sobre fondo rojo, juntamente con otros elementos peculiares de cada una de ellas.

La Casa de la Tierra

Lugar de encuentro y posada de los hombres de la Tierra que han de ir a la Villa o Ciudad para Concejos o reuniones.

El Hospital

Añadiremos, finalmente, que la autonomía de la Comunidad se extendía incluso al aspecto sanitario-asistencial; no faltando en ninguna Comunidad de Villa y Tierra (por pequeña que fuera) un hospital que acoge a los ancianos, enfermos y pordioseros.
La Villa, con todos estos elementos culturales simbólicos, es ella misma (toda ella) una representación de la Castilla más genuina, que supo estructurar su sociedad en el equilibrio difícil entre la autonomía y la solidaridad, la libertad y la igualdad de todos ante la Ley.

El Concejo

El Concejo es la reunión “de todo hijo de vecino” y “a campana tañida e repicada” para que todo el mundo se entere. Concejo abierto y público, en el que todos los vecinos tienen voz y voto.
Los Concejos castellanos se reunieron, durante siglos (y aún en tiempos recientes) a las puertas de las iglesias y a la sombra de los viejos olmos.
Este uso y costumbre de reunirse en los pórticos de las iglesias es el más importante motivo del notable y característico desarrollo que adquiere la galería porticada en el Románico castellano. Aunque la galería porticada no es exclusiva de Castilla (se encuentra también en Cataluña, Navarra y Álava) adquiere una fisonomía definitiva en Castilla, donde alcanza su máxima extensión. Segovia y Soria son las provincias castellanas con mayor presencia de galerías porticadas.
Las primeras galerías porticadas aparecen en Sepúlveda y San Esteban de Gormaz, adquiriendo su máxima difusión por la Extremadura Castellana, la Castilla de las Comunidades de Villa y Tierra.



Las más logradas galerías son las que reciben influencia del burgalés Monasterio de Silos, que aporta su admirable síntesis romano-oriental. Este fenómeno tiene lugar en Burgo de Osma con ocasión de los trabajos de la primitiva catedral (de la que se conservan importantísimos elementos en la sala capitular) y bajo la influencia de la decoración del Beato de dicha catedral, en la que las siete Iglesias del Apocalipsis aparecen representadas por siete arcos que marcarán el número ideal de arcos de las galerías porticadas. Esta evolución, (desde Sepúlveda y San Esteban de Gormaz) y estas influencias son evidentes en la bella galería de San Pedro de Caracena (al Sur de la provincia de Soria), la más bella y acabada galería porticada del Románico. La influencia de Silos se extenderá, además, por diversas galerías de la Sierra de la Demanda, en las provincias de Burgos y Logroño.
Son clásicas, por otra parte, las galerías de Segovia. En esta ciudad (en un románico que perdura hasta el siglo XIV, faltando, en cambio, construcciones que correspondan al florecimiento gótico de los siglos XIII y XIV) donde se desarrollarán ampliamente las galerías porticadas, con diversas influencias francesas y mozárabes.
No es la galería porticada románica una realidad exclusiva de Castilla, hemos afirmado ya anteriormente. Sin embargo, adquieren fisonomía definitiva y máxima extensión en tierras castellanas, por lo cual podemos afirmar que son un símbolo de la cultura castellana más auténtica; y que no es ajeno a este desarrollo peculiar el hecho del Concejo Castellano y su celebración a las puertas de las iglesias.
La galería porticada es también símbolo y expresión de una Iglesia plenamente identificada con el pueblo castellano y sus vivencias.
Símbolo, igualmente, del Concejo local es el árbol que crece en tantas plazas o atrios parroquiales. Se trata de un olmo (en otros lugares le dan el nombre de álamo), rodeado en su tronco por diversos círculos de piedra que sirven de asiento para quienes participan en la reunión. Son olmos huecos y carcomidos por los años, como aquel

“olmo viejo, herido por el rayo / y en su mitad podrido”

que cantara Machado, en los atrios del Espino de Soria.
Son la sombra del pórtico y del olmo, en los atrios de las iglesias, los lugares originales del Concejo castellano; y aún en la actualidad, a su sombra se discuten temas de aguas o hacenderas subastas de montes o dehesas… Por todo ello, las galerías porticadas y los viejos olmos son los venerables emblemas del Concejo castellano.




San Millán, Patrón de los castellanos

No fue Santiago el único patrono celestial invocado en las horas angustiosas de la Reconquista. El historiador Américo Castro (para quien España es hechura de Santiago) alega varios casos en que se combatió bajo el amparo del nombre de Nuestro Señor, e invocando a Santa María, San Isidoro, San Millán…
Fue, sin duda, la concepción vasallática de las relaciones del hombre con sus patronos celestiales (escribe Sánchez Albornoz) lo que llevó a los hombres del Medievo a “verles” cabalgar a su lado en las batallas. La precisión de personalizar y materializar la protección divina, llevará al pueblo a convertir el auxilio del Apóstol Santiago en su auténtica humanal intervención, al igual que la del arzobispo San Isidoro de Sevilla (cuyos restos descansan en León) cabalgando junto a las huestes del reino leonés.
También los castellanos se dejaron ganar por la misma tendencia a la humanización del socorro divino y presentaron al eremita San Millán combatiendo al lado de sus ejércitos. Y así, Gonzalo de Berceo, en su Vida de San Millán (y después de contar la doble promesa de los votos, legendarios, a Santiago por Ramiro II y a San Millán por Fernán González) refiere la maravillosa aparición en la batalla de dos celestes patronos de leoneses y castellanos; y elogia la milagrosa intervención de la divina pareja de “seniores” en ayuda de sus vasallos terrenales:

“non quisieron embalde la soldada levar
primero la quisieron merecer a sudar
tales sennores son de servir e onrrar”


Santiago y San Millán, como cualquier señor de protección, tenían para Berceo (como para cualquier castellano o leonés contemporáneo) el deber de “merecer” y “sudar” en defensa de sus patrocinados.
Y fue, sin duda, su condición de mujeres lo que impidió “ver” a Santa María cabalgar en las batallas de la Reconquista junto a los cristianos, al igual que Santiago, San Millán y San Jorge. Éste último era el sobrenatural protector de aragoneses, catalanes y valencianos.
El triunfo y la difusión del culto de Santiago comienza con el reinado de Alfonso III (866-910), cuando el reino leonés alcanza una extensión extraordinaria vinculada al celestial amparo del Apóstol, cuyo sepulcro había sido “hallado” en el año 814. Los reyes leoneses hicieron fabulosas donaciones al templo de Santiago; tanto más cuantiosas cuanto mayor era el bache en que caía el reino a medida que avanzaba la segunda mitad del siglo X. Compostela se convertía, con el arzobispo Gelmírez, en la mayor atracción emocional y espiritual de toda la Cristiandad…
Sin embargo, en el texto del Antifonario de León (obra de la primera mitad del siglo X) no se incluye la festividad de Santiago; la Biblia leonesa de 910 afirma: “apud Hierosólimam humatus yacet” [yace enterrado en Jerusalén]. Por eso, fray Justo Pérez de Urbel nos dice que “en el León del siglo X, hubo cierta hostilidad contra las tradiciones jacobeas, como la hubo más tarde, en el ambiente eclesiástico toledano de los siglos XII y XIII”.Sabemos, por el Juglar del Cid, que Alfonso VI invocaba habitualmente a San Isidoro, no a Santiago. Sin embargo, San Isidoro (patrono del reino leonés) va a ser desplazado por Santiago; y tras la unión de León y Castilla se impondrá sobre ésta última el patrocinio de Santiago. Y esto no sucedió sin oposición por parte de los castellanos. Así, en tiempos de Enrique II (1373), la Universidad de la Ciudad y Tierra de Ávila se negó a pagar el voto a Santiago, y sus procuradores llevaron el asunto a las Cortes.
El patrocinio de Santiago se hará general con la España imperial y sus guerras “divinales” contra turcos y protestantes.
Los castellanos hemos de recuperar nuestra personalidad y nuestros símbolos, entre los que está San Millán, que cabalga junto a las mesnadas castellanas. Es San Millán (de Suso), humilde y popular, que multiplica el pan y el vino para el pueblo hambriento que ha salido de la estrechez de las montañas y busca tierras más adecuadas. Símbolo de una Iglesia popular, plenamente identificada con la lucha de un pueblo por su libertad y subsistencia; pueblo éste que tiene entre sus principios esenciales, tan cristianos, los de la igualdad y la comunidad.
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« Respuesta #4 : Julio 09, 2009, 19:53:18 »


La unión de Castilla y León

Esta unión comprende las fechas de 1038-1065, años del reinado de Fernando I (1072-1109), reinados de Alfonso VI y VII; y 1217, en que con el reinado de Fernando III se realiza la última y definitiva unión.
La unión de Castilla y León no supone la imposición de Castilla, que sólo por azar histórico va delante en la larga lista de los títulos reales, sino el comienzo de la pérdida progresiva y el desmontaje sistemático de las formas socio-económicas, libertades y fueros castellanos, a manos de una monarquía de espíritu leonés (y, en definitiva, visigodo) tan ajeno al espíritu castellano.
La primera unión se realiza en 1038 y en la persona de Fernando I. La esposa del último Conde de Castilla (hija de leonés y gallega) hereda la corona de León. El castellano Conde Fernando Sánchez (hijo de navarro y castellana) se convierte así en Rey de León y Castilla; y deslumbrado por el prestigio y esplendor de la monarquía imperial leonesa, se “leonesiza” (la expresión es de Menéndez Pidal) por completo.
La segunda unión se realiza en la cabeza de un rey leonés (criado en Galicia y que tiene el gallego como lengua familiar) que llega accidentalmente a la corona de Castilla. Se trata de Alfonso VI de León, el cual (rodeado de señores leoneses y gallegos) impone su política al pueblo castellano, que le recibe con profundo desagrado. La hostilidad de los castellanos hacia el trono y la nobleza de León se refleja ampliamente en el Romancero y, con gran viveza, en el inmortal Poema de Mío Cid. Los mejores castellanos optan por el destierro, provocado por la aristocracia cortesana leonesa que encabeza el Conde Pedro Ansúrez.
La tercera y definitiva unión de las coronas de León y Castilla se efectúa en 1217-1218, y en la persona de un leonés, quien por azar (al morir sin hijos su pariente castellano Alfonso VIII) hereda la corona de Castilla antes que la de León, que le correspondía en primer lugar,
Así es como Castilla ocupará, desde entonces, el primer lugar en la larga lista de los títulos reales. La subida de Fernando III al trono de Castilla tropezó, también, con la fuerte oposición de los concejos castellanos.
Los territorios de sus conquistas andaluzas y murcianas serán en beneficio del rey, los magnates y la Iglesia; siendo organizados y gobernados a la manera leonesa por el alto clero y los nobles, que se repartirán el territorio en señoríos. Y en ellos regirá el Fuero Juzgo visigodo, que no los fueros castellanos.

El camino del Cid hacia su destierro

El Cid y su destierro son un símbolo castellano, frecuentemente mal interpretado. Durante el verano de 1977, la asociación política Comunidad Castellana promovió la andadura de este simbólico camino, para un encuentro con la personalidad de Castilla y una visión renovadora de sus héroes. “Dios, que buen vasallo, si tuviera buen señor…” se lamenta el juglar.
El Cid es el héroe de la épica castellana, exaltado por ella en sus virtudes y hazañas, como se hace con los héroes, pero siempre en humanas dimensiones. Rodrigo Díaz es un simple infanzón (que no conde ni marqués) dueño de unas tierras y un modesto molino sobre el río Ubierna, cerca de su aldea de Vivar, que muele a máquina el trigo de sus vecinos.



Es un hombre desterrado de su patria por un rey rencoroso y mal aconsejado, a quien había exigido, en nombre del pueblo castellano, el juramento de los Fueros y el juramento de no haber tenido parte en el asesinato de su hermano, el rey de Castilla; y a quien, por encima de todo, guardará fidelidad. Es un guerrero sin más capital que su propio esfuerzo, que durante el exilio se gana el pan en duro batallar; varón mesurado, nada aficionado a fanfarronerías.
Convendrá recordar cómo en las Cortes de Toledo los partidarios de los Infantes de Carrión (jóvenes de la aristocrática familia de los Beni-Gómez. Grandes señores de Tierra de Campos) defienden el repudio de las hijas del Cid, porque éstas no son de la nobleza y no son buenas ni siquiera para barraganas de señores de tan alta alcurnia.

“de natura somos Condes de Carrión:
debemos casar con hijas de reyes o emperadores,
ca non pertenecien hijas de infanzones…”

“los de Carrión son de natura tan alta
no se las debien querer sus hijas por barraganas”


Y en otro pasaje del Cantar, el Conde Ansúrez llama despectivamente “molinero” al Campeador, diciendo de él que andará allá por su aldea, picando las ruedas de su molino y cobrando las maquilas, como es su oficio:

“¿Quién nos darie nuevas de Mio Cid el de Vivar?
Fosee a rio Ubierna los molinos picar,
A prender las maquilas, como solia far.
¿Quién le darie con los de Carrión cesar?”


Pero para el anónimo autor del Poema, el origen aristocrático nada vale si no va acompañado del propio mérito, que es lo que da en Castilla la medida del hombre.
La Jura de Santa Gadea, que provoca el destierro del Cid, es sin duda uno de los pasajes más importantes de esta epopeya castellana. Cuando Alfonso VI de León regresa de la corte mora de Toledo, al saber la muerte de su hermano Sancho II de Castilla, los asturianos, leoneses, gallegos y portugueses le saludan enseguida como vasallos contentos de ver nuevamente a su señor; pero los castellanos le miran con desagrado y no le reciben por rey en nombre de Castilla.



La imaginación juglaresca, en aras del interés dramático del Poema, prescindió del carácter general y obligatorio de la jura real de los Fueros, para destacar en este caso la cláusula especial sobre la no intervención del nuevo rey en la muerte de su antecesor y hermano. El pueblo castellano, personificado en el Cid, queda así duramente enfrentado al monarca.
Con el Cid, hacia el destierro, marcha un grupo de buenos castellanos.

-El camino, tal como lo describe el canta, comienza encomendándose en Burgos a Santa María, y dejando mujer e hijos al cuidado de los monjes de San Pedro de Cardeña. Todo el monasterio es hoy un monumento al héroe que preside sobre su caballo la entrada principal.
-Tierras de Lara y Covarrubias, centro de actividades de otro héroe castellano, Fernán González. De obligada visita es la ermita visigoda de Quintanilla de las Viñas, las ruinas del monasterio de Arlanza y la Colegiata de Covarrubias, que guarda los restos del Conde.
-Santo Domingo de Silos, con su claustro y el emblemático ciprés.
-Coruña del Conde, junto a la romana Clunia.
-La villa soriana de San Esteban de Gormaz, junto al Duero, donde nacen las primeras galerías porticadas del Románico.
-Se cruza el Duero en Navapalos, aldea despoblada al pie de la impresionante fortaleza de Gormaz.
-Caracena, la villa que, desde su olvido de siglos, nos ofrece una recia estampa medieval, hallándose en un paisaje de fuerte contrastes.
-Atienza, “una peña muy foro” a cuyos pies la villa castellana rememora pasadas grandezas.
-Castejón, sobre el Río Henares, puerta de la Alcarria.
-Sigüenza, la ciudad episcopal, con su castillo-palacio y su catedral-castillo. Molina de Aragón, fuertemente castellana.
-Y llegamos así a Medinaceli, en cuya cumbre dejaron constancia de su paso todas las culturas. A sus pies, el hermoso Valle del Arbujuelo, en cuya contemplación, desde el Arco Romano, acaba el camino del Cid por tierras castellanas. Más allá, Aragón y Valencia.

Las cañadas de la Mesta

La Mesta tuvo su origen, su ámbito y desarrollo como institución, en la Castilla concejil y comunera, en la que cada aldea pasta con sus ganados en los territorios comunes a toda la Comunidad y Tierra, entrando pronto en relación unas Comunidades con otras.
Así surgen las cuadrillas de la futura Mesta. La cuadrilla de Soria, que se extendía a todos los territorios del alto Duero (Diócesis de Osma, Burgos, Calahorra, Sigüenza y parte de Tarazona); la cuadrilla de Segovia (que abarcaba las sierras del Sistema Central, norte y sur de la cordillera, Diócesis de Segovia y Ávila, abarcando los valles del Lozoya y Real de Manzanares y otras zonas de la actual provincia de Madrid, perteneciente entonces a Segovia); la cuadrilla de Cuenca (comprendía el Sistema Ibérico, diócesis de Cuenca, Sierras de Albarracín y Teruel).
Es en tiempos de Alfonso X El Sabio (1273) cuando se alumbra el concepto de Cabaña Real, por suponer una dependencia obligada al poder del Rey los ganados existentes en el Reino, especialmente la oveja, que será beneficiaria de grandes privilegios. Actuaba la institución bajo el cada vez mayor despotismo del llamado Honrado Concejo de la Mesta.
Tierras comuneras fueron cayendo, desde entonces y en mayor o menor grado, en manos de la nobleza y los grandes monasterios, tan ajenos ambos a la Castilla original y auténtica.
La política de los Reyes Católicos fue abiertamente favorable a los intereses de la Mesta, ya desde entonces muy poderosa. Desde aquella época, los Reyes nombrarán al Alcalde Mayor entregador de Mestas y Cañadas, cabeza del organismo. Austrias y Borbones continuaron con la misma política: bastará decir que entre Carlos V y los tres Felipes se dictaron 32 decretos favorables a la institución, cada vez más alejada de los intereses del pueblo castellano.
Ahí están, ya semiborrados y casi olvidados, esos viejos caminos castellanos: las cañadas de la Mesta, surcando las cumbres y valles de los Sistemas Ibérico y Central, columnas vertebrales de Castilla.




El Arcipreste de Hita: emblema de la personalidad castellana

El héroe de la épica castellana no es un hombre mítico, dotado de cualidades maravillosas o sobrenaturales. Es un varón como los demás, que (entre sus virtudes y defectos) se eleva al heroísmo. La realidad no se alude, a lo sumo se transforma poéticamente. Esta característica distingue fundamentalmente a la épica germánica.
Realismo, historicidad de la parte heroica del poema de los personajes, sentido popular: la nobleza se logra por los hechos, el vasallo queda sobre el Rey, a quien no niega la lealtad, a pesar de la injusticia con que le destierra. El cantar es la expresión de la personalidad del pueblo castellano: realista, popular, igualitario.
“El realismo de los castellanos [escribe Claudio Sánchez Albornoz] que en alianza con su estructura social igualitaria llevó al verismo de la épica, es decir, a la sorprendente mezcla de lo heroico y de lo vulgar en los cantares de gesta, se proyectó ya duramente durante el siglo XIII en otras creaciones literarias de Castilla: en la prosa legal y en la didáctica. No sólo los Fueros Municipales y el Libro de los Fueros de Castilla, sino también los trozos de partidas más enraizados en la tradición castellana, están más que salpicados de expresiones realistas en las que sin embalajes, se llama a cada “cosa” por su nombre”.
La condición de autobiografía, a ratos de un sujeto poético y a ratos de Juan Ruiz, pero en todo caso de un alegre, inquieto y a ratos enamorado clérigo castellano, situó al Libro de Buen Amor en un clima excepcionalmente favorable para convertirse en la puntual imagen de la sociedad en que transcurrió la vida del autor.
A la doble condición realistas, vital y literaria de Castilla y a la favorable atmósfera que ofrecía el carácter autobiográfico de la obra, vino a unirse la contextura temperamental del propio Arcipreste; quien, con su humorismo socarrón, agudo don de observación e ironía vivaz no sólo captó las realidades menudas cotidianas, sino los problemas humanos reales y los problemas sociales de su tiempo y de la comunidad en que vive. Todo ello hace del Libro de Buen Amor lo que fue en realidad: ese magnífico cuadro costumbrista de la sociedad castellana del siglo XIV.
Castilla era (y es) un variado mosaico de tierras. El Arcipreste es un hombre especialmente vinculado a las tierras castellanas en que vive, las tierras alcarreñas, a caballo entre dos polos culturales de gran vitalidad como Segovia y Toledo. El claro conocimiento de la geografía, de las costumbres y el folklore de la tierra alcarreña de Hita, nos confirma la castellanidad del Arcipreste: Juan Ruiz se nos muestra como un hombre de su Comunidad y Tierra: Hita, y por lo mismo, un hombre de Castilla, vivida por él como un conjunto de Comunidades y Tierras. El hombre castellano se sentía, en primer lugar, hombre de su Tierra; luego de Castilla, a la que concibe como un conjunto de pueblos y tierras; finalmente, de España.
La obra del Arcipreste es un feliz encuentro del Mester de Clerecía y Juglaría, de lo culto y de lo popular, sólo posible en la Castilla igualitaria, concejil y foral.

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« Respuesta #5 : Julio 09, 2009, 19:55:02 »


Fechas nefastas

Con la unión de Castilla y León comienzan a desmontarse sistemática y progresivamente, las formas socio-económicas que caracterizan a Castilla, los fueros y las libertades castellanas.
Son fechas decisivas en este funesto proceso el reinado de Alfonso X y la promulgación del Código de las Siete Partidas; el reinado de Alfonso XI, en el que se imponen “ayuntamientos gubernativos” frente a los concejos populares castellanos (año de 1345); el proceso se consuma con el Ordenamiento de Alcalá (año 1348) y las Leyes de Toro (año de 1505) que consagran absolutamente la aplicación del derecho real y excluyen los fueros y costumbres de la tierra. Cada Comunidad castellana tiene, por otra parte, su fecha nefasta en el día en que se impuso sobre sus gentes y tierras el sistema señorial.

23 de Abril de 1521: Villalar.-  El levantamiento castellano contra los despropósitos de Carlos V fue derrotado en las eras de esta localidad vallisoletana, siendo definitivamente aplastado en Toledo, a principios de 1522. Liderada mayoritariamente por las clases medias y bajas, aquella revuelta llevó aparejada violentas rebeliones antiseñoriales en lugares como Palencia. Esto hizo que la nobleza se decantara por Carlos V, su misma existencia estaba en juego.
La derrota de los Comuneros supuso la decadencia definitiva de las instituciones de carácter comunitario en Castilla, pero también la imposición (ya sin trabas) de un modelo político autoritario en el que el poder real apenas encontró límites a su ejercicio. De ahí que, pese a su trágico final, el episodio histórico de los comuneros haya sido referencia para proyectos políticos de corte liberal, progresista, federalista o incluso republicano.
 Entre las personalidades célebres que se han posicionado a favor de los comuneros y su significado histórico están León de Arroyal, el abate Marchena, Manuel José de Quintana, Julián Negrete, Manuel José de Quintana, “El Empecinado”, Martínez Marina, Martínez de la Rosa, Ferrer del Río, Modesto Lafuente, Salustiano Olózaga, Pi y Margall, Cánovas del Castillo, Narciso Alonso Cortés, Manuel Azaña, Tierno Galván, Julio Valdeón Baruque…Incluso Karl Marx, que analiza la rebelión comunera en sus escritos sobre España: "a pesar de estas repetidas insurrecciones no ha habido en España hasta el presente siglo revoluciones serias, exceptuando la guerra de la Junta Santa en tiempos de Carlos I"; afirma el padre del socialismo científico.



Castilla bajo el absolutismo y el centralismo

El pueblo, las libertades e instituciones castellanas, heridos de muerte en Villalar, van a experimentar su descomposición progresiva y sistemática, ahora de forma más acelerada, con la imposición del absolutismo y centralismo de Austrias y Borbones, quienes, por otra parte, llevarán el nombre de Castilla en todas sus empresas. Así es convertida Castilla en la gran manipulada víctima.
Tras Villalar, igualmente, comienza una nueva fase ascendente para el sistema señorial (laico y eclesiástico) en Castilla, el cual llega a su mayor grado de poder social y económico en el siglo XVIII.

Las rutas de la emigración y despoblación

Ya había sufrido Castilla una primera despoblación, apenas repoblada en algunas de sus comarcas, por la emigración hacia tierras del Tajo y Guadalquivir, en la época de las grandes conquistas de estas tierras (siglo XIV). En esta misma centuria, la concentración urbana por el resurgir del comercio, la aparición de la peste negra y el progresivo apropiamiento del nivel económico y político por parte de la nobleza y monasterios, van a ser factores decisivos de despoblación.
Una segunda fase grave en este proceso, se produce a partir de los Reyes Católicos y su excesiva protección de la Mesta (ya en manos casi totalmente de los señoríos); la política fiscal de los Austrias, que provoca la ruina económica y descomposición de las Comunidades castellanas; con base en el disfrute común de pastos, leñas, maderas, etc; la progresiva acumulación en manos muertas de los campos castellanos, que llega a su más alta cota en el siglo XVIII. Durante esta centuria, Soria perderá 19 pueblos; Ávila, 65 y Burgos, 30.
La fase actual tendría su comienzo en la emigración hacia América que se produce a finales del siglo XIX y principios del XX, siendo una causa fundamental en este proceso la política de Desamortización de bienes comunales, base económica de multitud de pueblos que se arruinaron al no poder comprar los que eran sus propios bienes.
A partir de 1950, y de una forma acelerada, los caminos castellanos se dirigen a Vascongadas, Cataluña y la castellana Madrid. Finalmente, aunque en menor grado que otras partes de España condenadas a tan triste suerte, las rutas de la emigración se dirigen a Europa. Las causas del proceso actual están en la mente de todos.




Los Reales Sitios

En el centro geográfico de la Península Ibérica, como un símbolo del absolutismo centralista, se va a instalar la capital de este nuevo Estado que surge con los Austrias y que tan ajeno es al espíritu castellano. El lugar elegido es Madrid, una villa castellana, cabeza de una Comunidad de Villa y Tierra que abarcaba, aproximadamente, lo que es hoy su casco urbano.
Instalada en esta ciudad, la Corte fue apropiándose de diversos lugares expropiados a las Comunidades castellanas para construir en ellos los Reales Sitios. Es especialmente significativo el caso de la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia. En términos de su sexmo de Lozoya había visto nacer (ya en el siglo XIV) la primera Cartuja castellana, fundada por Enrique II de Trastámara.


Fechas de la disolución institucional de Castilla

El Decreto de Nueva Planta (1716).- El unitarismo de estirpe francesa de los Borbones (peor que el de los Austrias) va a proseguir la obra aniquiladora de la diversidad hispana y de la personalidad castellana.
Felipe V, el primero de los Borbones, promulgará diversos decretos de abolición de la autonomía de Aragón y Valencia (1707), Mallorca (1715) y Cataluña (1716) “para reducir a las leyes de Castilla [!!?!] y al uso, práctica, forma de gobierno que tiene y ha tenido en ella y en sus tribunales sin diferencia en nada”.
Es evidente que no era la plural Castilla, ni sus fueros y formas comunitarias, quien se imponía sobre otros territorios españoles, quien negaba la autonomía e instituciones propias a aragoneses, valencianos, mallorquines y catalanes.

La división provincial de 1833.- Las sucesivas divisiones provinciales de los antiguos reinos peninsulares han hecho a Castilla muchísimo más daño que a cualquiera de las demás regiones o nacionalidades españolas.
La división provincial reduce a casi nada las viejas Comunidades de Villa y Tierra castellanas, algunas de estas comunidades, unidas durante siglos, fueron partidas entre distintas provincias. Por ejemplo, Ayllón tiene su Tierra en la actual provincia de Soria, parte en la de Guadalajara y parte en la de Segovia. Cuéllar e Iscar vieron partida su Tierra entre Segovia y Valladolid…
Si grave ha sido el perjuicio económico causado por el centralismo unitario y la división provincial, aún peor ha sido el daño moral, además de la despoblación del campo y el escaso desarrollo industrial, es especialmente lamentable en Castilla la casi total pérdida de su conciencia regional….

Decreto de disolución de las Comunidades de Villa y Tierra (1837).- Una oscura y olvidada Real Orden de 1837, con la firma de un ministro que revelaba ignorar por completo la naturaleza de las viejas instituciones comuneras, decretaba la disolución de las Comunidades, ya sin vida política (y desmembradas) algunas de ellas, y repartidas entre varias provincias unos años antes, pero dueñas aún de importantes bienes comunales.
Contra tal arbitrariedad protestaron (y algo consiguieron en lo tocante al patrimonio económico) muchos de los pueblos castellanos afectados, en primer lugar los de la Comunidad de Cuéllar (y después los de Segovia), reunidos en Junta General de Procuradores Sexmeros en la pequeña localidad de Valseca de Bohones. Podemos considerar a esta reunión, celebrada en 1852, como la última asamblea comunera de Castilla.

Decretos desamortizadores de Mendizábal (1836) y Pascual Madoz (1855).- La desamortización de los bienes comunales fue un definitivo golpe mortal a Castilla, en su patrimonio económico comunitario, perdidos (ya siglos atrás) fueros y libertades. El Gobierno nacional hizo un verdadero disparate y despilfarro, con unos bienes de una herencia milenaria que no a él, sino al pueblo castellano, pertenecían.
Los liberales, hombres con grandes afanes de modernizar España, eran amantes de la libertad y la democracia, muy cultos en términos generales. Pero su admiración por la Revolución Francesa les cegó, hasta el punto de creer que todo aquello que no había surgido en Francia y durante su Revolución era ajeno (o contrario) al progreso. Para aquellos políticos, el Fuero de Sepúlveda y las Comunidades castellanas no eran más que polvorientos recuerdos históricos de aspiraciones populares sin satisfacer; olvidando que la lucha de los hombres por sus libertades y su autonomía ha sido permanente en la Historia; no advertían que la libertad y la justicia son viejísimas aspiraciones y que mucho antes de la Revolución Francesa ya existieron libertades populares.
Convencidos de que los cambios sociales podían hacerse en todas partes copiando el modelo francés, sin tener en cuenta las particularidades de cada pueblo, aquellos liberales causaron un retroceso económico, político y social en Castilla. Al sacar a la venta los llamados bienes de las manos muertas, buscando lo que en Francia había sido un progreso que acabó con las propiedades feudales, lo que consiguieron fue crear una clase de terratenientes reaccionarios (antes inexistente en Castilla) de la que proceden gran parte de los actuales caciques.
De nada sirvieron, ante el dogmatismo liberal de la época, las sensatas advertencias de un clarividente diputado andaluz:

“Con el repartimiento de tales tierra y montes [ las comuneras ] el hombre del pueblo venderá su suerte aun antes de que le haya sido adjudicada, como ha sucedido ya en algunos lugares ante el solo anuncio del proyecto, y vendrán a ser los únicos los poderosos, quedándose los infelices sin tierra donde crear animal alguno, donde sembrar y proveerse de leña, según he visto por experiencia en pueblos de la provincia de Segovia, en los cuales, con pretexto de socorrer a los pobres, lograron el repartimiento los poderosos, para venir en breve a hacerse dueños de todo”

Con gran percepción del futuro se opuso al proceso desamortizador un hombre que vislumbra una España muy adelantada a la de su época. Nos referimos al notable economista asturiano Álvaro Flores Estrada, que desarrolló una Desamortización beneficiosa para los labradores, que se convertirían en condueños del Estado en la posesión de las tierras. Por desgracia, su inteligente proyecto no tuvo el apoyo suficiente en las Cortes de 1836.
Así, los agricultores y ganaderos castellanos se vieron privados del aprovechamiento comunitario de muchos pastos, boques y dehesas (u obligados a pagarlos a precios elevados), que fueron a parar a manos de caciques, o de burgueses liberales que con frecuencia no eran castellanos…

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« Respuesta #6 : Julio 09, 2009, 19:58:52 »


Mitología anticastellana del 98

Agotada toda la capacidad económica de Castilla (en cuyo nombre se llevaron a cabo las grandes empresas imperiales) debido a la explotación realizada por el absolutismo, la “Generación del 98” quiere sacar de Castilla un último servicio: el de constituirla en sustancia espiritual de España.
Este conjunto de escritores naturales de la periferia ( Azorín, Unamuno, Baroja, Machado, Valle-Inclán, Maeztu, e incluso Ganivet) no comprendieron a Castilla, tratando de mixtificarla, cuando en realidad no era más que un desierto, el mayor desierto de España. De poco sirven aquellas ditirámbicas palabras azorinianas: “Castilla ¡qué profunda sincera emoción experimentamos al escribir esta palabra!”. Los hombres del 98 hicieron una Castilla falsa, ajena a la realidad, y por lo tanto deformada y falsa, minusvalorando a otras regiones.
Se produce una concepción “castellana” de la Historia española, irritando a los demás pueblos de España y reforzando el sentido centralista de Castilla. Así, se hablará de la “Castilla imperial”, obviando por completo las tradiciones de libertad de nuestra tierra; y confundiendo a Castilla con la Corona de Castilla.


Sugerencias finales

Es necesario un nuevo encuentro con Castilla; recorrer los viejos caminos, visitar las ciudades, villas y lugares más representativos, tener presentes las fechas que (positiva o negativamente) fueron decisivas en la evolución histórica del pueblo castellano; y reivindicar los viejos símbolos que expresan nuestra personalidad.
A modo de conclusión, ofrecemos este proyecto de programa para la celebración de la castellanía:

Rutas regionales

-La de los Foramontanos, que nos lleva al encuentro de los hombres de La Montaña y a la fraternidad con las gentes de Vasconia.   
-El Camino del Cid hacia el destierro, para una afirmación de la identidad castellana, tan maravillosamente expresada en el Cantar de Mío Cid.
-La ruta de las Comunidades castellanas, que recorra Villas y Ciudades-cabeza de Comunidad; símbolos de aquella Castilla popular, comunitaria y foral.

Lugares castellanos

Amaya.-  Pequeño lugar que proponemos como emblema de la Castilla que nace.
Burgos.-   Cabeza de Castilla, pueblo que afirma fuertemente su personalidad en esta ciudad, a través de los siglos.
Covarrubias-San Pedro de Arlanza.-  Lugares íntimamente ligados a la vida de Fernán González. Con él, Castilla se desliga del feudal reino leonés, proclamándose independiente.
Allí, junto al Arlanza, descansan sus restos.
Sepúlveda.- Una de las Cabezas de Castilla del Sur del Duero, centro creador y difusor del Derecho de la Extremadura Castellana.
Cuenca.- Ciudad situada en el Sur de Castilla, donde finaliza el protagonismo del pueblo castellano y cristalizan de modo extraordinario sus instituciones.

Fechas Castellanas

23 de Abril: Villalar.- Fueron Castilla y sus Comunidades (qué duda cabe) quienes más perdieron con la implantación del absolutismo de los Austrias. Los castellanos no debemos olvidar esta fecha. Ella es el final de un largo proceso de progresiva y sistemática anulación de la personalidad castellana, que comienza con la definitiva unión de Castilla y León.

14 de Septiembre.-  Para celebrar la más esencial y auténtica Castilla, la del Concejo de todo hijo de vecino, proponemos esta fecha. Tal día como éste, en el año 955, se recoge por escrito la existencia de los Concejos; constancia documental ésta datada en los pueblos del Valle de Valdegobia (Burgos).
Es el día de la fiesta del pueblo. El buen Conde asiste a ella. Hay (al menos ése día) buen yantar y generoso vino. Se reúne el Conde con todo el Concejo (o asamblea vecinal) y, a su petición, les confirma todos sus fueros y libertades.
El Concejo y Fernán González, símbolos de la Castilla primigenia, pueden ser recordados conjuntamente en esta fecha. El lugar para ello bien pueden ser las ruinas de Monasterio de Arlanza, o la Villa de Covarrubias.

15 de Septiembre.- En esta fecha, allá por el año 800, se escribe por vez primera la palabra “Castilla”, en un texto acerca de la donación de unos territorios, efectuada por el abad Vítulo. Este documento notarial nos habla de «Bardulia quae nunc vocatur Castella» (Bardulia que desde ahora llamaremos Castilla).

2 de Noviembre: San Millán, patrón de los castellanos.-  Un santo humilde y polular que “cuando decide hacer un milagro es el de multiplicar un poco de vino para que todo el pueblo fatigado de trabajar y sediento, pueda beber”. Símbolo de una Iglesia popular, que se identifica con lo castellano.



Finaliza aquí este recorrido por los emblemas de la identidad castellana. Nunca está de más recordar nuestras raíces, sobre todo en la Castilla de hoy. Fragmentada en autonomías artificiales y con su personalidad prácticamente anulada, la Castilla de nuestros día es apenas una sombra de lo que ayer fue. Ya es hora de que nuestra tierra deje de ser la eterna olvidada y sea ella misma. Hemos de empezar a hablar en defensa de nuestros legítimos intereses, no atacando a otros pueblos de España, sino defendiendo lo propio. Sólo así, Castilla se rehará después de haberse deshecho.




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1/ Cuenta la tradición que los castellanos, al afirmar su independencia respecto de León, juntaron cuantas copias del Fuero Juzgo hallaron por Castilla y las quemaron públicamente en simbólica hoguera, sobre los cual dice un texto antiguo: “E enviaron por todos los libros de este fuero que había en todo el Condado e quemáronlos en la iglesia de Burgos et ordenaron que los alcaldes en las comarcas librasen por fuero de albedrío” (es decir, según el parecer y las costumbres).

2/  Cuando en crónicas o documentos antiguos se lea “el Concejo de Segovia” o “el Concejo de la Ciudad de Segovia”debe entenderse que, en general, se trata del gobierno de la Ciudad y Tierra de Segovia, es decir, del Concejo de la Comunidad. Esto mismo debe tenerse presente en el caso de cualquier otra Ciudad o Villa cabeza de Comunidad.

3/ Julio Puyol y Alonso: Una puebla en el siglo XIII. (Cartas de población de El Espinar)”. Revue Hispanique, tomo XI, 1904.

4/ Julio Puyol y Alonso: Las Hermandades de Castilla y León. En este interesante estudio se publica, entre otras cosas, una carta de mandamiento del Concejo de Segovia al Concejo de El Espinar en la que se dice que el Rey manda formar hermandad, y viendo el Concejo de Segovia que “su pedimento era justo e complidero de se faser ansi”, manda dar sus cartas y mandamientos en tal sentido que a los Concejos de la Tierra…

5/ Algunos de los habitantes de la Comunidad de Segovia que Isabel la Católica había declarado vasallos de los marqueses de Moya, queriendo volver a la jurisdicción concejil, se agruparon años después y pidieron licencia al Concejo de Segovia para hacer una nueva población. Concedióla el Concejo, que nombró como alcalde a un tal Juan “el Sevillano”, por quien el nuevo pueblo (hoy perteneciente a la provincia madrileña) se llamó Sevilla la Nueva.

6/  Fuero de Sepúlveda. Edición del licenciado Juan de la Reguera Valdelomar. Barcelona, 1846. Aunque en la portada de esta edición se dice el antiguo Fuero sepulvedano, no se trata del primitivo Fuero de esta villa, sino de una ampliación de la época de Fernando IV. El Fuero sepulvedano más viejo que se conoce es del tiempo de Alfonso VI (1076) y confirma los primitivos fueros de la época condal…
 
7/ Julio Puyol y Alonso: Una puebla en el siglo XIII. (Cartas de población de El Espinar)”. Revue Hispanique, tomo XI, 1904.

8/  Paulino Álvarez Laviada: “Chinchón histórico y diplomático hasta finalizar el siglo XV. Estudio crítico y documentado del municipio castellano medieval”.

9/ Fuero de Sepúlveda. Edición del licenciado Juan de la Reguera Valdelomar. Barcelona, 1846.

10/ Tal es el caso de las Comunidades de Ávila y Soria. Aquélla se repobló con muchos nobles leoneses, creadores de unas poderosas oligarquías familiares aristocráticas que terminaron por ahogar la democracia concejil y adueñarse de buena parte de su patrimonio, convirtiendo a la vieja ciudad comunera en Ávila de los Caballeros. La de Soria se hizo aristocrática y linajuda, y el Concejo y el pueblo quedaron eclipsados, y la democracia muy adulterada.
Segovia (aunque en ella hubiera nobles) logró en parte salvar las libertades y la autoridad de sus Concejos hasta tiempos muy recientes.



BIBLIOGRAFÍA


Carretero y Nieva, Luis.-       “Las Nacionalidades Españolas” ( Colección Aquelarre, México, 1952)
Costa, Joaquín.-                  “Colectivismo agrario en España” ( Biblioteca Costa, Madrid, 1915 )
Lécea y García, Carlos de.-    “La Comunidad y Tierra de Segovia”
Pérez de Urbel, Fray Justo.-   “Historia del Condado de Castilla” ( Madrid, 1945)
Pérez y Pérez, Federico.-       "Castilla y León. Autonomía dividida" ( Editorial DosSoles, Burgos,2005)
VARIOS.-                            “Castilla como necesidad” ( Zero-Zyx, Madrid, 1980)
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Castellano pero no tanto como vosotros.


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« Respuesta #7 : Julio 09, 2009, 20:15:42 »


Menudo trabajazo que te has pegao.
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No soy nacionalista castellano, ni siquiera voto al PCAS, ni a IZCA; aún así, me toca enfrentarme periódicamente con cántabros, manchegos y burgalesistas, así que tampoco molesto.
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« Respuesta #8 : Julio 09, 2009, 20:28:26 »


Te pierde tu antimadridismo arias  icon_twisted


No compañero, ahora no, pero es que incluir el escudo de Rela Madrid en el hilo me parece desafortunado. ¿De verdad crees que ese equipo representa a Castilla?, yo no, ni de lejos. No es más que eso, el antimadridismo lo dejo para otras cosas.
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« Respuesta #9 : Julio 09, 2009, 21:25:08 »


Como siempre se agradec enormemente tu aportación y gran trabajo, Maelstron. Como te lo curras!!!!!

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