Muy interesante todo lo expuesto, y como decís, realmente la cuestión es qué se entiende por nación, concepto muy abierto y que alcanza desde el término meramente administrativo o institucional, al territorial, pasando por la lengua, o rechaza lo anterior para centrarse la sangre, según el punto de vista de cada cual.
Desde un punto de vista institucional estoy de acuerdo con la fecha de 1808, el inicio del liberalismo en España, y la comunidad de instituciones. No obstante, también es cierto, y muchas veces se deja de lado, que el término España tenía hace siglos un significado tan amplio que nuestros antepasados se sentían a gusto con él, pese a las diferencias idiomáticas o incluso políticas. Bajo el concepto de España se escondía la vieja idea de "las Españas", tan querida por nuestra complicada idiosincrasia, en la que una Castilla está plenamente desarrollada, como una Navarra o un Aragón, pero sintiéndose todos hermanos. Conscientes de la cercanía entre culturas y origen, pero también de las diferencias.
Incluyo a continuación unos datos que os resultarán curiosos. Se trata de diversas menciones del concepto España en crónicas medievales y antiguas, muy revelador, y bueno para reflexionar sobre el tema.
Hispania, o España, término latino, viene de una palabra fenicia. Significa “Tierra del Norte”, como señalan los más recientísimos estudios filológicos, desechando el anterior “tierra de conejos”.
Ya en la etapa imperial romana hubo un poderosísimo clan senatorial hispano, responsable del esfuerzo mutuo en la elevación de los grandes césares hispanos: Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Teodosio. José María Blázquez estudió este tema profusamente, y hoy, su discípula y profesora titular en la Complutense, A.M. Canto, investiga sobre las genealogías de ese clan hispano.
Eran conocidos, y la mayoría eran “andaluces” y “catalanes” (de las provincias Bética y Tarraconense, más o menos, vamos), orgullosos de su ciudadanía romana y sus raíces (recordemos al “aragonés” Marcial : “... que a nosotros, que descendemos de los celtas y de los íberos, no nos cause vergüenza sino satisfacción agradecida, pronunciar en nuestra lengua los broncos nombres de la tierra nuestra...”
Multitud de “cohors”, la unidad en que se dividían las legiones, llevaron apelativos como “celtiberorum” o “cantabrorum”, determinando así el origen de los soldados, pero para Roma todos ellos eran “hispani”, hispanos. Por ello, por ejemplo, indígenas de todas las localidades de España formaron la única Legión totalmente Hispánica, la “Legio VII Gémina, Pía, Félix”. Legionarios y senadores. Y todos ellos de su nación o etnia. Oponentes en más de una ocasión, especialmente durante la conquista romana. Pero todos ellos se sentían hispani después de la acción colonizadora de Roma, sin entrar a juzgarla (Como así los consideró también Aníbal, a íberos y celtas españoles enrolados en su ejército)
Ya en el siglo V, Orosio (obispo hispano) hablando sobre la extrema dureza de la conquista romana de Hispania exclamó: “Edat Hispania sententiam suam ¡ ¡Dejad que España hable!
Un siglo después, en época germánica, el sentimiento de los hispani tras la romanización era tan fuerte que los reyes godos no se proclamaron “reges Gotiae” (como en la Galia ocurrió, al convertirse en Francia) sino “reges Hispaniae”, con una fuerte homogeneización económica, social, jurídica, política y cultural en todo el reino, después de las políticas belicosas centralizadoras de los reyes godos de Toledo, pues hoy ya sabemos que los cántabros y astures originarios casi fueron exterminados por Roma, pese a lo que pensaban las tesis indigenístas de hace unos años, y que los vascones estaban más romanizados de lo que se creía (recordemos que los habitantes del actual País Vasco, pese a los muchos cuentos, son descendientes de grupos celtas como caristios, várdulos o autrigones, luego mezclados con vascos. Los verdaderos vascones, los de Aragón y Navarra, soportaron bien la romanización como demuestra la existencia de villas y ciudades). En definitiva, Hispania, y no Gotia.
Incluso en los orígenes de la invasión musulmana, la expresión Al Andalus, equivalente a España, a pesar de que acabó nombrando a lo que quedaba por reconquistar, inicialmente significó la totalidad de España, como demuestran las inscripciones de los dinares acuñados en el 716 d.C. Para los hebreos, ya fueran castellanos, catalanes, aragoneses o cordobeses, sólo había una Sefarad. Y ellos eran sefarditas. Como para Alfonso X de Castilla, en su “ Primera Crónica General de Espanna”. O las monedas emitidas por Aquila II, último rey godo (brevísimo) desde Cataluña.
Tras la invasión islámica, los refugiados en la Francia carolingia eran llamados "hispani" sin distinción, y llegaron a ocupar importantísimos cargos imperiales y culturales.
La derrota visigoda fue entendida por los diferentes reinos de la reconquista como un origen común. De hecho, el conquistador de la antigua capital goda era considerado preferentemente entre todos los reyes de los reinos de España. Así, Rodrigo Sánchez de Arévalo, tratadista castellano del siglo XV, decía “ ...Post dictum Pelagium in diversa regna divisa est Hispaniae Monarchia...”, “después del reinado de Pelayo, la monarquía hispana se dividió en diversos reinos”. Y lo dice uno de esos castellanos del siglo XV que opinaban que Fernando de Aragón (a la muerte de Isabel), debía largarse de Castilla por extranjero.
Del mismo modo, el catalán Pere Tomic en “Histories e conquestes del reys d’Aragó e comtes de Catalunya”, siglo XV, decía que a Pelayo le correspondía “lo primer titol de rey de Hispanya”. También nos habla de un caballero del Ampurdán, Dalmau de Crexell, el cual brillaba más “...que nengún cavallers que lavors fos en Hispanya...”.
En la citada crónica de Alfonso X, Alfonso VIII de Castilla, en vísperas de la batalla de las Navas, comenta a sus aliados catalanoaragoneses y navarros “Amigos, todos nos somos espannoles et entráronnos los moros la tierra por fuerça”.
La expresión “reges hispaniae” “o imperator totius hispaniae” es común entre los monarcas del medievo, casos de Alfonso VI de Castilla o Sancho III García el Mayor de Navarra, Aragón y Castilla (un godo, ahora misteriosamente convertido en un vascón y rey de Vasconia, por lo visto).
Encontramos el “reges hispaniae” en las crónicas de Jaime I de Aragón, Bernat Desclot o Ramón Muntaner. Así dice Jaime I que Cataluña es la “...pus honrada terra d’Espanya...”, o que su padre Pedro II “... Nostre pare, lo rey En Pere, fo lo pus franch rey que anch fos en Espanya...” Del mismo modo, el noble Guillem de Cervera “...era hom antich e dels pus savis homens d’Espanya...”
En otra ocasión, alabando el beneficio de la conquista balear “...Barons, be conexem e creem que vos e tots aquels que en Espanya son...”
Hablando de su tío don Fernando, “... quie es dels alts homens d’Espanya, per linyatge e per noblea...”
En fin, estos y otros muchos ejemplos pueden hallarse en la crónica de Jaime I. Reinos diferentes, pero unidos por el destino del solar común.
Hay más casos, por ejemplo, los trovadores Peire Vidal o Cerverí de Girona, que hablan de los reyes cristianos como “... dels reis de’Espanya...”
De entre los múltiples ejemplos de la crónica de los Almogávares de Ramón Muntaner, entresacamos quizá el más bello, del volumen III: “...Si aquest cuatre reis que ell nomená d’Espanya, qui son una carn e una sang, se tenguessem ensems, poc dubtarem e prearem tot l’altre poder del mon...” Es decir, si los cuatro reyes cristianos de España se uniesen, su fuerza sería difícilmente igualable.
Otro cronista medieval, Bernat Desclot, s.XIII, en su crónica, pone en boca del conde de Barcelona Ramón Berenguer “...yo són I cavaler d’Espanya...”, en su entrevista con el emperador germánico.
En la Crónica de Navarra, del siglo XV, podemos leer “...El rey de Castilla y los otros reyes de España...”
Del mismo modo, el navarro Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, en su “Historia de los hechos de España”, s. XIII, habla continuamente de “las Españas”, y del dolor causado en todas ellas por la muerte de Alfonso VI, el emperador, el conquistador de la vieja Toledo.
En 1417, para la celebración del Concilio de Constanza, que habría de poner fin al cisma de occidente, por influencia de los medios universitarios europeos, y por primera vez en la historia, se convocó también a laicos, agrupados en cada una de las 5 principales naciones Europeas, 5 representantes por cada una. Por la “nación hispana” (las otras eran la nación itálica, gálica, germánica y ánglica) acudieron delegados castellanos, portugueses, navarros y aragoneses (Liber Pontificalis).
El matrimonio de Fernando e Isabel, pese a mantener cada reino con sus propias instituciones, despertó entusiasmos dentro y fuera de los reinos españoles. Así se manifestaba el Obispo de Girona, Joan Margarit en su “Paralipomenon Hispaniae”. O el gramático castellano Elio Antonio de Nebrija al comentar “Hispania tota sibi restituta est”.
El alemán Jerónimo Muntzer consideraba que la potencia de las Españas conjunta era lo que hacía falta para la conquista del Santo Sepulcro.
Habría muchos ejemplos más. Felipe V, tras la Guerra de Sucesión en 1714, recibió una amonestación del monarca portugués, quien le recriminaba que se titulase rey de España, pues sólo era rey de Castilla y de Aragón, pero no de Portugal.
Durante las campañas del Gran Capitán en Italia, sitiando una ciudad en manos francesas, se encontró con un grupo de mercenarios. Estos le avisaron del riesgo de combatir contra ellos porque “... No somos franceses, sino españoles, y no castellanos, sino vizcaínos...” De nada les valió ante el impetuoso castellano-andaluz, pero ilustra claramente esta superposición natural de identidades.
Un saludo.

